Olvidad las zarandajas de nueva cosecha, olvidad los engendros perpretados por Michael Bay. Transformers fue una gran serie de dibujos animados de la década de los 80 y todo lo que se ha hecho después, son iteraciones e idas de olla que desmerecen, con mucho, el trabajo original.
Recordemos la ampulosidad de Megatron, la mezquindad de Starscream, el acongoje que nos entraba cuando los Constructicons se convertían en Devastator, en Soundwave que se convertía en un radiocassette y sacaba de su pecho, aparte de una legión de criaturas con forma de cinta, cubos para ser llenados con Energon...
Una época anterior a que los humanos se convirtieran en robots y que cada dos por tres nos metieran un sermón sobre la amistad, triunfar todos juntos y que bonito sería todo si fuéramos amiguitos. Había tiros, explosiones, se zurraban de lo lindo, los buenos eran buenos y los malos, malos.
Fruto del enorme éxito de la serie de animación, a alguien se le ocurrió hacer una película. No sé quien tuvo la idea, pero debería tener una estatua en alguna parte: de verdad.
Puede que la recuerde con los ojos de aquel niño de 9 años que machacaba el VHS una y otra vez, pero a día de hoy, vuelvo a verla y sigo maravillándome de lo buena que es.