Aunque estaba temblando de miedo,
nuestros pequeño grupo de carceleros formaban un colage de lo más
ridículo. Por un lado estaba el culturista que eligió un mal día
para ir a comprar su bote de proteínas. Justo a su lado, y con
evidentes síntomas de sobrepeso perdido, el guardia de seguridad
rechoncho que seguro no dió ni un solo porrazo en vista de los
resultados. A su izquierda la entrañable señora de la limpieza
atravesada por un palo de fregona que, a buen seguro, ella misma se
clavo en un torpe intento de huida. A la derecha el típico reponedor
que no sabe donde están las cosas y que pagó cara eso de darle la
espalda al “cliente”. Y por último, y para deleite del personal,
la crem de la crem zombi. Una vieja semi desnuda con media teta
arrancada de cuajo y un billete de 100 euros metido dentro de unas
bragas espantosas.
Miedo, como dar, no daban mucho, pero
zarandear la persiana acojonando al personal, a todas horas y como
auténticos cabrones oiga. Cualquiera se acercaba allí...
-Pequeñin. -dijo el dependiente con
ojos de caramelo-. Mete la mano en el bolsillo de los duendecillos
verás como tienen regalos.
-¡No!
-Venga. Verás la sorpresa mas buena
que te vas a llevar. (Verás...)
-¡Ya basta! -gritó la madre- ¿No os
da vergüenza?