¿Por qué sólo a mí?
Este es el lugar donde almaceno mi veneno más asqueroso, que será pertinentemente escupido contra todo y contra todos. Pero sin acritud.
No me dio tanto asco mi propia ciudad y sus repugnantes habitantes hasta el lunes pasado, en la noche de San Juan.
Espectáculo bochornoso, triste y asqueroso a partes iguales. Fui con mi amigo Druso, y ya durante el camino que nos llevaba al sardinero observamos ciertos aspectos asquerosos. ¿Por qué la gente es tan sumamente gilipollas y tiene tan popca decencia?
Bueno, el caso es que la playa del Sardinero estaba a reventar, llena de borrachos, zorras y sudamericanos pandilleros hijos de puta. No se de dónde coño habían salido tantos, pero algunos de estos iban acompañados de latinas a las que no me hubiera importado follar en la arena.
Me dio asco ver lo sumamente mediocre que es la gente, me pregunto si tendrán algún tipo de aspiración en la vida. Me queda el consuelo de saberme superior a ellos.
Lo que vi allí me asqueó:
Aquel 3 de junio acudí a la universidad casi únicamente por inercia. No tenía ganas, ni estaba de humor para entrar en ninguna clase.
Sin duda, aún estaba conmocionado por lo que había presenciado el día anterior, y el abatimiento seguía asfixiándome con manos de acero:
2 de Junio
El día anterior, apenas pude cruzar palabra con ella, a sus amigos no les caigo especialmente bien. Aún así, ella nunca se resiste a saludarme con una voz afectuosa y esa preciosa sonrisa. Es una carga inhumana poder hablar con ella únicamente cuando no está rodeada de su séquito. Allí estaban todos sus amigos gilipollas, a los que cortaría las manos con gusto: Gordo, Birojo, Agumon, el viejo hijoputa...... la devolví el saludo con un movimiento de la mano y una sonrisa (estaba a cierta distancia)
Sin poder dejar de pensar en ella, salí al patio de la facultad, con mi inestimable amigo Druso, donde estaban el resto de los colegas. No presté atención a lo que decían; mi mente estaba ocupada en otros maravillosos asuntos que no estaba dispuesto a compartir con nadie.
La única razón por la que acudí aquel 30 de mayo a la excursión a Burgos (y arrastré a mi amigo Druso conmigo) fue para poder tener una mínima oportunidad de estar con la chica que me gusta. Nisiquiera nos correspondía viajar hasta allá.
A las ocho de la mañana salimos de Santander en dos autobuses. Primer fallo: ella viajaba en otro autobús.
Aún así, las dos horas que duró el viaje en autobús fueron divertidas y entretenidas; un constante cachondeo, hasta que llegamos a la Cartuja de Miraflores, donde estaba el sepulcro de los reyes Juan II e Isabel de Portugal.
Cartuja de Miraflores
Era un lugar impresionante, sería inútil pararse a describir lo que había allí adentro, porque mis palabras no harían justicia a lo que vieron mis ojos. Aún así, el día me depararía otras maravillas para mis ojos.
Este es el lugar donde almaceno mi veneno más asqueroso, que será pertinentemente escupido contra todo y contra todos. Pero sin acritud.
