Cuando Ubisoft lanzó en
aquel lejano 2003 “Prince of Persia: Las arenas del tiempo”,
nunca imaginé que se convertiría en uno de mis juegos predilectos.
Tenía todos los elementos de gran superproducción videojueguil, con
sus graficazos, su música épica y su espectacular puesta en escena,
pero lo que gustó fue su magistral narrativa, siendo perfecta para
plasmarla en una película.
Cuando me enteré de que
harían una adaptación me alegré, y más aún cuando supe que
detrás estaría Jerry Bruckheimer (productor de la saga “Los
piratas del Caribe”), lo que aseguraba que tendría un gran
presupuesto, tal y como se merecía este juego. Lo que me echó atrás
fue saber que correría bajo la licencia de Disney, y eso ya no
molaba tanto. Si por algo es conocida Disney, es por mantener su
imagen “familiar”, y en un argumento con la violencia de Prince
of Persia (tampoco es un Mortal Kombat, pero especialmente a partir
de la segunda entrega es bastante bestia) eso no podía acabar bien.