El cuenco a rebosar
Evelyn
miró taciturna el talante del engreído capitán.
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Serán 24 septims, muchacha-. Una media luna cómplice acompañada de
sus ojos marrones severos.
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Uhmm...-, ladeó buscando un apoyo.
-
Y bien... Señorita-. Ambas manos describieron semicírculos.- ¿Vas
a pagarme o no?- un tono airado vehemente.
Evelyn
tanteó su fardo y sacó una bolsa de cuero negro.- Aquí tiene
capitán, 500 septims-. Gesto condescendiente ligado a suaves
variaciones de tonos sensuales. El capitán la tomó repentino; con
avaricia moderada contó las monedas y las examinó. Una renovada
sonrisa, avara y sencilla, desplazó la anterior. Se colgó la bolsa
al cinturón, con voz ronca y curtida, bramó.- ¡Maldita sea,
queréis moveros, inútiles! ¡Soltad amarras! ¡Nos vamos de este
antro!.
-
Adiós, capitán, ha sido un placer-. Estrechó su mano y se dirigió
a la rampa, dispuesta a arribar en el silente y nocturno puerto. Las
antorchas iluminaban gallardas las murallas de Anvil. Un grupo de
marineros la despidió con énfasis entristecido. El capitán
desapareció por la puerta de su camarote.