Hace muchos años, cuando contaba doce o trece nocheviejas en mi haber, desempolvé un viejo trasto del sótano. Harto de pasarme el sonic de la master system, se me había metido entre ceja y ceja que los juegos de una vetusta
atari 2600 iban a darme las horas de diversión que mis ochobiteras me negaban. El resultado fue decepcionante, no os quiero engañar; pero a pesar del trabajo que me supuso conectarla, hacerla funcionar y sintonizar su canal en el viejo cacharro que teníamos en el sótano por televisor, lo cierto es que pasé un buen rato con uno de sus juegos: el asteroids.
¡Menudo vicio! Estuve varias tardes de verano consagrado en cuerpo y alma a la tarea de desintegrar pedruscos de colores chillones. Y vaya si me consagré; mi cabezonería fue tal que acabé reiniciando el contador de puntos. Pero eso es otra historia que será mejor obviar. Lo importante es hablaros de las peculiaridades “físicas” de los juegos de aquella hornada. Todos, sin excepción, estaban formados por enormes píxeles monocromáticos que simulaban situaciones de lo más variopintas. Muchos de ellos, además, contaban con varias contradicciones espacio-temporales la mar de simpáticas; la más llamativa, que nuestros personajes podían atravesar indistintamente los extremos de la pantalla para aparecer en los opuestos. Y así, el juego de hoy -Jumpman-, coge esa idea y le da una ligera, aunque no por ello menos interesante, vuelta de tuerca. Bienvenidos al mundo paranoico del “hombre-salto”, donde las direcciones se alimentan del amor-odio.