Esta semana he ido al cine por partida doble, para ver dos de los estrenos del momento: Wall·E y El Caballero Oscuro. Ambas dirigidas, a priori, a públicos muy distintos, pero que andan cosechando éxitos allá por donde pasan, tanto de taquilla como de crítica. Sin embargo, tras leer muchísimas opiniones sobre este par de películas, he de decir que no comparto muchas de ellas, principalmente de la primera. Advierto que vienen destripes, este texto va más bien orientado a los que ya han visto al menos una de las películas.
Gran parte de los que ya han visto Wall·E la sitúan como una auténtica obra maestra de la animación, y para mí no pasa de una historia ñoña llena, eso sí, de detalles magistrales que disfrazan el tipiquísimo argumento. Para empezar, esos primeros cuarenta minutos sin diálogo prácticamente, que todo el mundo me vendía como únicos en la historia del cine, no me resultaron tan impresionantes. Tiene sus puntos divertidos en esa parte, por supuesto, aunque sin grandes carcajadas, pero no puedo decir que me sedujera su magnificencia. Realmente estás contemplando la interacción de dos personas con sus limitaciones, porque al fin y al cabo son robots totalmente humanizados, como si fuera un romance entre dos individuos que no hablan el mismo idioma. No sé, simplemente, no me pareció tan brillante.