Estos días ando nostálgico.
Entre examen y examen, entre libro y libro, entre ecuaciones y teoremas, he vuelto a caer en las mohosas garras de la nostalgia.
Me he descubierto a mí mismo observando fascinado mi viejo televisor ochentero, mi vetusto VHS, mi vieja Game Boy Color (nunca me paré a observar su fantástico pre-siglo 21 icono). He jugado a Road Rash (versión Live Arcade, ¿cuándo?) he descargado viejos éxitos disco y he visto Grease.
Tecnológicamente, lo que me fascina de los 80 y los 90 es la brutal integración del soporte físico en la tecnología más puntera, algo impensable en la actualidad. Los salones recreativos, el VHS y los cassetes dan fe de ello. Joysticks sobados. Cintas de cassete que arreglabamos con clips. Botones como cabezas de bebé.
Sigh.
Y me doy cuenta de que no hay sentimiento más alejado de la realidad que la nostalgia.
Pasamos tiempos caducos por el filtro de la actualidad. Y todo es más bonito. Pero recuerden, en el fondo, ayer todo era igual que hoy. Y mañana todo será igual que hoy, pasando éste último al mito de "los tiempos mejores". Teoría conspiratoria al canto; ¿Acaso la vida, según nuestra mente, sólo puede ir a peor?
Sigh. Si me buscan, estaré jugando al emulador del Spectrum. Saboteur powa!