Ya ni me acuerdo de qué año era cuando jugué al Blood Omen: Legacy of Kain. Era un juego en 2D, con perspectiva inclinada, como muchos de rol o estrategia. Empecé a jugarlo por jugar, pero en poco tiempo me dejó impresionado. No jugaba a algo tan salvaje desde los Golden Axe o el Barbarian, pero Kain tenía un punto de sadismo superior. Chupar sangre, empalamientos,... las formas de matar eran variadas y brutales, y debías matar sin parar para mantener tu energía y la de la espada. Supongo que lo que realmente me marcó fue llevar al malo de la película por primera vez.
La sorpresa fue cuando conseguí Legacy of Kain: Soul Reaver. Creyendo que era una secuela, contemplé sorprendido que ese juego no tenía nada que ver. El ambicioso vampiro Raziel es arrojado por Kain al pozo de las almas, dónde arderá eternamente como castigo por su arrogancia. Siglos después, Raziel es rescatado del tormento por un ente a cambio de ser su esclavo, su segador de almas. Raziel acepta, al ver posible su venganza.
Pasamos a controlar a una criatura (tal como se mueve, parece más un animal que una persona) que se mueve entre dos mundos: el plano real, en el que para sobrevivir necesita absorber las almas de otros seres, y el plano espiritual, dónde es prácticamente un dios. Deshecho, un manojo de huesos, piel y trozos de carne, y ciego de venganza y odio.