En la Arcadia, una
estación espacial pirata oculta en el interior de un
asteroide, había un joven diferente a los demás. Se
llamaba Siete y
era su esclavo más valioso. Había nacido con el
don psíquico de los Mentalizadores, y poseía la
habilidad innata de leer y manipular mentes. El preludio de los
poderes que llegaría a desarrollar de adulto, si es que
sobrevivía hasta entonces.
Los seis Mentalizadores
anteriores a él, no habían tenido esa suerte. Durante
el inicio de la adolescencia, inspirados por el vigor de su creciente
fuerza, se habían rebelado contra su amo, El Conde Venom, y
sus formidables guardianes Sszharon. Un error por el que fueron
eliminados y reemplazados. Siete, tenía catorce años
y nueve meses. Era el primero en superar la barrera de los trece años
de edad. Un logro conseguido armado con una madurez y paciencia
impropias de su edad. Herramientas de supervivencia que había
aprendido a pulir a lo largo de una vida de esclavitud, a la espera
de su oportunidad. Sabía que si sobrevivía unos años
más, tendría la fuerza necesaria para romper sus
cadenas. Hasta entonces, sería un esclavo servil, sumiso y
obediente.
El Duque del Destierro: Capítulo I
La furia que ardía
en su interior, la reservaba para alimentar su determinación
en las horas más duras de confinamiento en la cámara de
aislamiento psíquico. Una oscura celda de metal bruñido
herméticamente sellada, que le impedía expandir su
mente al exterior, de modo que no pudiera escapar manipulando a los
celadores. Sabía que con el
tiempo, su mente sería capaz atravesar la celda, pero sus
constructores, también lo sabían. En realidad, la había
diseñado un consorcio de científicos al servicio de los
Señores Piratas, pensando en los auténticos
Mentalizadores: Los Guerreros Psíquicos al servicio del
Emperador. Leyendas cuyas historias se contaban de boca en boca en
los mil mundos coloniales y los dos planetas artificiales del Éxodo.
Eran un centenar de mutantes que habían alcanzado la cumbre
evolutiva de su raza, realizando proezas en el campo de batalla que
ningún ejército o rival del Imperio, era capaz siquiera
de igualar