17 de Mayo de 2008
Mar
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Harry Potter y el Ocaso de los Altos Elfos - Capítulo 9

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Cap. IX: Hacia la Saeta de Fuego (Towards the Firebolt)

Mientras la mayoría de los miembros de la Orden emprendían la retirada, Dumbledore pidió a Arthur y Molly Weasley que se quedaran un momento más. “¡Atento, siempre atento!” le había dicho Moody a Harry, golpeándolo en el hombro, mientras conversaba con Lupin a un lado de la gárgola. Tonks pasó junto a ellos, le guiñó un ojo a Harry y luego le sonrió tímidamente a Lupin, quien le respondió, sereno, con la misma sonrisa. Moody no pudo reprimir una risita cómplice, pero no disfrutaba con incomodar a su amigo, por lo que se despidió con un gesto y caminó por el pasillo. También se despidió de Ron, Fred, George y Hermione, quienes hablaban a viva voz cerca del ventanal. Al juzgar por la cara de enfado de Hermione, probablemente estaba dándoles una pequeña charla sobre sus nuevas andanzas en pos del buen funcionamiento de PEDDO, y, por supuesto, George había aprovechado el momento para recordarle su pérdida de tiempo con semejante cruzada.

Lupin, intentando hacer caso omiso al leve rubor que subía por sus mejillas, miró hacia Harry. Antes de la interrupción de Tonks, había estado a punto de responderle algo relacionado con su nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, Libertes Pittycarp...

- Ahmmm sí, conozco a Libertes – dijo, pensando un momento – Estaba dos o tres cursos por encima de nosotros... quizá Arthur sepa más de él, pero podría decir que James adoptó de él la idea del cabello engominado – sonrió, algo melancólico, pero sin querer ahondar demasiado en los recuerdos, regresó al tema - Es un Auror de titulación reciente, no más de cinco años... no sé qué hacía antes de entrar a la Academia. Se le puede comparar con Lockhart en ciertos aspectos... pero no llega a tanto. Creo que es un buen tipo – opinó, encogiéndose de hombros – Pero, y como bien dice nuestro amigo Ojo Loco, hay que estar siempre atentos. Confío en tu instinto, ya sabes. Si crees que hay algo raro con él, no dudes en avisarnos.

Harry asintió. - No me ha parecido tan mal profesor. El asunto del Club de Duelos ha sido bastante interesante, pero quise preguntarte de todas maneras. Tú sabes mucho sobre Defensa...

Lupin apretó los labios, agradeciendo la confianza. Harry lo estimaba, pero, cómo decirle... - Ehhh... Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea, ¿verdad, Harry? – murmuró, algo tímido al pronunciar las palabras – Continúo viviendo en Grimmauld Place, así que, si necesitas algo, o sólo quieres conversar, no dudes en llamarme.

Harry le sonrió, conmovido. Pocas veces lo había sentido así de cerca, o tan preocupado por él. Podía adivinar su interés en apaciguar la falta de Sirius... pero no estaba seguro de querer reemplazarlo. Sirius era único, y aunque sentía mucho aprecio por Lupin, jamás sería lo mismo...

- Gracias... – respondió y, si bien en el fondo quería expresarle sus pensamientos al respecto, prefirió callar, por ahora. Quizás se sentiría ofendido o algo, y en este minuto, no se perdonaría el hecho de perder a la única figura “paterna” que le quedaba...

Unos segundos después los Sres. Weasleys aparecieron tras la gárgola. Se veían algo tensos, pero sonrientes. Molly se acercó a Ron y a los demás, y le dijo algo al oído. Ron asintió, le guiñó un ojo y la abrazó. Luego Arthur se volvió hacia Harry y se despidió con un movimiento de su sombrero.

- Nos veremos muy pronto, Harry – dijo Lupin, desordenándole un poco el cabello – Más pronto de lo que crees.

Algo torpe, hizo un ademán de querer abrazarlo, pero cambió de parecer a último minuto y optó por estrecharle la mano, sonriente. Harry había dejado de ser un niño... y no sólo lo demostraba su altura o la talla de sus zapatos. Su mirada era diferente, como también su fuerza para hablar, decidir y actuar. Por un momento, Lupin habría dado lo que fuera porque James y Lily estuvieran ahí, observándolo. Harry era todo lo que habían soñado.

Tras una última mirada, Remus, Arthur y Molly avanzaron por el pasillo. Fred y George fueron tras ellos, no sin pasar antes algunos extraños dulces a Ron y dirigir una mirada divertida hacia Hermione, quien hizo un ademán de ‘orgullo en alto’. Inmediatamente luego de voltear, fijó la vista en los profesores Snape y McGonagall, quienes conversaban seriamente cerca de la gárgola. Intercambiaron una mirada de entendimiento y, ágiles, dobló cada uno por una esquina diferente.

- ¿Por qué siempre tengo la impresión de que sabemos sólo la mitad de lo que sucede? – dijo Harry, mientras perdía de vista la figura de Snape camino a las mazmorras.

- Ya viste la cara de mi madre – opinó Ron, contrariado – Cree que aún somos unos “niños”, y no me sorprendería que varios apoyaran esa idea.

- No sean tan desconfiados – habló Hermione – Acaban de invitarnos a participar, ¿eso no les basta? – Miró su reloj – Si me preguntan, creo que es nuestra oportunidad para demostrar que nuestro trabajo no ha sido en vano.

Harry asintió. Los tres amigos se miraron, animados, al tiempo que comenzaban a caminar hacia la torre de Gryffindor. Estaban pensando exactamente en la misma idea.

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A la hora del almuerzo, Filch notó más puestos vacíos que de costumbre. Sabía que muchos estudiantes aprovechaban aquel momento para estudiar, algunos para dormir y otros simplemente para dar un paseo por los jardines, pero la mayoría jamás perdía la oportunidad de disfrutar un buen banquete de Hogwarts. Tantas sillas vacías en Gryffindor, y otras en Ravenclaw y Hufflepuff, lo hacía sospechar. Como siempre, el primer nombre que atacaba su mente era el de aquel jovencito rebelde y busca-problemas llamado Harry Potter, el héroe de todos, y el de sus dos infatigables amigos, Granger y Weasley. Rezongó al pensar en ellos, pero tras abandonar su silla para ir en su búsqueda, se detuvo y lo pensó dos veces. Para él, Potter ya era lo suficientemente grande como para evitar meterse en líos. Aunque, si se daba la oportunidad, no dudaría en ponerlo en suspensión. Volvió sobre sus pasos, acarició el lomo de la Sra. Morris, y ésta ronroneó cariñosamente. No perdería su almuerzo por perseguir a un trío de alborotadores.

En aquellos segundos en que la mayoría de los estudiantes se agolpaban para ganar el mejor trozo de pollo de las bandejas, Harry, Ron y Hermione, a muchos metros de distancia, esperaban impacientes sentados en un mullido sillón de terciopelo azul. Encontrar aquella sala secreta en el séptimo piso se hacía cada vez más fácil: Sólo bastaba con concentrarse unos minutos y la puerta aparecía, frente a ellos, como si siempre hubiera estado ahí. No había mejor lugar en Hogwarts para reunirse.

- Espero que todos hayan recibido sus notas – dijo Hermione, revisando atentamente el pergamino que sujetaba en su regazo, lleno de nombres y firmas.

- Yo espero que Neville se acuerde de nosotros y traiga algo de comida – se quejó Ron, frunciendo el ceño y acariciando su estómago – Muero de hambre.

Hermione le dirigió una mirada de reprobación y Harry sonrió. - No es tiempo para pensar en comida, Ron – gruñó, y luego chequeó su reloj – Estoy perdiendo tiempo valioso. No he confeccionado ninguna bufanda desde que llegué...

- No es tiempo para pensar en elfos domésticos, Hermione – remedó Ron, irónico.

- Pues ellos son quienes trabajan día y noche para darte de comer – le respondió, desafiante.

- Pero yo no los amenazo con mi varita para que lo hagan, ¡¿o sí?!

- ¡Ya me gustaría ver tu cara si hoy entraras al comedor y no hay cena! – exclamó, enfadada.

- ¡Hay muchas formas de conseguir comida...! No solo los elfos saben cocinar, ¡¿sabías?!

- Pues tendrás que aprender a hacer un guisado con tu túnica... porque, apostaría, no tienes idea ni de cómo materializar una manzana...

Harry sólo sonreía, mirándolos uno al otro como si estuviera presenciando un partido de tenis. Hace mucho que no los escuchaba discutir, y aquello sólo podía ser un signo de recuperación. Mientras se gritaban con aquella armoniosa familiaridad de siempre, Harry arqueaba las cejas, divertido. ¿Cuándo iban a darse cuenta de que sus peleas sólo demostraban la carencia de algo más? Pero ellos ni se dieron por enterados. Se dirigieron una mirada de rabia y cada uno caminó, aún rumiando una respuesta, hasta esquinas opuestas de la sala. Pero entonces, estáticos, advirtieron lo evidente. Voltearon, inseguros, y se miraron como si acabaran de descubrir la presencia del otro. Ron sonrió, comenzando a enrojecer.

- Extrañaba esto.

- También yo.

Casi con pánico, evitaron sus miradas. Hermione volvió a sentarse sobre el sillón, y Ron caminó lentamente hacia el ventanal. Pero mientras ellos luchaban contra sus propios sentimientos, la sonrisa de Harry había desaparecido. Las palabras de Hermione habían retumbado en su cabeza como el más grande de los regaños. Dios, las bufandas. Había olvidado completamente el asunto de PEDDO y, por supuesto, los enormes cerros de ropa que sólo Dobby conserva, aún cuando ella piensa que su estrategia de liberación de elfos domésticos ha sido todo un éxito. Harry frunció el ceño. Sería una gran decepción, y no estaba seguro de que fuera el momento para dar malas noticias, pero en el fondo sabía que, mientras más esperaba, más grande sería su sufrimiento después.

- Ahhmmm... Hermione – comenzó a decir, antes de que Ron pudiera seguir discutiendo con ella - Hay algo que debería haberte dicho hace mucho, pero nunca encontré el momento y entonces...

En mitad de la frase, fuertes murmullos se escucharon desde la puerta. Pronto la sala estaría llena de gente, y en esas condiciones, prefería no hablar. Hermione lo apremió con la mirada, instándolo a seguir, pero Harry negó con la cabeza. Esperaba que ella entendiera por qué.

El primero en entrar fue Ernie Macmillan, solemne y bien erguido como siempre. Saludó cortésmente a Hermione, quien hizo una pequeña marca en su pergamino, y luego se acercó a Harry para estrecharle la mano. Ron le hizo un gesto desde la ventana.

- Preparado y dispuesto – pronunció, más ceremonial de lo que Harry estaba acostumbrado, pero ya conocía la forma que Ernie tenía para comunicarse. Sólo atinó a asentir, callado, y ofrecerle un lugar del sillón mientras esperaban a los demás.

Pronto tras Ernie aparecieron Lavender, Parvati y su hermana Padma, quien al divisar a Ron volteó el rostro en signo de desprecio. Hermione sonrió para sí, quieta; las observó un momento y volvió a chequear el pergamino. Luego Katie Bell, Alicia Spinnet y Angelina Johnson entraron al lugar, charlando animadamente de lo que parecían ser los atributos de la nueva Nimbus 2003. Mientras Harry se acercaba a ellas, visiblemente interesado en la conversación, Hermione añadía tres marcas a la lista.

Zacharias Smith, Anthony Goldstein y Terry Boot fueron los siguientes, cada uno con un pedazo de pie de manzana a medio comer. Ron hizo un gesto de elocuente ansiedad, y Harry lo miró, encogiéndose de hombros. Al tiempo que se debatían en una lucha visual por quién sería el primero en pedir un mordisco, Neville entró en la habitación, sonriente, con grandes bultos en sus bolsillos. Ron se acercó a él, intuyendo su generosidad, y al tiempo que Harry caminaba hacia la puerta, Neville les lanzó una sabrosa hogaza de pan a cada uno.

Ron sonrió abiertamente. - Amigo, me has salvado la vida – dijo, estrechándole la mano, abriendo la boca para dar el más grande de los mordiscos. Harry también le agradeció, mientras repartía miradas hacia Dean Thomas, Justin Finch-Fletchley y Colin y Dennis Creevey, quienes se agolpaban por entrar.

- Filch tenía una mirada muy sospechosa cuando salimos del comedor... pero no te preocupes, lo burlamos para que no pudiera seguirnos – dijo Colin, muy satisfecho consigo mismo por haber sido de ayuda. Su hermano Dennis asentía, sonriente hacia Harry.

- ¿Quiénes faltan? – preguntó Ron, y antes de que Hermione pudiera pronunciar palabra, el último grupo hacía su aparición: Hannah Abbott y Susan Bones, enfrascadas en una acalorada discusión; Stella y Ginny, prácticamente abrazadas y muy risueñas, y tras ellas, Luna Lovegood – quien caminó sin preámbulos hacia Ron, por sobre la mirada de furia de Hermione – y Cho Chang, acompañada de dos estudiantes que Harry no había visto jamás: eran Owen Cauldwell y Theresa Joyce, de séptimo año de Hufflepuff y Slytherin, respectivamente.

Harry se encontró con los ojos de Cho casi por coincidencia, y por un segundo, quiso mantener el contacto, sólo para cerciorarse de cuál era su posición al respecto. Pero ella lo evitó rápidamente, adquiriendo un inusual interés por los libros de Defensa apilados en las grandes estanterías.

Suspiró, relajando los hombros. No sentía nada. El aire era el mismo, su pulso no daba señales de cambio y no había mariposas en su estómago. Todo estaba bien... no sentía rabia, ni emoción, ni vergüenza. Nada en lo absoluto. De hecho, dudaba si alguna vez sintió por ella algo más que una simple atracción...

Con un gesto cordial, Hermione había pedido a Dean que cerrara la puerta con el encantamiento sellador, sólo por si a Filch se le ocurría venir a espiar. Luego todos se reunieron en torno a Harry, esperando sus palabras. Él apretó los labios, sonriendo hacia sus amigos. No estaba seguro de si debía o no hablar en frente de no-miembros, pero lo tranquilizó la idea de que ya no había en los pasillos de Hogwarts una rechoncha y amargada "inquisidora", dispuesta a coartar sus intentos por estudiar Defensa de verdad. Ya no corrían peligro, eran un grupo legal ahora. Entonces, tomó aire.

- Me alegro de que todos estén aquí – comenzó a decir, sereno. Sacando fuerzas de flaqueza, se obligó a sí mismo a ir al grano – Antes que nada, me gustaría decirles que, como este año sí tendremos clases reales de Defensa Contra las Artes Oscuras, aún no estoy seguro de que esto sea necesario.

Nadie entendía nada. ¿Para esto los habían citado? Un murmullo generalizado inundó la sala y la mayoría intercambió una mirada de decepción, más aún los dos estudiantes desconocidos. La Armada no podía acabar... habían puesto mucho en ello, arriesgado mucho.

Harry titubeó. - Es decir... No es que el grupo tenga que disolverse, sino sólo las clases... Me refiero a que ya tenemos un mejor profesor en la materia – se excusó, refiriéndose a Pittycarp – Él puede enseñarnos todo lo que...

No pudo continuar. Frente a él, Hermione había levantado su mano, moviéndola insistentemente. Harry sonrió, tímido.

- ¿Sí, Hermione?

Ella mantuvo la sonrisa. - No estoy de acuerdo – dijo, segura como siempre – La AD es más que un curso de Defensa, y lo sabes – arqueó las cejas, y Ron la miró fijo – Si lo notas, aquí presentes hay representantes de tres de las cuatro casas de Hogwarts... – Inadvertida, Theresa Joyce bajó la mirada, sintiéndose repentinamente desplazada. Aunque, en el fondo, nadie la había invitado ahí - ¿Recuerdas el mensaje del Sombrero Seleccionador el año pasado? Dijo que hay que estar más unidos que nunca... – hizo una pausa para que todos pudieran procesar la información, y luego continuó – Esto se trata de apoyo y compañerismo, Harry. Y, por supuesto, nadie dijo que no fuera divertido – terminó, sonriendo elocuentemente.

Ginny soltó una carcajada, y pronto acaparó las miradas del grupo. - Jamás olvidaré a Neville intentando un “Expelliarmus”... ¡caíste sobre Hannah y arruinaste su peinado!

Todos echaron a reír, incluso Neville y Hannah, quienes no podían disimular un leve rubor. Aún en aquellos difíciles momentos de entonces, con la nariz de Umbridge en todos sus movimientos, las clases de la Armada Dumbledore habían sido una hermosa isla en medio del desierto. Por primera vez, alumnos de todas las casas se unían en una causa común...

- Ginny tiene razón – habló Ron, acentuando lo grave que había adquirido su tono de voz desde el último verano – No había disfrutado tanto una clase como ésta. Además, si no fuera por la Armada, jamás habría logrado desarmar a Hermione... – sonrió, y los demás hicieron eco. Hermione se sonrojó, y escondiéndose un momento tras su pergamino, volvió a pedir la palabra, levantando su mano derecha.

Harry sonrió de nuevo. - ¿Sí... Señorita Granger? – bromeó, haciendo que las risas continuaran.

Levantó una ceja, divertida. - Me preguntaba, Sr. Potter – dijo, recalcando las últimas palabras, sin perder la sonrisa – si podría hacer algunos alcances formales antes de continuar la conversación...

Harry se rascó la cabeza. - Como quieras.

Ella asintió, satisfecha. - Bien... – empezó a decir, sujetando el pergamino a la altura de su codo – Como supongo estarán todos enterados, el profesor Dumbledore ya sabe de nuestra existencia... – Todos asintieron. Dejando en claro eso, continuó -...y gracias a nuestro arduo trabajo y a nuestra lealtad hacia Hogwarts, nos han hecho una proposición asombrosa, imposible de rechazar...

- ¿Vamos a enseñarle a otros estudiantes? – inquirió Parvati, emocionada, pero Hermione no pareció alegrarse con la interrupción.

- Quizá van a darnos el EXTASIS de Defensa sin tener que pasar el examen... – pensó Ernie en voz alta, pero Ron movió la cabeza.

- Aún mejor que eso – respondió, e intercambió con Harry una mirada de aliento.

- ¿Qué puede ser mejor que un EXTASIS gratis? – preguntó Dean.

- Está claro – dijo Luna repentinamente, con los ojos fijos en Ron – Ahora vamos a pelear de verdad.

Harry y Ron abrieron los ojos como platos. Luna nunca dejaba de sorprenderlos. - Así es – afirmó Hermione, mirando a Loony con suspicacia – Está la posibilidad de incluirnos en un... proyecto mayor, en un ejército de verdad.

- ¡Oh, por Dios! – exclamó Susan, llevando las dos manos a su boca – ¡¿Vamos a estar... vamos a unirnos a... la Orden del Fénix?!

Harry asintió, silencioso, y mientras Susan – así como también Ginny - intentaba reponerse de la impresión, nuevos murmullos llenaron la sala.

- ¿Qué es la Orden del Fénix? – preguntó Padma, y tras sus palabras reinó el silencio. Todos querían saber.

- Es una suerte de ejército formado en su mayoría por Aurores, fundado por el profesor Dumbledore, el cual hace mucho tiempo se encargó de luchar contra Lord Voldemort... – explicó Ron, y sólo algunos se agitaron al oír aquel nombre. La mayoría parecía estar acostumbrada – Pero ahora se han vuelto a reunir, ya que el Señor Tenebroso ha regresado. Y... bueno, como varios de sus miembros ya no están... – murmuró, sin atreverse a mirar directamente a Harry, o a Susan, o a Neville - ...están dispuestos a incluir nuevos refuerzos.

- La Orden nos necesita, hoy más que nunca – habló Harry, tratando de demostrar que la alusión a sus padres no fue tan dolorosa – Debemos agrandar nuestras filas, o nunca tendremos opción de ganar...

El asentimiento fue unánime. La sola idea de abandonar la teoría y salir a pelear al mundo real los excitaba de sobremanera. Ninguno de ellos, aún en las más enérgicas clases de Defensa, habrían pensado que un día así llegaría. Harry sonrió al notar que todos estaban de acuerdo, entusiasmados, e iba a agradecer el consenso cuando, una vez más, Hermione tenía su mano en alto. Harry ni siquiera perdió el tiempo con palabras. Hizo un gesto con la mirada, invitándola a hablar.

Ella sonrió. - Así me gusta. No podía esperar menos de ustedes... – dijo, y sus amigos se miraron con orgullo – pero nos falta discutir varios detalles, entre ellos, nuestra propia baja de miembros – explicó, revisando acuciosamente su pergamino – Hasta el momento, la AD cuenta con 23 de los 28 miembros originalmente inscritos, ya que tanto Lee Jordan como Fred y George Weasley terminaron la escuela... Michael Corner avisó su dimisión... – Ginny pareció sonrojarse, pues Michael había entrado al grupo sólo por ella, el año pasado - ...y Marietta... ¿Qué sucedió con ella? – preguntó en voz alta, mirando directamente hacia Cho – Es la única de la que no tenemos noticia.

Cho se sintió algo intimidada, al notar que todas las miradas confluían en ella. - Eehhh... Creo que, después de lo que pasó con esa tipa Umbridge, Marietta decidió cambiarse de escuela – dijo, encogiéndose de hombros – Me parece que sus padres se trasladaron a Francia, por lo que ella aplicó para entrar a Beauxbeaton.

Hermione hizo un gesto de entendimiento y tachó algunas cosas en el pergamino. Luego levantó la vista, suspirando.

- Bien, tenemos entonces... cinco vacantes – comenzó a decir, mirando de reojo a Stella – Supongo que estará bien si nuestros visitantes se presentan y nos cuentan por qué están aquí.

Theresa, Owen, Seamus y Stella enrojecieron prácticamente al mismo tiempo. Se miraron, preocupados, luchando visualmente para ver quién de ellos sería el primero en hablar. Los demás esperaban impacientes, algunos cruzados de brazos y otros, más suspicaces, observando detalladamente a los nuevos. Entonces Seamus, aclarando su garganta sonoramente, dio un paso adelante.

- Y-Yo... bueno, yo debería haber entrado hace mucho – dijo, con la mirada hacia el suelo, como si sus zapatos fueran la mayor atracción de la sala – Es sólo que... que... – elevó un poco los ojos, quizá buscando la aprobación de Harry, y éste asintió levemente, instándolo a seguir. Seamus sonrió – Quiero pertenecer a la Armada porque ahora sé la verdad. El Señor Tenebroso ha vuelto, y no podemos dejar que recupere su poder.

Harry le sonrió amistosamente, así como Dean y Ron, sus amigos de siempre. - ¿Y qué pensarán tus padres al respecto? – preguntó Ron.

Seamus no perdió la sonrisa. - Mi madre continúa con sus dudas, pero Papá me apoyará, estoy seguro – concluyó, al tiempo que algunos murmullos comenzaban a su alrededor.

- Muy bien, gracias Seamus – rodeó el lugar con la vista - ¿A favor de la membresía de Seamus Finnigan?

Todas las manos se alzaron. Hermione contó los votos – aunque fuera innecesario – y anotó el nombre de Seamus al final de la lista.

- Eres oficialmente un integrante de la Armada Dumbledore – pronunció Harry, extendiéndole el pergamino para que situara su firma junto al nombre escrito por Hermione. Ni siquiera preguntó por qué debía firmar: estaba tan emocionado por la aceptación que no hacía más que sonreír y estrechar la mano a quien se le acercara.

Antes de que todos pudieran advertir su movimiento, Owen Caldwell caminó hacia el centro del grupo. Era alto, fornido como un jugador de Rugby y casi tan rubio como Draco. Sólo distaban sus ojos café, profundos y serenos, además de su nariz levemente redondeada. Dirigió una mirada fugaz hacia Ginny, quien le sonrió, tímida.

- Yo también quiero pertenecer a la Armada Dumbledore – dijo, firme y seguro, haciendo que el murmullo cesara por unos segundos. Hermione lo instó a continuar – Hace unos días me enteré de su existencia, por medio de... bueno, de uno de ustedes – Por alguna razón pronunciar el nombre de aquella persona le suponía un gran esfuerzo, pero intentó seguir hablando con naturalidad – y me agradaría mucho participar. Mis padres siempre han sido fieles a Dumbledore, y aunque no son aurores, ayudaron a la Orden en los tiempos de terror de V-V-Voldemort... – luego de tamaño esfuerzo, suspiró – Son muy cercanos a la abuela de Neville y a los Weasleys... – Ron asintió, corroborando la información. Hermione anotó algo en su pergamino - ...entonces, sé que estarían orgullosos de verme en una cruzada como ésta, sobretodo si tiene a Harry como líder. Y yo... es decir, principalmente para mí, sería un honor luchar junto a ustedes.

Casi mereció aplausos. Su forma de hablar recordaba a ratos a Ernie, quien sonrió satisfecho al escuchar las palabras de Owen. Harry agradeció su confianza y Hermione volvió a pedir votación. Nuevamente todas las manos se alzaron y Owen firmó, alegre, junto a su nombre en el pergamino.

Nadie preguntó quien hablaría a continuación. Por inercia, todas las miradas convergieron en Stella, quien no había pronunciado palabra desde que entró al salón. Ginny le hizo un gesto de ánimo, y mientras ella le sonreía de vuelta, dio unos pasos hacia adelante. Cerró los ojos, suspiró con nerviosismo y habló hacia todos, aunque sus ojos se desviaban constantemente hacia Harry.

- Yo vengo de muy lejos, donde la época del terror no se tradujo en hechos sino en un eco desbaratador... – comenzó a decir, tan imponente que parecía saborear cada palabra - Muchos, escapando de Voldemort, rondaron las tierras donde vivo, y así conocí el dolor, la desesperación y las pérdidas. Porque no fue necesario estar en Londres para sufrir la miseria... aquella se extendió, pura, por más fronteras de las que imaginan... – Mientras hablaba, aquel aire solemne que siempre la había caracterizado se hacía aún más patente. El silencio que se produjo fue abismante, elocuente. Neville tenía su boca parcialmente abierta, anonadado ante lo que escuchaba – He conocido, salvo un par, todos los colegios de magia en el mundo – dijo, lo que causó un “¡Ohhh!” entre el grupo – y tanto el nombre de Voldemort como el de Harry son conocidos... y venerados. Hay quienes piensan que el rigor de los sangrepura debe gobernar... pero hay otros, como yo, que apelan por la paz y la cooperación entre las personas. Mi lealtad está donde se alce la justicia y la sabiduría, y si este grupo abraza la lucha contra la oscuridad, aquí es donde quiero estar. Porque añoro que el miedo termine, y así regrese la luz.

Ninguno se atrevió a hacer comentario, ni mucho menos a romper la atmósfera casi mística que cada palabra de Stella provocó en el grupo. Ron y Ginny la miraron con admiración, sonriendo abiertamente. Hermione asintió en silencio, anotando su nombre en el pergamino aún sin haber hecho la votación. Harry, por su parte, sentía el pulso acelerado. No estaba seguro de lo que sentía... si entusiasmo, sorpresa, o fascinación. Pero no quería pensar demasiado en ello, no ahora.

- Dicen que tu patronus es increíble – comentó Luna repentinamente, sobresaltando a la mayoría. Susan asintió con vehemencia.

- Una mariposa perfectamente corpórea... maravillosa...

- ¿Mejor que el ciervo de Harry? – preguntó Zacharias, con su desconfianza de siempre.

- Igualmente fuerte – explicó Hermione – Sus patronus se enfrentaron y, en lugar de pelear, se demostraron respeto mutuo.

- Wow... – exclamó, al mismo tiempo que Owen, Theresa y Justin.

Tímido, Dean levantó su mano. - ¿Sí? – dijo Stella, segura de que la pregunta iba hacia ella.

- Es que... se rumorea que puedes hacer magia sin varita – titubeó, pero sin dejar de mirarla a los ojos – Goyle dice que estás poseída, que usas... magia negra...

Padma y Parvati, sincronizadas, ahogaron un grito de pavor. Stella bajó la cabeza, pensó un momento y luego sonrió, serena. Todos esperaban una respuesta.

- Sólo se teme a lo que no se conoce, ¿no es así? – comenzó a decir, dirigiéndole una mirada amistosa – Goyle me insultó y, en respuesta, me defendí con un truco muy fácil pero certero - explicó, aunque un leve timbre de nerviosismo se distinguía en su voz - Le apunté con mi mano y pronuncié el hechizo, pero en realidad tenía mi varita escondida bajo mi manga... – finalizó, levantando su brazo. Colin y su hermano Dennis exclamaron de felicidad, entusiasmados con la idea de intentar el truco ellos mismos.

- Nosotros estabamos ahí – habló Harry, caminando unos pasos y situándose a un lado de Stella. Ron y Hermione asintieron – Goyle se lo merecía. Pero también nos sorprendimos... fue un truco buenísimo.

Stella volteó la vista hacia él, agradecida. Estaban muy cerca el uno del otro, tanto que rozaron sus manos por una milésima de segundo. Se sonrojaron levemente, pero no lo suficiente como para que los demás lo denotaran. Cho, en cambio, frunció el ceño y se cruzó de brazos, desarmando su sonrisa. No le agradó demasiado la escena.

- Bien... ¿les parece si votamos? – dijo Hermione, pero sin alcanzar a pronunciar “a favor de...”, todos alzaron sus manos, alegres. Stella suspiró de felicidad, inclinándose para firmar el pergamino.

- Bienvenida – murmuró Harry, estrechándole la mano, aunque no era precisamente el gesto que le hubiera gustado hacer. Ginny corrió para abrazarla; al parecer, Stella era la hermana mayor que siempre había deseado.

Luna, Justin, Angelina, Hannah y Owen la acorralaron para preguntarle más cosas acerca de su patronus. Mientras, Collin, Dennis, Neville y Terry se apuntaban unos a otros con sus varitas bajo las mangas de sus túnicas; desafortunadamente, ninguno lograba hacerla permanecer en su sitio más de unos segundos. No era un truco tan fácil, después de todo. Hermione, advirtiendo los murmullos, tosió un par de veces y esperó a que regresara el silencio. Alzando una ceja, fijó los ojos en Theresa.

- Aún falta una persona – dijo, y todos recordaron. Theresa Joyce, alumna de Slytherin, había tenido las agallas para presentarse. Ron no pudo evitar observarla con recelo... no sabía si estaba de acuerdo en aceptar a alguien de Slytherin en el grupo. Justin, Hannah y Alicia tampoco estaban muy convencidos... ¿Qué pasaría si fuera un espía de Draco y sus amigotes? No podían confiar en ella...

- ¿Cómo supiste de nosotros? Es decir, de la Armada... – preguntó Angelina, frunciendo el ceño. Harry pudo sentir la tensión en su voz... Conocía a Angelina desde hace mucho, y por ello, sabía que no dudaría en sacarla a golpes del salón si se tratara de una espía.

Theresa tragó saliva, nerviosa. Se sentía intimidada, no había duda, pero aún así dio unos pasos hacia adelante y trató de explicar su presencia.

- Bueno, y-y-yo... escuché sin querer a Ginny en el pasillo, cuando le contaba algunos detalles a Owen... – comenzó a decir, no muy segura. No se atrevía a mirar a los ojos a ninguno de los presentes.

- Sin querer, ¿eh? – habló Ron, con cara de pocos amigos, pero Stella lo tomó del brazo.

- Ron, dale una oportunidad, ¿quieres? – pidió, en un tono cálido. Ron asintió, dudoso, ella sonrió. – Theresa, continúa por favor.

Ella, por primera vez, intentó sonreír, aún cuando todos le dirigían una mirada de desaprobación. Quizá no todo estaba perdido, por lo que decidió ir al grano.

- No soy precisamente popular en mi clase... dicen que no debería estar con ellos, porque no tengo nada contra los hijos de muggles, ni soy una fanática sangrepura, ni llevé puesta la escarapela de “Weasley es nuestro rey” el año pasado... Aunque ninguno de ustedes se fijaría en eso en una Slytherin, ¿verdad? – dijo, algo desafiante, pero intentó regresar a su tono normal para aquietar los ánimos – Me apasiona la clase de Defensa, y los mejores exponentes están entre ustedes... sé que no habría mejor lugar para aprender. Además, si mis amigos supieran que estoy aquí, me odiarían de por vida, y aún así me decidí a venir... – Estaba exteriorizando todas sus razones, pero al juzgar por los rostros de la mayoría, no estaba siendo convincente. Sin más que agregar que su propia alma, continuó - Pero no les voy a mentir. Mi familia lleva generaciones de fidelidad hacia Voldemort, y no es algo de lo que tenga que enorgullecerme...

Bajó la mirada, sintiendo que sus últimas palabras bien podrían ser su sentencia fatal. Su abuelo, su padre y su tío habían sido mortífagos... ¿Cómo iban a creen en sus buenas intenciones?. Harry, luchando contra sus propios prejuicios, sintió la necesidad de actuar a su favor.

- No importa de qué familia provengas... nadie te juzgará por eso – afirmó, y entonces muchos lo apremiaron con la mirada, sobretodo Ron, como diciendo “¿Estás loco?” – Recuerda, Ron – dijo, como respuesta a sus ojos iracundos – que Sirius venía de una familia de mortífagos, y ni la Orden, ni mucho menos sus amigos, lo juzgaron por eso. Demostró ser una persona íntegra, amable y leal... ¿Por qué Theresa no podría serlo también?

Hermione se mordió el labio inferior, nerviosa. En el fondo, Harry tenía razón. Sirius debía cargar con el estigma de haber nacido en una casa de magos oscuros, pero aún así, supo ganarse el cariño y el respeto de sus superiores y amigos. Quizá Theresa sí merecía una oportunidad...

Zacharias, Anthony y Justin apenas respiraban. No estaban seguros de querer depositar su confianza en una Slytherin, y mientras Hermione volvía a escribir sobre su pergamino, Owen levantó la voz.

- Yo te creo – dijo, tan amigable como le fue posible – Corriste un gran riesgo en venir hasta acá... Eso debe significar algo, ¿no?

Susan, observando los rostros de sus amigos, asintió levemente. - ¿Acaso no lo dijiste tú misma, Hermione? – pronunció, a lo que la aludida puso cara de interrogación – Ehh... creo que dijiste: “Las casas de Hogwarts deben unirse”, “apoyo y compañerismo”... o algo así. Pero, ¿De qué sirve ese discurso si, sin más pruebas que nuestros propios miedos, discriminamos a alguien por el color de su insignia?

Stella sintió que aquello era lo más sensato que había escuchado en mucho tiempo. Sonrió abiertamente hacia Susan, acercándose a su vez hacia Theresa.

- Yo también te creo – dijo, apoyando una mano en su hombro – Se requiere mucho coraje para enfrentarse a la intolerancia y al rencor. Me parece que este es un buen momento para trabajar en sus diferencias, ¿no creen?

Harry no podía quitar de su mente el rostro de Draco, irónico, desagradablemente ruin. No era la clase de persona que él admitiría en su entorno inmediato, pero Stella tenía razón. Theresa tenía el derecho de participar... si compartía la lealtad de la Armada.

Sutilmente dudoso, miró a Hermione dando su aprobación. Ella asintió, aún con el rostro contraído, y aclaró su garganta.

- Bien... ¿A favor de la membresía de Theresa Joyce?

Esta vez, varias manos permanecieron en los bolsillos de sus respectivos dueños. Ron, casi apenado por demostrar su antipatía, bajó la cabeza y se abstuvo de votar. Zacharias se mantuvo de brazos cruzados, desconfiado, al tiempo que, junto a él, Owen y Susan levantaban sus brazos a favor. Hermione contó las manos... Por la diferencia de un voto, la aceptación era mayoría.

Aún sin poder creerlo, Theresa elevó la mirada. Sus ojos bordeaban las lágrimas, feliz. - No los defraudaré, se los prometo – dijo, mientras firmaba el pergamino.

- Bueno, si esto fue todo, creo que volveré a la sala común – dijo Anthony, contrariado. Giró sobre sus pasos y dirigió una mirada agria hacia Theresa. Ella perdió su sonrisa por un minuto, pero Stella se le acercó.

- No te preocupes... ya se les pasará – murmuró, apoyándola – También dudaron de mí al principio. En estos tiempos nadie confía en nadie, ¿no?

Movió la cabeza, agradeciendo la cordialidad. - Tú sabes lo que se siente... Hablan cosas feas de ti en mi clase...

Stella asintió, incómoda. Aquello no suponía para ella ninguna novedad. Pero antes de que pudiera responder, Harry habló fuertemente hacia todos.

- Durante la semana recibirán una nota donde sabrán el día y la hora de nuestras clases – dijo, y mientras la mayoría hacía un gesto de entendimiento, añadió – Y, por favor, traten de pasar inadvertidos. No queremos que Filch nos encuentre...

Collin y Dennis exclamaron un “¡Sí, Señor!” al unísono, lo que hizo reír a Harry mientras los acompañaba a la salida. En eso, Angelina lo detuvo.

- Harry, supongo que estás enterado de que inauguramos el campeonato de Quidditch este año... contra Slytherin – dijo, mirando de reojo a Theresa – Las prácticas serán los viernes a las cinco, pero este viernes primero lo usaremos para las pruebas. Espero que encontremos bateadores tan buenos como Fred y George...

- Muy bien – respondió, entusiasmado por volver a jugar su deporte favorito... pero entonces, como un rayo, se percató de un detalle importantísimo. Oh, oh. Su Saeta de Fuego. Tantas cosas habían pasado que olvidó el asunto de su escoba. La última vez que la vio fue cuando Dolores Umbridge, más neurótica que nunca, la había encadenado en el sótano. Confundido, tomó su cabeza entre sus manos.

Angelina puso cara de interrogación. - ¿Qué sucede? – preguntó, visiblemente preocupada.

Harry dio un salto. Si le contaba, recibiría un regaño gigante. - Ehh no, nada. No te preocupes, ahí estaremos el viernes – dijo, mirando a Ron. Ella, no muy convencida, asintió y caminó hasta la puerta, donde la esperaban Alicia y Terry.

Ron se le acercó, sigiloso. - Harry, tu escoba... – murmuró, nervioso.

Frunció el ceño. - Lo sé, acabo de recordarlo...

- Podríamos ir a buscarla ahora – sugirió Hermione quien, junto a Stella, acababan de despedirse de Ginny.

- ¿Qué le sucedió a tu escoba? – preguntó Stella, y Ron le relató un resumen de la historia.

- ...pero podríamos pasar todo el día buscándola. El sótano es un lugar muy grande... podría estar en cualquier lado – concluyó Harry, desesperanzado.

- Bueno, al menos tenemos un bloque libre antes de Adivinación – opinó Ron – Hagamos nuestro mejor esfuerzo.

Hermione y Stella asintieron. Harry les agradeció su ayuda y, mientras caminaban hasta la salida, comenzó a pensar la mejor forma de abarcar el sótano para buscar... Quizá deberían separarse o... De pronto, recordó a uno de sus amigos. Sin duda él conocería cada rincón de las mazmorras de Hogwarts... le sería de mucha utilidad ahora. Entonces sonrió. Esperaba que no tuviera demasiado trabajo en las cocinas.

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- ¡¡Ron, mira por dónde caminas!! – le gritó Harry, segundos después de que su amigo tropezara con una silla y casi cayera sobre él.

- Argghhh... odio tanta oscuridad... ¡Lumos! – exclamó Hermione, iluminando el largo pasillo de piedra.

- Bien pensado – murmuró Stella, al tiempo que Hermione los hacía detenerse.

- Harry, no podemos vagar por el sótano... ¿No tienes idea de dónde puede estar tu escoba?

Él asintió. No había querido pensar en esa posibilidad, pero no le extrañaría demasiado encontrarse con aquella sorpresa...

- Si me preguntan – dijo, arqueando las cejas – Yo comenzaría buscando en el despacho de Snape.

Ron movió la cabeza, asintiendo. Le parecía de lo más lógico, pero Hermione demostró sus dudas. Todo lo que sabían era que Umbridge había escondido la escoba de Harry en algún lugar de ahí abajo y que la había atado con fuertes cadenas, para que él no pudiera jugar Quidditch, pero de ahí a involucrar a Snape... no estaba segura.

- Esperen un momento – dijo Stella, acaparando la atención – ¿Acaso no sería más fácil... bueno, no sería mejor que Harry dijera simplemente “Accio Saeta de Fuego”?

Harry apretó los labios, suspirando. - Sería lo más fácil, es cierto, y Umbridge ya había pensado en eso...

- Le puso un contrahechizo para que Harry no pudiera convocarla... – explicó Ron – Así que no nos queda más que mirar en cada esquina... y con tantas telarañas... – balbuceó, con cara de pánico.

Lo más probable es que Hermione quisiera hacer algún comentario sobre la obsesión de Ron con las arañas, pero la repentina reacción protectora de Harry la sorprendió. Unos metros más adelante, y tal como los movimientos de Harry le estaban señalando, se comenzaban a escuchar unos pasos.

- Snape nos matará si nos encuentra husmeando aquí... – susurró Ron, poniendo cara de asco, pero Harry le dio un codazo en las costillas murmurando un “¡Cállate!”. Los cuatro estaban escondidos, más apretados de lo que Hermione hubiera deseado, tras un viejo tapiz bordado con dos serpientes cascabel. El rasgueo de unos pies arrastrándose se hacía cada vez más patente, pero era un sonido extraño...

Harry tuvo una corazonada. Sonrió apenas, tentado de mirar y descubrir que, de algún modo, su instinto le daba la razón. Y entonces, sin pensarlo demasiado, elevó su cabeza por sobre la tela, dejando al descubierto a los demás. Ron, por la sorpresa, tropezó con su túnica y cayó de bruces al suelo, no sin antes arrastrar a Stella consigo, quien intentó sujetarse en Hermione. Ella, a su vez, dio un grito y soltó su varita, quedando todo en oscuridad.

Harry no pudo reprimir una carcajada. - Jajajaja... eso les pasa por miedosos – rió, y sólo Stella le sonrió de vuelta – Vamos, levántense. Sólo es Dobby...

Y así era. Dobby, el pequeño elfo doméstico y gran amigo de Harry, se asomaba, curioso, por una grieta en la pared apenas iluminada por un vago haz de luz. Al parecer, él era el más asustado con todo el asunto. Pero al escuchar la voz de Harry, salió de su escondite y saltó de felicidad.

- ¡¡Harry Potter, Señor!! – gritó, con su particular vocecilla de duende, acercándose a él - ¡Qué alegría siente Dobby, Señor, de haber encontrado a Harry Potter!

Ron, sacudiendo el polvo de sus pantalones, ayudó a Hermione a levantarse. Ninguno de los dos parecían muy felices por encontrarse con Dobby, pero al menos no era el profesor Snape. Cuando hubo alisado suficientemente su túnica, Hermione ofreció su mano a Stella para que se levantara... pero nada pasó. Por la falta de luz, Ron no podía ver lo que sucedía, aunque el silencio era elocuente.

- ¿Stella...? ¿Stella, estás bien? – preguntó Hermione, dirigiendo su voz hacia la nada, repentinamente preocupada. Y entonces, tan rápido que ninguno de ellos alcanzó a reaccionar debidamente, un largo cabello rojizo destelló a pocos metros, alejándose en una huida frenética.

- ¿Pero qué...? ¡Stella! – gritó Harry girando sobre sus pies, confundido y preocupado. En aquel instante, Hermione encontró su varita y murmuró “¡Lumos!”, justo a tiempo para divisar el último retazo de la túnica de su amiga, mientras volteaba la esquina del fondo.

Ron frunció el ceño. Aquello había sido demasiado extraño. ¿Qué le había sucedido? ¿Encontró algo espeluznante? ¿O es que acaso temía a los elfos domésticos? Bueno, no le sorprendería. Con aquel rostro arrugado, dedos extralargos, orejas puntiagudas y calcetines dispares en sus pies de payaso, no era precisamente un buen espectáculo qué admirar. De hecho, conocía a varios estudiantes de Hogwarts que jamás habían visto a un elfo doméstico en toda su vida. Quizá para Stella había sido mucha la impresión...

- Iré con ella – dijo Hermione, pidiendo a Ron que esta vez él iluminara el pasillo.

Harry, aún choqueado con la escena, volteó hacia Dobby, escuchando de fondo el sonido hueco de los pasos de Hermione en el piso de piedra. El elfo tenía la cabeza gacha y las manos entrecruzadas, con una expresión de tristeza.

- ¿Tan feo es el pobre Dobby que los amigos de Harry Potter huyen de él?

Harry sonrió, sintiéndose algo torpe. - No, claro que no, Dobby... – respondió, pero al no saber qué decirle a cambio, intentó desviar el tema - ¿Sabes? Necesito tu ayuda para algo importante.

Aquello hizo renacer la usual sonrisa en la haraposa criatura. - ¡Sí, Dobby ya lo sabe, Señor! – exclamó, feliz de sentirse útil – Y como Dobby siempre quiere agradar a Harry Potter, ¡llevó su escoba a su habitación!.

- ¡¿Encontraste mi escoba?! – gritó Harry, agitado – Pero.. ¿Cómo supiste que...?

- Dobby siempre cuida los pasos de Harry Potter... – dijo, algo avergonzado. Si su piel no fuera gris y escamada, quizá se le notaría un leve rubor - ...y escuchó cuando hablaba con sus amigos. Entonces Dobby quiso ahorrarle el trabajo... ¿Dobby hizo mal, Señor? – preguntó, con los ojos llenos de lágrimas, creyendo que había cometido un atrevimiento.

Harry negó con la cabeza, sonriendo nervioso. Temía que Dobby comenzara a golpear su cabeza contra el muro.

- No, no... lo cierto es que te estoy muy agradecido. No la habría encontrado sin tu ayuda – afirmó, al tiempo que observaba su atuendo – Como recompensa, recuérdame regalarte otro par de calcetines.

Dobby sonrió. Varias lágrimas rodaban por sus mejillas. - Dobby nunca dudó de la grandeza de Harry Potter, Señor... – sollozó, y un segundo después volvió a hablar - ...y ya que le ha hecho a Dobby tan generoso ofrecimiento, quizá Dobby p-p-pueda pedir-r-r un fav-v-vor... – pronunció con dificultad, ya que apretaba los dientes constantemente, casi como castigo. Al parecer, los elfos domésticos no estaban habilitados para pedir favores... aquello sí que suponía un gran atrevimiento.

- Está bien, Dobby. Pide lo que quieras...

Ron frunció el ceño. Aquella criatura ya los había puesto en problemas más de una vez con sus peticiones. Pero Harry no tuvo corazón para negarse. Asintió con la cabeza, y Dobby alzó la mirada, aún algo contrariado.

- Sé que Dobby no debería exigir nada... es decir, pedir, no exigir... pero si Harry Potter va a regalar calcetines a Dobby, Dobby pide que sean... que sean elegantes...

- ¿Elegantes? – preguntó Ron, intrigado – Vas a arruinarlos muy pronto en las cocinas...

Dobby dio un salto. - ¡No, Señor! ¡Dobby no los necesita para trabajar, Señor! ¡Dobby debe estar presentable para cuando llegue el Consejo de los Tareldar! – exclamó, entusiasmado, y antes de que Harry y Ron pudieran preguntar quiénes eran los ‘Tareldar’, Dobby volvió a exclamar: - ¡Los Tareldar, Señor... los Altos Elfos!

- Ohhh... – hablaron los dos amigos al unísono, dando un gesto de entendimiento. No era el momento para charlar sobre árboles genealógicos, pero no había duda de que los elfos domésticos, de algún modo, se relacionaban con los nuevos refuerzos de la Orden del Fénix.

Harry sonrió. - Si es así, compraré los más elegantes que encuentre...

Dobby volvió a llorar, sonriendo y haciendo múltiples reverencias ante él. - Harry Potter es muy bueno con Dobby... Dobby siempre le estará agradecido...

Harry sabía que Dobby bien podría pasar el resto de la tarde haciendo reverencias, pero no tenía tanto tiempo como para dedicárselo. Le urgía volver a deslizar entre sus dedos a su Saeta de Fuego... Ron, por su parte, sentía acalambrada su muñeca derecha por sujetar tanto tiempo su varita. De hecho, el hechizo Lumos comenzaba a tiritar... Con un gesto de cortesía, ambos amigos se despidieron de Dobby y caminaron de vuelta por el pasillo, y una vez fuera de las mazmorras, Harry comenzó a correr. Ron trató de seguir su paso, pero no lo alcanzó hasta que, de tres en tres, subieron los escalones hasta los dormitorios.

Los ventanales estaban abiertos de par en par, dejando entrar la poca luz que aquel día gris les entregaba, mientras las cortinas se deslizaban al compás del viento. Harry rodeó el lugar con la mirada, pero no debió buscar demasiado: ahí, sobre su cama, su Saeta de Fuego parecía llamarlo a su encuentro. Estaba dispuesta en una especial posición, casi como si se encontrara tras una vitrina comercial, y su mango destelló por unos segundos dado que Dobby, como era de imaginar, la lustró y limpió antes de marcharse. Harry se acercó y, melancólico, la admiró un momento. No sólo era una de sus posesiones más preciadas, sino que, por haber sido un regalo de Sirius, adquiría un valor único, incalculable. No podía entender cómo dejó pasar tanto tiempo antes de ir en su búsqueda...

- Harry, ¿esa no es Hedwig? – preguntó Ron de repente, apuntando hacia uno de los ventanales. Y, en efecto, una hermosa lechuza blanca batía sus alas, posándose suavemente sobre la cornisa.

Harry se acercó a ella, y buscó en su pata derecha algún mensaje anudado. Pero no había nada. Confundido, iba a preguntarle qué estaba haciendo ahí, y entonces notó que tenía compañía. Una pequeña ave negra, similar a un cuervo, esperaba junto a Hedwig, y, sorpresivamente, era ella quien cumplía el papel de mensajera.

Arqueando una ceja, volvió la vista hacia Hedwig, quizá pidiendo una explicación, pero ella no hizo más que ulular insistentemente, picoteando su mano para que se acercara al ave negra. No demasiado seguro, quitó el bulto de su pata callosa, y casi acto seguido, tanto ella como Hedwig emprendieron vuelo, perdiéndose luego tras los altos árboles del Bosque Prohibido.

Curioso, extendió el mensaje hacia sí. No era un trozo de pergamino, tal como solían ser todos los mensajes que recibía, sino que parecía más bien un pedazo de papel de ‘cuaderno’, aquel pilar de extraños pergaminos blancos que los niños muggles usan en sus escuelas. Contenía finas líneas horizontales y verticales que formaban pequeños cuadrados, y entre ellos, unas letras tensamente garabateadas se alcanzaban a distinguir. Recorrió las escuetas palabras, rápido, y después de releer ávidamente unas diez veces más, subió la vista hacia el cielo gris tras el ventanal.

Súbitamente, un aire frío envolvió sus pupilas. Su pulso aceleró su marcha y perdió la sensibilidad en sus dedos, dejando caer el trozo de papel. Estupefacto, cayó sentado a los pies de su cama, y sin estar absolutamente consciente de sus actos, sonrió, dejando que las lágrimas se agolparan a libertad. Ron, nervioso e intrigado, cogió el mensaje del suelo, el cual leyó con agilidad. Pero no perdió su tiempo en dirigirse a Harry. Con la mirada perdida, dejó que las palabras se acentuaran en su mente. Incólume, a su lado, la Saeta de Fuego brilló con intensidad.

“Vencí. Soy libre, se lo debo a mis cuatro patas, y a tu fe.
No me busques, yo lo haré. Mientras, mis saludos a Bellatrix.”

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