Escalaba la montaña de la isla flotante desnudo, saltando
entre las cornisas de roca impulsado por las alas que batía con frenesí,
jadeaba, cubierto de sudor, los pulmones le ardían y los músculos acusaban el
esfuerzo continuo, pero nada de eso le importaba. Quería coronar la cima para
contemplar con sus propios ojos lo que, en el fondo de su corazón, ya sabía.
Ya estaba cerca de la cumbre cuando, de pronto, se encontró
con una elevada pared sin puntos de apoyo. Impaciente, alzó el vuelo con las
fuerzas que le restaban. La ventisca le obligó a cruzar el umbral de sus
límites para no verse arrastrado al abismo, pero finalmente logró alcanzar la
cima, y exhausto, aterrizó de rodillas. Apenas se permitió recuperar el
aliento, se incorporó y entonces la vio.
Frente a él, en los cielos se extendía una isla flotante
continental cuyo perímetro era rodeado por otras islas menores a diferentes
alturas. La cima desde donde la contemplaba era equiparable a la altura de la
principal en su superficie, a la que superaba por poco. A lo lejos, cerca del
centro, más allá de los desiertos, ruinas y verdes prados, se extendía una
majestuosa ciudad blanca edificada sobre un lago sangriento que dibujaba las
calles entre los edificios.