Odio a los Casuals, os aseguro que los
odio. Si pudiera alquilar un cohete a la luna juro que los metería a
todos ahí y luego rezaría para que saliera mal el despegue.
Soy un hombre rencoroso, lo reconozco,
y no olvido fácilmente. Creedme y no miento cuando os digo que todas
esos padres, abuelas y niñatas que ahora se masturban con el mando
de la wii, antes no hacían otra cosa que rajar de los video juegos y
de los que jugaban a ellos.
Recuerdo perfectamente el día que me
declaré a mi primer amor. Yo llevaba una gameboy “ladrillo” en
el bolsillo, unas gafas relucientes y unos pantalones de tirantes la
mar de monos. Ella vio venir mis intenciones y giró la cabeza hacia
otro lado, como deseando que mi presencia a su lado fuera tan fácil
de eliminar como la de una mosca o un insecto desagradable. Aún con
aquella bienvenida, me armé de valor...
“Hola guapa, me gustas mucho.
¿Quieres venir conmigo al baile de fin de curso?
“NO”-dijo ella como si le hubiera
preguntado “¿Quieres comer mierda?”-
“Vete, me molestas. Eres raro y
todavía juegas con videojuegos”.
Eso fué hace años. Pues bien, a que
no sabéis a quien me encontré el otro día jugando al kinect en
unos grandes almacenes?