4 de abril de 1999, martes.
La
claridad del nuevo amanecer se infiltraba entre las rendijas de la
persiana. Desactivé el despertador. Las siete en punto. Atendiendo a mis
errores, no volvería a trotar innecesariamente por el resto del
semestre. Ejecuté el procedimiento habitual y marché a desayunar.
Me
preparé cuatro tostadas con mermelada de fresa, un buen vaso de zumo y
bollitos de chocolate y nata. Deseché los restos y me arreglé el pelo.
Esta vez, había seleccionado unos vaqueros negros desgastados, una
camiseta de manga larga y una chaqueta; la primavera comenzaba a ser
acusada.
Me coloqué la mochila, corrí todos los cerrojos y candados en la puerta exterior.
La
travesía tuvo el acierto de ser pausada y efímera, saludé a los pocos
convecinos que me salieron al paso. Si consigo trabar amistad con Eric
le pediré que me acompañe en mi expedición al hogar del misterioso
Gilbert. Dudo mucho de su dificultad, el chaval está más que
predispuesto a aceptar mi naturaleza. De todas formas, fabricar una
relación sólida con mis compañeros se antoja meramente complejo e
inaccesible. No me apetecería relatar Raccoon City a un nutrido grupo de
personas.