El día que iba a donar, Tidus 7 se levantó a las 8:20 de la mañana para ir a la clase donde le pondrían un examen. Había soñado que le intentaban asesinar bajo un sol abrasador, y por un instante fue feliz, pues alguien le rescató de la pesadilla. Al despertar se sintió por completo agotado. "Siempre soñaba con esa clase de cosas", dice su novia, o eso diría si le preguntásemos. "La semana anterior había soñado que le perseguía un ejército de monos", añadiría. Tenía una reputación muy bien ganada de pirada, pero no había encontrado señal alguna en los sueños de su pareja, ni en los otro sueños que le había contado en las mañanas que precedieron a la donación.
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Tampoco Tidus 7 reconoció el presago. Había dormido poco y mal, sin quitarse la ropa, y despertó con dolor y de cabeza y con un sabor a bilis en el paladar, y los interpretó como estragos naturales del cambio de hora, que le había trastocado los biorritmos. Más aún: las muchas personas que encontró desde que salió de su casa a las 8:50 hasta que la donación se realizó varias horas después, lo recordaban soñoliento y aturdido, y a todos les comentó de un modo casual que estaba hasta los huevos de dormir de menos.
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