Ayer fui con mi novia al estreno de Alicia en El País de las Maravillas y volví a salir del cine con esa sensación de “me han timado”. De momento, para sacar las entradas, las salas estaban disponibles únicamente en tres dimensiones, por lo que me tocó aflojar 9 euros -luego no querrán piratería con estos precios; aunque los gilipollas somos nosotros que lo pagamos-. Esto ya de por sí es para plantar una queja en el libro de reclamaciones del cine; ¿por qué carajo no puedo ver la película normal y ahorrarme así 3 euros?
Este fue el primer aspecto en el que empezaron a tocarme mis santísimos bemoles. ¿Por qué? Porque odio las 3D. Llevo ya tres películas vistas en tres dimensiones y esta tecnología es, y lo digo con total seguridad, una absoluta y verdadera mierda. Que sí, que hay cosas en 3D pero, ¿cuántas? Realmente merece la pena pagar 3 euros más por ver como un pájaro vuela o unos copos de nieve parecen medianamente reales, ¿lo merecen? Para mí NO. Es una tecnología que está implantándose en el mercado y aún está muy verde. Las películas no aprovechan todo su potencial y las salas de cine, aunque digan que han realizado una gran inversión, no están capacitadas para reproducir en 3D.

