Estamos
sentados a la entrada de la piscina, y el calor es sofocante. Nos
miramos, mordiéndonos los labios por tener que reprimir lo que sentimos,
y de repente todo el mundo desaparece. Se han ido para dejarnos solos.
Tú, a través de la verja, dices que quieres echarte al agua porque estás
quemándote. Levantas tus piernas, colocando los pies sobre mis rodillas
para que vea como cambian de color por la luz del sol sobre las
sandalias. Te las desabrocho lentamente y con cuidado, acariciándote los
tobillos y voy subiendo el dedo rozando tus piernas, hasta que me
detienes y me pides que te lleve a la piscina. Me levanto, colocas tu
pie descalzo sobre mi bulto en llamas y lo frotas. Acepto mi condición
de servilismo y me quito toda la ropa. Te cojo en brazos, nuestras
narices casi rozándose y tu culo sobre mi pene a punto de estallar. Te
llevo desnudo hasta la piscina y te dejo en el borde. Nos miramos, mis
manos están en tu cintura. Me acaricias el cuerpo mientras me miras con
tu sonrisa de saberte ganadora. Descubro el hechizo que has causado. Si
me corro, reaparecerá toda la gente. Tu superioridad me excita. Me pides
que te quite la ropa para poder bañarte. Me arrodillo y desabrocho tu
cinturón. Tus ridículos pantalones crean marcas sobre tu perfecta piel,
tu perfecto cuerpo. Los bajo a la par que tus bragas, quedando
amontonados sobre tus pies. Tu rubio sexo es como el sol. Lo beso
educadamente. Intento poner las manos sobre tu culo, pero recuerdo la