Selecciona una de las siguientes categorías para profundizar en el nivel de exploración actual.
Hermione se detuvo una vez más frente a la ventana y suspiró hondo. Sintiendo el craquelar del papel en sus manos, discutió consigo misma la mejor manera de decir lo que pensaba. No quería herir a nadie, no quería ser pájaro de mal agüero... pero tampoco quería que Harry pusiera demasiadas esperanzas en un mensaje tan extraño como aquel. Suspiró de nuevo y volteó. Ron, con la mirada perdida, acariciaba la Saeta de Fuego cerca de la chimenea, aunque Hermione podía entender que sólo era un tecnicismo para no tener que pronunciar más palabras de las que quisiera. Harry, en cambio, caminaba frenéticamente alrededor de la Sala Común, confundido pero entusiasmado.
- Harry... – comenzó a decir Hermione, dubitativa.
Él detuvo su paso y la miró, fijo. - Sé lo que vas a decirme – murmuró – Pero quiero creer que es él, ¿entiendes?
Mientras la mayoría de los miembros de la Orden emprendían la retirada, Dumbledore pidió a Arthur y Molly Weasley que se quedaran un momento más. “¡Atento, siempre atento!” le había dicho Moody a Harry, golpeándolo en el hombro, mientras conversaba con Lupin a un lado de la gárgola. Tonks pasó junto a ellos, le guiñó un ojo a Harry y luego le sonrió tímidamente a Lupin, quien le respondió, sereno, con la misma sonrisa. Moody no pudo reprimir una risita cómplice, pero no disfrutaba con incomodar a su amigo, por lo que se despidió con un gesto y caminó por el pasillo. También se despidió de Ron, Fred, George y Hermione, quienes hablaban a viva voz cerca del ventanal. Al juzgar por la cara de enfado de Hermione, probablemente estaba dándoles una pequeña charla sobre sus nuevas andanzas en pos del buen funcionamiento de PEDDO, y, por supuesto, George había aprovechado el momento para recordarle su pérdida de tiempo con semejante cruzada.
Diagon Alley, 11:30 de la mañana. Hombres, mujeres y niños iban y venían cargados de bolsas, maletas, escobas, helados y demases, caminando apresurados. Los estrechos pasillos de piedra, imponentes y algo oscuros, no ayudaban demasiado en cuestiones de tráfico. Pocas veces se había visto tanto movimiento a esa hora, y menos con un día tan frío y lluvioso como ese. Pero Diagon Alley, aun ante tal clima, suponía un buen refugio: para el mundo mágico, aquel callejón no era sólo un simple centro de comercio, sino además un sitio de encuentro, de diversión segura; un lugar tranquilo, confiable. Ahí era posible encontrar una infinidad de objetos, desde libros de encantamientos hasta repelentes para babosas carnívoras, y entre aquella asombrosa variedad, el pequeño negocio “Sortilegios Weasley”, a pocos metros de Flourish & Blotts, se alzaba como la novedad del año.
Comenzaba a hacer frío. Llevaban diez minutos caminando, solos, sin pronunciar palabra. El ruido de sus pasos en el pasto mojado era quizá lo único que impedía que el silencio no fuera incómodo, aplastante. Pero iban uno al lado del otro, y al parecer esa compañía discreta bastaba por el momento.
Ron aún no se decidía a hablar, y Harry no iba a presionarlo. De vez en cuando desviaban la mirada hacia el otro, como esperando alguna señal, pero luego regresaban la vista al horizonte, reflexivos, mudos. Se sentían de pronto rodeados de una paz inusual, cada uno en lo suyo, en sus propios pensamientos y problemas, y era un ambiente que, por el momento, no deseaban quebrar.
Las pequeñas fogatas a lo largo del pasillo se debilitaban a cada segundo por la fuerte brisa invernal. A pesar de ser sólo las once de la mañana, el cielo estaba tan negro que parecía anunciar el anochecer en cualquier momento. Bastante a lo lejos, la niebla apenas dejaba apreciar algunos retazos de los campos de Quidditch, y Harry, nostálgico, pensaba en ello cuando la voz de sus amigos lo hizo reaccionar. Entre aquel sombrío paisaje, Harry, Ron, Stella y Hermione caminaban hacia el salón de Historia de la Magia, aún comentando lo sucedido con los patronus.
- ...y lo que dijo Pittycarp es cierto – continuó Hermione - Un encuentro entre patronus sólo se menciona en los libros de magia, pero nadie... nadie vivo, al menos, ha sido testigo de...
- Pues tendrán que agregar mi nombre en esas páginas – interrumpió Ron, sonriendo.
- ¿Qué tal tu verano, Harry? – carraspeó, quitándose el pelo de la cara con una mano, y con la otra palmoteando a Harry en la mejilla.
- No tan mal – respondió, y luego divisó un grupo de niños, asustados y con mucho frío, intentando protegerse entre ellos – Hagrid, creo que deberías ir ya con los de primero. Parecen aterrados.
- Ah... sí – dijo, mirando sobre el hombro de Harry – Ya veo. Bien, me voy – concluyó, pero no se movió ni un centímetro. Daba la sensación de que buscaba a alguien entre la multitud.
“¡¡Un club muggle, un club muggle!!” había gritado Molly anoche, notoriamente exaltada, mientras Arthur se paseaba de un lado a otro demostrando preocupación, pero no tanta severidad como su esposa. Molly sermoneó a los gemelos durante una hora por haber llevado a todos a ese lugar, describiéndoles y repitiéndoles sin cansancio los peligros que habían corrido. “¡No me digan que llevaron sus varitas!” les preguntó, nerviosa, y ellos no contestaron. Aquello sólo significaba lo peor. Prosiguió con un extenso discurso sobre la preocupación que les había causado a su padre y a ella, pero ya pasadas algunas horas, abrazó a los gemelos con tanta fuerza que casi los parte en dos. “No soportaría perderlos” confesó al fin, y ellos la entendieron, prometiéndole que jamás volverían a ese lugar. Bueno... no con los otros, al menos.
Con esfuerzo, y a través de la atenta mirada de los Dursleys, Harry empujaba su baúl escalera abajo. Lo arrastró hasta la puerta de entrada, colocó la jaula de Hedwig sobre él, y luego se frotó las manos. Aprovechó el lugar y el momento para observarse en el espejo del pasillo y chequear que todo estuviera en orden. No se consideraba demasiado atractivo, pero lo cierto es que el pasar de los años habían puesto de su parte: Harry se había convertido en un interesante muchacho de 16 años, con muchas oportunidades por delante.
- Duddykins, querido, deja de golpear ese florero o lo quebrarás - murmuró tía Petunia desde la esquina opuesta de la cocina, dirigiendo la voz a su hijo pero vigilando atentamente, por el rabillo del ojo, los movimientos de Harry.
Este es el primer capítulo de Harry Potter y el ocaso de los altos elfos, escrito por Francisca Solar. Ya iré poniendo el resto de capítulos.
Cap. I: Maldito Silencio (Damn Silence)
Selecciona una de las siguientes categorías para profundizar en el nivel de exploración actual.
