Sabía lo que tenía que hacer, era la única manera. Kubehi es de las últimas chicas-gato que quedan en la región, y no había otro remedio que realizarlo. Metida en un carruaje y obligada a estar semidesnuda y a oscuras merced a un antifaz, la chica-gato es atada a la rama de un gran sauce, sin poder ver ni oir a quienes la dejan en aquel lugar, con sus encantos visibles y al alcance de cualquiera.
Pronto, nota algo caer en sus nalgas, algo caliente. Gotas de cera caliente van cayendo por parte de una dama ceremonial, equipada con una herramienta doble, mientras otra dama ceremonial usa otra vela caliente.
-¡Quema, quema!
-Sólo es el princípio, cariño. Para todo hay que sufrir, ya sea mas o menos.
Kubehi nota dos elementos grandes, fríos y poderosos entrando por sus dos orificios más intimos. Las lágrimas salen poco a poco del antifaz oscuro, y nota que aquellos elementos entran y salen despacio de ella, y manos, manos en sus grandes y bellos pechos, tocando, masajeando, acariciando pezones.
-¡Duele, duele mucho! ¡Por favor, parad!
-El descanso llegará cuando todo se haya completado. Necesitas llegar al éxtasis.