Toda persona que me lee sabe que sufro admiración eterna por Japón. Es un país que, simplemente, me encanta. Combina lo viejo con lo nuevo de una manera totalmente elegante y puedes entrar a un templo shintoísta y conectarte con el WiFi para buscar explicación de un determinado monumento -no me imagino ni de coña WiFi en la Catedral de Sevilla por ejemplo-. Sin embargo, esta simbiosis que realiza el país del Sol Naciente tiene una serie de puntos que no me gustan.
Al igual que está en el top 5 de países con mayor PIB y goza de una increíble salud tecnológica, Japón es uno de los países con las tradiciones más arraigadas que existen. Su manera de pensar sigue siendo igual que hace siglos: existe una marcada jerarquía (en todos los aspectos de la vida, no hay más que observar el uso de las partículas -sama, -sensei, -kun, etc.); las relaciones de cercanía son casi nulas; y, por supuesto, son bastante machistas -y aquí viene el quid de la cuestión-.


