Blog de alexrod94
En estes blog comentaré noticias interesantes, tanto del mundo de los videojuegos como otros temas.
Diagon Alley, 11:30 de la mañana. Hombres, mujeres y niños iban y venían cargados de bolsas, maletas, escobas, helados y demases, caminando apresurados. Los estrechos pasillos de piedra, imponentes y algo oscuros, no ayudaban demasiado en cuestiones de tráfico. Pocas veces se había visto tanto movimiento a esa hora, y menos con un día tan frío y lluvioso como ese. Pero Diagon Alley, aun ante tal clima, suponía un buen refugio: para el mundo mágico, aquel callejón no era sólo un simple centro de comercio, sino además un sitio de encuentro, de diversión segura; un lugar tranquilo, confiable. Ahí era posible encontrar una infinidad de objetos, desde libros de encantamientos hasta repelentes para babosas carnívoras, y entre aquella asombrosa variedad, el pequeño negocio “Sortilegios Weasley”, a pocos metros de Flourish & Blotts, se alzaba como la novedad del año.
Frente al espejo, George arreglaba el cuello de su túnica de seda verde. Una extraña melancolía lo invadió al pensar en Hogwarts: cómo se habían divertido haciendo sus inventos en secreto, compartiendo sus bromas con los demás... o cuando, en segundo año, encerraron a Peeves en un baúl encantado. Habían sido tiempos memorables. Pero ahora su misión se había... expandido, por así decirlo, y era lo mejor que les había pasado en la vida. Su vena negociante no les había fallado. No se arrepentían de nada.
Asimismo, Fred pensaba en los pasillos de Hogwarts mientras atendía a un par de niños quienes, de acuerdo al dinero que traían, parecían dispuestos a llevarse todas las bromas que cupieran en sus bolsillos. Fred les había sugerido las bombas fétidas y las calugas rojizas – aquellas para hacer sangrar tu nariz – y ellos, fascinados, tomaron cinco de cada una y se marcharon corriendo, felices, haciendo replicar escandalosamente la campanilla de la puerta.
Un segundo después, los gemelos intercambiaron sonrisas de aliento. No importaba haber dejado la escuela... Ni en sueños habían imaginado tal éxito en un proyecto que todos pensaban que fracasaría. Y que mejor ejemplo que su madre, Molly Weasley. Hace sólo un par de horas había pasado por ahí para dejarles el almuerzo. Aún fruncía el ceño recordando su osadía de ir a un club muggle, o al pensar en aquellos “inofensivos” inventos suyos - como los para vomitar, provocar fiebre o jaqueca - pero se alegraba de que sus hijos no fueran un par de vagos. Y, culposa, también sonreía al recordar el regalo para su último cumpleaños: una túnica nueva, muy elegante, que ya no se quitaba ni para dormir. Había dudado de ellos, les había hecho la vida imposible, pero ahora eran famosos, exitosos, y al parecer, muy felices. No podía pedir más.
Mientras guardaban las últimas ganancias en su caja fuerte – la cual protegían con doble cerradura bajo un encantamiento invisible en el piso del baño – la campanilla de la puerta volvió a sonar. Lentamente, como si estuviera inspeccionando cada esquina del local, un hombre de unos sesenta años cerró la puerta de vidrio tras de sí y se sentó, silencioso, en una silla cercana. Tenía la piel quebrajada y amarillenta, los ojos rasgados, la nariz semi torcida y el cabello hasta los hombros, algo sucio, pero disimulado con un lujoso sombrero de franela. Su capa, la cual le cubría apenas hasta las rodillas, tenía bordados y botones de oro, y sus pantalones, aparentemente dos tallas más de lo necesario, eran de seda negra. En conjunto, simulaba una especie de Rey exiliado; o peor, un andrajoso quien acababa de ganarse la lotería.
Fred y George voltearon al mismo tiempo, sincronizados, y observaron hacia la puerta. Para ellos, la campanilla era el sonido armonioso de un posible cliente satisfecho. Pero al alzar sus cabezas y descubrir quién había entrado, sus sonrisas se esfumaron. Se acercaron al mostrador con serenidad, se dirigieron una mirada elocuente, y luego, saliendo por esquinas distintas, caminaron hasta el recién llegado.
- Myer Mutang – dijo Fred, forzando una sonrisa – Llegaste temprano.
- Pero qué grata sorpresa – habló George, arremangando disimuladamente las mangas de su túnica – Teníamos muchas ganas de verte.
- Muchas ganas... – repitió Fred. Se detuvo un momento, miró de reojo hacia afuera de la tienda, quizá cerciorándose de que no hubieran moros en la costa, y luego clavó los ojos en Mutang. El tipo, adivinando las intenciones de Fred, se levantó estrepitosamente de su asiento, asustado. Pero George fue más rápido. Tomándolo del cuello de su túnica, lo elevó unos centímetros del suelo y lo azotó contra el muro, acorralándolo violentamente.
- ¡¿A dónde vas?! Nos debes una explicación... – comenzó a decir, pero al ver que Mutang no entendía el mensaje, volvió a azotarlo contra el muro - ¡Te estoy hablando, decrépito! – gritó, a pocos centímetros de la cara del anciano - ¡Pusiste a mis hermanos en peligro!
Fred asintió, frunciendo el ceño con cara de pocos amigos. - Será mejor que pienses en algo para tu defensa, o te cortaremos en pedacitos aquí mismo... – dijo, pero al dar una pequeña mirada a las estanterías, sonrió con malicia – O, pensándolo bien, podríamos usarlo como conejillo de indias para nuestros nuevos experimentos. ¿Qué dices, George?
El gemelo asintió, apretando un poco más su puño contra el cuello de Mutang. - Voto por el chicle “muerte-aparente”.
- ¡Chicos, chicos, no se exalten...! – alcanzó a decir, nervioso, con el poco aire que le quedaba – ¡Yo no tuve nada qué ver, se los juro!
- Mmmm – George alzó una ceja – Los que no le crean digan: “yo”. ¡Yo! – gritó, al unísono con Fred.
- ¡Es la verdad! Jamás pensé que aparecerían Dementores... y bueno...
- ¿Sabes lo que yo creo? – dijo Fred, irónico – Creo que nos engañaste... que no eres el “asesino recapacitado” que dices ser, que aún eres leal a Quién-Tú-Sabes, y que mientras antes te regresemos a Azkabán, mucho mejor.
Mutang dio un salto. Temblando hasta los pies, comenzó a lloriquear. - ¡No! Ustedes no harían eso, ¡¿cierto?! ¡Les he dicho la verdad! – gimió, tragando saliva con dificultad a causa del puño de George, quien no aflojaba - ¡No me hagan regresar a ese lugar!
Fred y George se miraron. No sabían qué pensar o sentir. Se sentían estafados, heridos. - Imagina que te creemos... – comenzó a decir Fred, inseguro - ¿Cómo aparecieron dos Dementores aquella noche? ¿Venían de juerga o los invitaste a cenar?
- ¡No sé cómo, lo juro! – volvió a gemir, visiblemente afectado. Su rostro estaba hinchado, y algunas venas en su frente ya palpitaban. Entonces George optó por soltarlo, dejándolo respirar. El viejo cayó de rodillas, tosió con exageración y, casi arrastrándose, regresó a su silla. Elevó la vista hacia los gemelos, aún asustado – He respetado nuestro trato... cof cof... todo al pie de la letra. ¿Acaso creen que sería tan estúpido como para llamar a dos dementores a mi propio club? ¡Yo sería el principal perjudicado! ¡Pueden olernos a kilómetros! – exclamó, quitándose el sombrero y clavando las uñas en él – Además, no me interesa ese niño Potter ni ninguno de sus amigos. Yo solo quiero vivir en paz.
George suspiró. ¿Cómo creer en alguien que llevaba tatuada la Marca Tenebrosa en el antebrazo? Si mamá supiera... uf, ese sí que sería un sermón. Fred también luchaba contra sus propias confusiones. Habían creído en él, había parecido inofensivo, pero lo sucedido con los Dementores era demasiado grave como para dejarlo pasar.
- No está en nuestras manos – dijo Fred al fin, buscando aprobación en su hermano – Lupin está en camino. La Orden decidirá.
Mutang apenas movió la cabeza. Remus Lupin tendría que creerle... él sabía cosas que los gemelos no. Cosas que no podía revelar. Por ahora.
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Apoyado con las dos manos sobre el marco de la ventana, Arthur Weasley observaba el horizonte, pensativo. La próxima lechuza llegaría en cualquier minuto; no le quedaba más que cruzar los dedos. Si fueran malas noticias... si ellos se rehusaran a venir, sería espantoso, catastrófico. La desventaja sería notoria y Lord Voldemort podría hacerlos picadillo sin mucho esfuerzo. Ellos eran sus aliados más importantes, los más poderosos, y asimismo, a quienes Voldemort más teme en este mundo... tanto como a Dumbledore, pero él por sí solo no puede cargar con toda la responsabilidad. Si ellos dijeran que no... uff, Arthur prefería no pensar en aquella posibilidad. Ellos serían los últimos en sumarse a la cruzada, si es que en realidad aceptaban la petición. Su presencia se tornaba vital para derrotar al lado tenebroso; además, ellos mismos tienen un sin fin de razones para enfrentarse al que No-Debe-Ser-Nombrado... Su pueblo sufrió mucho a mano de su época del terror. Debían unirse, tenían que hacerlo.
El patriarca de los Weasleys se quitó el sombrero, nervioso, y lo tiró sobre su escritorio. Tomó un pañuelo de su bolsillo y lo pasó por su frente, limpiándose el sudor. La respuesta llegaría en pocos minutos. Tan preocupado estaba de la contestación que ni siquiera había revisado las decenas de expedientes que le habían enviado esa mañana. Uso indebido de objetos muggles, excursiones de ultima hora... Nada de eso, catalogado como una de sus más arraigadas pasiones culpables, lo podrían distraer ahora. Nada, ni la más fantástica aventura en un teléfono público de Londres, lo haría despegarse de la ventana. La respuesta de ellos era más importante que cualquier otra cosa...
“Atraparé a la lechuza en pleno vuelo si es necesario” pensó, al borde del colapso, y justo en el momento en que tocaron suavemente a la puerta, Arthur divisó un pequeño punto en el horizonte, “alado” al parecer, que se dirigía a gran velocidad hasta la sede del Ministerio de Magia. Bastaron solo algunos segundos para que su cuerpo se denotara, completo, mostrando una hermosa lechuza blanca surcando los árboles aledaños y aproximándose, en línea recta, hasta la ventana del despacho del Sr. Weasley. Él abrió la ventana de par en par, movió su escritorio hacia la luz y se sentó en el borde, suspirando profundamente. Todo se decidiría ahora, el destino se escribiría, para bien o para mal.
Las alas de la lechuza blanca dejaron de batirse al momento de pisar la cornisa de la ventana. Era grande y hermosa, muy parecida a Hedwig, pero ésta era especial; algo más ‘mágica’ que una ordinaria, por así decirlo, ya que de las plumas de su cola brotaban pequeñas chispas plateadas, como si de aquel extremo llevara colgada una varita. Arthur la esperó, quieto, a que reconociera el lugar y a él como destinatario. El ave movió su cabeza hacia todos lados, fijó la mirada en Arthur y, solemne, voló suavemente hasta su regazo y le mostró el pequeño pergamino atado a su pata izquierda. Con el pulso acelerado y las manos temblorosas, desató la nota. Aún sin mirarla, la apretó en su puño y cerró los ojos. Dios, que digan que sí. La lechuza voló nuevamente hacia la ventana y ahí se quedó, serena, a la espera de que una nueva carta se le fuera encomendada.
Suspirando hondo otra vez, se quitó los anteojos, los limpió con la manga de su túnica y los regresó al tabique de su nariz. Volvió a suspirar, extendió su puño y leyó, ansioso, el anhelado mensaje letra por letra. Pero tras unos segundos, frunció el ceño. Lo leyó dos, tres veces. Entonces elevó la mirada.
- Oh, Dios – balbuceó, estupefacto, sin saber si debía gritar de felicidad o echarse a morir.
- Arthur – dijo una voz. Sin esperar réplica, el rostro de Alastor Moody, inquieto, apareció tras la puerta. Ya había advertido el pergamino en las manos del viejo pelirrojo – Entonces, ¿aceptaron?
Arthur Weasley no movió ni un músculo. - No lo sé – balbuceó, confundido, extendiéndole el mensaje a Moody. Éste lo leyó y luego agitó la cabeza, incrédulo. Arthur se levantó, preocupado – Debemos reunirnos, Alastor. Convócalos a todos. Nos vamos a Hogwarts.
Moody asintió, silencioso. Las letras de los extranjeros eran confusas, pero bastaban para la discusión. Esperaba que no fuera demasiado tarde.
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La clase de Pociones estaba sumida en un silencio fúnebre. Era un claro síntoma de que Severus Snape estaría tras su escritorio, vigilante ante las calderas humeantes, atento al más mínimo indicio de conversación para gritarles y echarlos del salón. Sin embargo, su escritorio estaba vacío, así como el de Harry. Su mochila estaba sobre la mesa, junto a su caldera sin usar. Stella, Hermione y Ron se miraron, ansiosos. Snape y Harry llevaban varios minutos hablando en el pasillo, por lo que los demás intentaban no hacer ruido para escuchar algo de aquella plática. Pero no lograban nada. Quizá Snape había usado un hechizo silenciador contra las paredes...
- Y ese es el asunto, Sr. Potter – explicó el profesor Snape, cruzado de brazos a varios metros de la entrada del salón. Miraba a Harry de reojo, visiblemente incómodo por tener que darle buenas noticias. Hizo una mueca de desagrado – Puede continuar en mi clase este año... pero con el doble de deberes. No tendrá el descaro de quejarse, supongo.
- No – respondió, seco. Claro que quería quejarse. En extremo rigor, había reprobado Pociones, pues no había alcanzado la nota mínima; sin embargo, el juez del TIMO había ‘reconsiderado’ su evaluación algunos meses atrás. “Su nombre pesa, Potter”, había dicho Snape, “y si por mí fuera, evitaría tal tipo de corrupción y le prohibiría la entrada a mi clase. Pero las órdenes vienen desde arriba...” había concluido, enfadado. Y por primera vez en su vida, Harry concordaba con su furia. ¿Quién suponía que él, por el solo hecho de ser ‘Harry Potter’, necesitaba un trato especial? ¡Malditos vejestorios!
Snape le hizo un gesto con la cabeza y comenzó a andar, dándole la espalda. - Hoy comienza su doble trabajo, Sr. Potter – pronunció, sin voltear – Le sugiero que se apresure o tendré que quitarle tantos puntos como sea mi agrado...
Harry ni siquiera respondió. Estaba furioso, incapaz de pensar con la cabeza fría. Pero, y únicamente por esta vez, le daba a Snape la razón. Estaba en su derecho de enfadarse. Alguien había pasado por sobre su autoridad al obligarlo a aceptar a un alumno reprobado... pero eso no lo dejaba inocente de todo cargo. El tipo era un bastardo desquiciado, sin importar el contexto.
Harry entró al salón tras Snape y se sentó en su sitio, callado, luego de arrojar su mochila bajo la mesa. Sin prestarle atención a ninguno de sus amigos, quienes lo apremiaban con la mirada para que contase todo lo sucedido, sacó los ingredientes anotados en la pizarra y los colocó en orden alfabético frente a sí. Después tomó su caldero, lo limpió frenéticamente con la manga de su túnica y lo situó, detallista, justo al centro de su mesa, dirigiendo luego una mirada de odio hacia Snape. Era demasiada preocupación por la materia... tanto que hasta Hermione supo que algo andaba mal.
El profesor Snape se acercó hasta él. Abrió los ojos al máximo al ver el armonioso despliegue de potes y botellas de colores sobre el pupitre de Harry, pero intentó que su rostro no denotara tal sorpresa.
- ¿Ve la poción desintegradora que acabo de describir? Pues más le vale que la haga correctamente... pues la usaremos en sus libros – dijo, sonriendo maliciosamente - Y ya que supongo que querrá recuperarlos, le sugiero que haga la poción integradora antes de que la clase termine. O no tendrá con qué pasar de año... salvo los apuntes de la Srta. Granger.
Hermione frunció el ceño y apretó los labios, enfadada. No sabía por qué Snape trataba a Harry así, aunque ya comenzaba a adivinarlo. Ron, quien se encontraba en el pupitre continuo, aprovechó la caminata de Snape hasta el caldero de Neville para darle apoyo a su amigo.
- No puede darte doble trabajo... hablaremos con Dumbledore – sugirió, sonriendo, al tiempo que Hermione y Stella asentían.
- Nadie ha pedido tu ayuda, Ron – murmuró Harry entre dientes, sin dirigirle la mirada. La situación era demasiado embarazosa como para confesarlo a sus amigos. “Harry Potter, el jovencito especial” pensó Harry con sorna, apretando los puños.
Ron se apartó bruscamente. - ¿Qué diablos te sucede? – preguntó, algo irritado.
- ¿Qué pasó con el profesor Snape? ¿Por qué te calificaron “pendiente”? – preguntó Stella inmediatamente después, curiosa y preocupada, pero la imponente sombra de Snape regresó para interrumpirlos.
- El Sr. Potter dijo que no necesitaba de vuestra ayuda, así que, si tienen la amabilidad, regresen la vista hacia sus respectivas pociones. Mientras tanto, diez puntos menos para Gryffindor por hablar en clase.
Ron se acomodó en su pupitre a regañadientes, mirando con enfado hacia Harry. Stella también volvió a lo suyo, avergonzada por abrir la boca. Hermione, por su parte, siguió a Snape con la mirada, suspirando de rabia. ¿Qué le habría dicho a Harry como para dejarlo en ese estado?
No tuvo mucho tiempo para pensar. Con estruendo y apuro, Minerva McGonagall entraba en el salón de Pociones, agitando un pedazo de pergamino en su mano derecha. Caminó directamente hacia el escritorio de Snape, quien se levantó raudamente al verla entrar. Ambos profesores intercambiaron una mirada preocupante, y ella le extendió el papel. Snape lo leyó aprisa, y regresando su mirada hacia McGonagall, asintió, serio. Luego dirigió la mirada hacia los alumnos de Gryffindor y Slytherin, quienes esperaban quietos alguna explicación.
- Granger, Weasley, vengan conmigo – habló, apuntándolos, y se dirigió entonces hacia Harry – Usted también, Potter. Se ha librado del trabajo por esta vez.
A Harry no le hacía gracia. Estaba harto del “trato especial”. Refunfuñando para sí, recogió sus cosas y salió por la puerta tras McGonagall. Ni siquiera intentó esperar a sus amigos. Hermione se levantó con rapidez, al tiempo que dirigía una mirada extraña hacia Stella, encogiéndose de hombros. No tenía idea de a dónde iban. Ron, por su parte, tomó su mochila con desgano y miró hacia la salida. Harry le debía una explicación.
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Los innumerables retratos en la oficina de Dumbledore se encontraban más activos que nunca, hablando a gritos entre ellos. Uno en particular, Phineas Nigellus, gruñía con fatiga, algo enfadado por la situación, aunque en el fondo sólo estaba triste por el nefasto destino de su tatara- tatara-nieto. Las voces de los cuadros, algunas graves y otras muy agudas, se fundían a ratos con otras, aunque más susurradas, que provenían directamente del escritorio del Director. Salvo algunos de sus integrantes – entre ellos, Sirius Black – la Orden del Fénix se reunía en pleno.
Arthur Weasley arrugaba su sombrero entre sus puños mientras caminaba frenéticamente de un lado a otro, visiblemente nervioso, al tiempo que era seguido con atención por el ojo giratorio de Alastor Moody, quien buscaba apoyo en una de las estanterías. Nimphadora Tonks, Emmeline Vance, Hestia Jones y Molly Weasley, sentadas justo frente a Dumbledore, compartían miradas preocupantes, ansiosas. El cabello de Tonks, cambiante por naturaleza, hoy adquiría un tono deprimentemente grisáceo, quizá lo más ad hoc al ánimo reinante. Cerca de la ventana y acariciando a Fawkes se encontraba Kingsley Shackelbolt, y reunidos en círculo junto a él, estaban Elphias Doge, Dedalus Diggle y Sturgis Podmore, quienes al parecer discutían algo en voz baja. Por otro lado, Remus Lupin, Fred y George esperaban junto a la puerta. Tenían muchas ganas de saber por qué se reunían, pero no podían comenzar hasta que todos estuvieran presentes. Mientras tanto, entre los tres conversaban sobre la situación de Myer Mutang.
- No creo que él haya llamado a los Dementores, tiene razón al decir que es una locura – opinó Lupin en voz baja – Tiene que haber otra posibilidad.
- Pero ya no confiamos en él – dijo Fred, frunciendo el ceño – Lo amenazamos con regresarlo a Azkabán.
Remus sonrió. - Eso lo mantendrá quieto por ahora. No se preocupen, lo tendré vigilado – concluyó, sereno. Había mejores cosas en qué pensar ahora.
Albus Dumbledore observaba el movimiento a su alrededor desde sus gafas de media luna. Su rostro arrugado y cansino intentaba mostrarse impasible, neutro, para no dar falsas impresiones. Aun cuando las cosas no estaban del todo perdidas, el pesimismo rondaba entre la Orden, sobretodo después de la muerte de Sirius. Supuesta muerte, pero no era el tiempo de hablar de ello. Tenía que, de algún modo, revivir el espíritu incansable que caracterizó a los súbditos del Fénix en sus mejores tiempos.
- Ya están aquí – habló Lupin, haciendo que algunos se sobresaltaran. Había escuchado el arrastre de la gárgola al abrirse paso en la escalera. Tras unos segundos, aparecieron tras la puerta del despacho Minerva McGonagall, Severus Snape, Harry, Ron y Hermione.
Al momento en que Harry puso un pie en la oficina y dio una rápida mirada a su alrededor – reconociendo a todos los de la Orden – la mayoría de los adultos perdieron las ganas de hablar. El silencio que se produjo era de tal densidad que se podría haber cortado el aire con una tijera. Pero bueno, aquella situación tenía que darse algún día, lo quisieran o no: enfrentar a Harry luego de la muerte de Sirius sin tener nada convincente qué decirle. ¿De qué servían ahora un par de palabras de consuelo? Nadie podía explicarle cómo había muerto su padrino, o qué había tras el velo del Departamento de Misterios, por lo que la lucha de miradas para evadir la responsabilidad de hablar era dura, elocuentemente silenciosa.
Harry había desarrollado una especie de radar para todo lo que involucrara a Sirius, por lo que creyó adivinar los pensamientos de cada una de las personas erguidas ahí. Sin perder la seriedad en su rostro – más aún después del episodio en Pociones – suspiró, contrariado.
- No se han reunido para hablarme de Sirius, ¿o sí?
Molly quiso decir algo, pero ahogó su intento. Sus ojos bordeaban las lágrimas. Todo había sucedido tan rápido que ninguno de los presentes había podido llevar el luto correspondiente. Muy en el fondo, todos esperaban que la puerta volviera a abrirse y Sirius apareciera, sonriendo como siempre, gritando: “¿Qué tal, colegas? ¿Me extrañaron?”. Y aunque aquello estaba lejos de suceder, nadie estaba preparado, aún, para aceptarlo.
- Claro que no, Harry – dijo Lupin, tomando la palabra, alivianando así la carga de todos aquellos que no sabían cómo empezar. Siguió en un tono cálido, casi paternal – Si quieres, podemos hablar de ello luego, pero ahora nos reúne un asunto más... significativo para los tiempos que vienen. Nada podemos hacer por el pasado, pero sí por el futuro.
Todos asintieron, callados. Ron dirigió una mirada preocupante hacia su padre, quien intentó sonreírle, aun dados los acontecimientos.
- Pero, antes que nada, Harry – pronunció Dumbledore, levantándose de su silla. Miró fugazmente hacia Minerva, y luego prosiguió – Es importante que conozcamos tu parecer.
Harry se extrañó. Por fin alguien se interesaba en su opinión. - ¿Mi parecer? ¿Sobre qué?
- Sobre la Orden – dijo Tonks cerca del escritorio, dejando un momento su asiento junto a Molly - Creemos que ustedes tres ya están en edad para ingresar a ella...
- Si bien no son aurores – interrumpió Shackelbolt, con su voz profunda y calmada - tienen derecho a participar en la toma de decisiones y, por supuesto, en la lucha...
- Pero si no quieren entrar, también están en su derecho – prosiguió el Sr. Weasley, buscando aprobación en sus compañeros. Al obtenerla, Elphias Doge puso una mano en el hombro de Arthur, dirigiendo su mirada sólo hacia Harry.
- Somos suficientes, podemos permitir tu dimisión si...
- Además, eres muy joven... – opinó Hestia Jones, no muy convincente – Si algo te pasara no podríamos perdonarnos...
Emmeline Vance surgió tras la sombra de Hestia. - Has sufrido mucho en esto, Harry. Ninguno de nuestros sacrificios se comparan con el tuyo. Si quieres desligarte, lo entenderemos.
Harry no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Desligarse? ¿Abandonar la lucha, después de todo lo que había sucedido? Aturdido, clavó los ojos en Lupin como pidiendo una explicación, pero él desvió la mirada, incapaz de mostrar claramente su posición al respecto. ¿Es que acaso él, Harry Potter, figura central en toda esta patraña, podría algún día darse el lujo de huir? Estaba marcado de por vida... ¿Por qué la Orden se había puesto de acuerdo para sacarlo de en medio? Podmore y Vance lo miraban con ansias, como si temieran lo peor. Molly no era capaz de mirarlo a los ojos, y Dumbledore había dejado de pestañear por un segundo que se hizo eterno. Entonces, al verse algo ‘desamparado’, sacudió la cabeza y elevó la voz.
- ¿Se han vuelto locos? – exclamó Harry, confundido y enfadado a la vez – Cómo pueden pensar que yo... es decir, Voldemort... él destruyó mi vida... ¡Esta maldita cicatriz ha destruido mi vida! – gritó, apuntando hacia su frente. Tonks llevó una mano a su boca y el ojo giratorio de Moody, acuoso, detuvo su movimiento bruscamente – Ser quien soy me ha dado más tristezas que triunfos, pero no me he rendido, ¿o sí?. Sirius murió protegiéndome, él creía en mí, en lo que yo significaba para este mundo de hipócritas... ¡¿Y ustedes quieren que abandone?! ¡Hacerlo sería como... renegarlo! – Dio algunos pasos hacia adelante, alternando la mirada en cada uno de los miembros, algunos nerviosos, otros impactados – Sé cuál es mi responsabilidad, no crean que lo he olvidado – pronunció, irritable, esta vez mirando directamente hacia Dumbledore. Él pudo entender a qué se refería – Y aunque quisiera escapar y extraer de mi memoria todo lo que he perdido desde que descubrí mi papel en todo esto, tengo aún muchas cuentas que saldar. Con Lord Voldemort, con Peter Pettigrew, con Bellatrix Lestrange... con todos los mortífagos... – Cerró los ojos e intentó relajar los puños, suspirando profundamente. Miró de reojo a sus amigos, quienes se hallaban tan sorprendidos como los adultos – Pero mi cruzada no es sólo personal, y lo entiendo. Todos hemos sufrido mucho en el camino – arqueó las cejas, ya más calmado - La Orden me necesita, tanto como yo a ustedes.
Alastor ‘Ojo Loco’ Moody había olvidado la última vez que vio sonreír a Lupin. Aquel gesto hacía rejuvenecer su rostro, pálido y algo demacrado por los acontecimientos, y lo remontaba a aquellos años en los que, junto a sus inseparables amigos – James y Lily Potter, Frank Longbottom y Sirius Black – se alzaban como los miembros más capacitados y entusiastas de la Orden. Arthur Weasley y los demás hicieron eco de aquella sonrisa, y se miraron unos a otros como si acabaran de escuchar la mejor noticia de sus vidas. Harry no entendía nada, ni menos Ron o Hermione, quienes se habían transformado en meros espectadores desde que entraron a la oficina.
- No podía esperar menos del hijo de James – sonrió Kingsley Shackelbolt, orgulloso, acentuando su tono profundo.
Tonks aplaudió un par de veces, divertida, saltando de su silla. - Vaya que sufrimos... ¿Estás más tranquilo ahora, Remus?
Lupin asintió, quieto, relajando los hombros, disipando aquella tensión que se había apoderado de su rostro desde que entró en la oficina.
- No sabes lo importante que es para nosotros escuchar tus palabras, Harry – dijo, emocionado – Eres nuestro pilar, nuestra esperanza. Si te alejabas... bueno, después de lo que sucedió el año pasado, si decidías no seguir en la lucha, habríamos perdido el rumbo. Eres... nuestro líder, aunque no lo creas.
Harry sintió la necesidad de sonreír por primera vez en mucho tiempo. Como una chispa, cayó en la cuenta de que, además de Sirius, también había otras personas que lo estimaban... no al El-Niño-Que-Vivió, no al tipo de la cicatriz, sino a él, Harry, simplemente Harry. El Sr. Weasley, visiblemente menos nervioso que como en un principio, clavó los ojos en su hijo, instándolo a que contestara a la petición de la Orden, al igual que Harry. Esperaba no llevarse una sorpresa desagradable.
Ron miró a su amigo, sereno, y luego a Hermione. - No seré yo el próximo Weasley en desertar – dijo, seguro, y aunque sabía lo doloroso que era para sus padres recordar el comportamiento de Percy, quería demostrarles su lealtad y afecto – Además, Harry no puede vivir sin mí – bromeó, sacando algunas carcajadas a los presentes. Por fin el ambiente parecía más distendido.
- Y ustedes dos no pueden dar ni un paso sin su “libro andante”... – dijo, apuntando hacia sí misma, sonriendo abiertamente. Harry y Ron asintieron, algo avergonzados – Estuve y estoy a disposición de la Orden... así como también la Armada Dumbledore – advirtió, golpeando la voz. Aquellas palabras eran nuevas para la mayoría – Hay alrededor de quince personas en este colegio tan o más capacitadas que nosotros tres, y que estarían dispuestos a hacer lo que ustedes pidieran. Sólo esperan órdenes.
Dumbledore inclinó la cabeza, pensativo. Tonks volvió su mirada hacia él. - ¿La Armada Dumbledore?
- Es un grupo de estudiantes instruidos por Harry en cuestiones de Defensa – explicó Lupin, quien parecía muy informado sobre el asunto – Hoy son los más adelantados de su clase... y si Harry les enseñó, puedo dar fe que están en buenas condiciones – concluyó, seguro. Harry le agradeció el gesto de confianza.
- Varios de ellos tienen tantas razones como nosotros para pelear – aseguró, al tiempo que Hermione y Ron asentían – Luna Lovegood, Susan Bones, Neville Longbottom... incluso Ginny.
- Conozco muy bien esa lista, Harry – habló Dumbledore, sin mover más músculos de los necesarios – Y si la situación fuera otra, créeme que jamás dejaría que un grupo de jóvenes se involucraran en algo tan peligroso – dijo, tajante, mientras abandonaba su escritorio – Pero, dada las extremas circunstancias, no podemos omitir ningún tipo de ayuda, ni mucho menos de aquella capacitada y leal como la que dicho grupo nos ofrece tan generosamente.
Tonks sonrió, cálida como siempre, entusiasmada con la idea de sumar personal más jovial a la Orden. Los otros integrantes intercambiaron miradas, discutieron uno minutos en voz baja y, tras un pequeño debate, aceptaron la idea. No era tiempo para desechar refuerzos. Molly, en cambio, se mantenía en su silla, silenciosa. Ella no estaba de acuerdo con involucrar a “niños” en el problema...
- Mamá – dijo Ron de repente, sobresaltándola. Intentó que su rostro no denotara su descontento. Los demás acallaron sus voces – Sé que preferirías que Ginny y yo nos mantuviéramos al margen... pero ya estamos metidos hasta el cuello, y lo sabes – dijo, calmado y seguro, ofreciendo una mirada de cariño a su madre – Los Weasleys somos parte importante de esto, tanto como Harry o Hermione, y si ellos no abandona, mucho menos lo haremos nosotros.
Hermione asintió, sonriendo por el buen tino de Ron al aclarar las cosas tempranamente. El Sr. Weasley sintió la imperiosa necesidad de abrazar a su hijo, pero se contuvo. Últimamente había demostrado una madurez impresionante, atípica...
Molly no dijo nada. Sólo le sonrió, débil y casi forzadamente, y volvió la mirada al suelo. No dudaba del coraje o la capacidad de su hijo, pero si algo le sucediera, si sucumbía en batalla...
- La valentía de estos muchachos debería darnos una lección – comenzó a decir Dedalus Diggle, quitándose su eterno sombrero de copa – Nuestro ánimo no puede debilitarse. Muchos dependen de nuestro actuar.
Dumbledore movió su cabeza, asintiendo. Los demás esperaron las palabras del director. - Justamente para eso los he convocado aquí... – dijo, pidiendo que se acercaran más a él, disponiéndose en forma circular – Aunque faltan algunos miembros, es importante que sepan las novedades. Sólo así sabremos qué, cuándo y cómo actuar...
- ¿Lord Voldemort ha dado señales de vida? – preguntó Hermione, al tiempo que algunos comenzaron a murmurar. Por primera vez, Ron no se agitó al escuchar aquel nombre.
- No, y aquello sólo puede ser indicio de malas noticias... – explicó, juntando sus manos bajo las anchas mangas de su túnica gris.
- No te ha molestado tu cicatriz, ¿verdad Harry? – dijo Sturgis, aunque más que una pregunta era una afirmación. Harry negó con la cabeza.
Shackelbolt puso cara de preocupación. - Tememos que el Señor Tenebroso haya descubierto la forma de no plasmar sus estados de ánimo en ti...
- Aunque hay otra posibilidad – advirtió Lupin, pensativo – Voldemort ha reclutado muchos aliados últimamente... Nuestros espías dicen que han visto a muchas criaturas abandonar los pantanos y bosques. Es posible que ellos, y otros, estén haciendo el trabajo por él, sin reportes... por ahora.
- ¿Otros? ¿Quiénes? – preguntó Ron, interrumpiéndolo. En un movimiento ágil, Tonks sacó algo de su morral y lo pasó a Lupin, quien a su vez se lo extendió a Ron.
Era un ejemplar sin número de “El Profeta”. En portada, con letras grandes y negras, y precediendo una foto en la que aparecía una gran fortaleza en llamas, decía: MASIVA FUGA DE AZKABAN: CÁRCEL EN RUINAS.
Harry, Ron y Hermione se miraron, aterrados. - ¡¿Cómo es posible?! – exclamó Hermione, con la respiración acelerada – Yo recibo “El Profeta” todos los días y jamás leí esta noticia...
- Yo pedí que no llegara a Hogwarts, Srta. Granger – pronunció Dumbledore – No puedo permitir que el pánico se extienda por el colegio... el resto del alumnado no debe involucrarse, no por ahora, al menos.
- Deberíamos haberlo previsto... – opinó Dedalus Diggle, comenzando a pasearse, frenético – No podíamos confiar en tales monstruosidades...
Dumbledore agitó la cabeza, moviendo sutilmente algunos mechones canos. Fijó los ojos en los tres estudiantes de Gryffindor.
- Los Dementores se han unido a Voldemort – explicó, en un tono cansado – y han dejado escapar a los mortífagos. En este minuto, todo el clan de la Marca Tenebrosa debe estar reunido, tal como nosotros... ¿no es así, Severus?.
Todas las miradas confluyeron, raudas, en el rostro pálido y agrio del profesor Snape. Él se estremeció, incómodo, y asintió levemente hacia el director.
- La marca está más nítida que nunca – dijo, rozando su antebrazo - Es posible que ya estén elaborando una emboscada...
- No, no lo creo – habló Dumbledore, mientras abandonaba su posición en el círculo y retrocedía hacia su escritorio – Aún le queda mucho por hacer. No va a arriesgarse. – Se acercó a Fawkes y acarició su suave plumaje, fuertemente matizado en tonos cafés y rojizos. Le susurró al oído algo que nadie logró descifrar, y entonces el ave desplegó sus alas, solemne. Irguió el cuello y cruzó la sala, en un vuelo liviano y alegre, saliendo luego por el ventanal y perdiéndose en el horizonte. Nadie preguntó nada. – Es por eso... – comenzó a decir, retomando el tema – que debemos aprovechar al máximo este tiempo de... “entreguerras”...
- Estamos listos, Albus, pero... – habló Moody, golpeando el suelo con su pata de palo. Intercambió una mirada elocuente con el Sr. Weasley, y éste asintió – Queremos saber la situación de los extranjeros...
Tonks dio un salto. - ¡¿Llegó la carta?!
- Esta mañana – respondió Arthur.
Harry alzó una ceja. - ¿Extranjeros?
- Schhh – lo hizo callar Fred, sin dirigirle la mirada, aunque trató de explicarle – Son nuestros refuerzos.
Aún más confundido, quiso volver a preguntar, esta vez a Lupin, pero la voz de Sackelbolt no lo dejó siquiera pronunciar la primera palabra.
- ¡¿Y porqué no nos habían dicho nada?! – exclamó, abriendo los ojos al máximo – ¡Vamos Arthur, cuéntanos! Dios, no quiero ni pensar si..
- ¿Cómo era la lechuza? – interrumpió McGonagall, haciendo su primera inclusión en la charla desde que había llegado.
La mayoría puso cara de interrogación. - Ehhmm... Blanca, imposible olvidarla... dejaba destellos plateados desde la punta de su cola... – respondió el Sr. Weasley, confundido, sin entender el por qué de la pregunta – Pero lo importante, Minerva, es que el mensaje que traía no es demasiado aclaratorio. Es una especie de evasiva...
La veterana profesora de Transformaciones sonrió, suspicaz, arreglando la postura de sus gafas cuadradas. Lupin, quien se encontraba a su lado, alzó las cejas con sorpresa. Creía saber el motivo.
- No importan las letras de ese mensaje, Arthur... – Todas las miradas apremiaron a Minerva, ansiosos - Vendrán, de eso no hay duda. Los Altos Elfos sólo envían lechuzas blancas como símbolo de paz, aceptación o gratitud.
- ¡¡Elfos??
Ron y Hermione gritaron al mismo tiempo, paralizados por la información, y un segundo después estaban tan extasiados que no sabían si reír o llorar. Pero nadie se fijó en ellos. La atmósfera cambió de un silencio angustiante a una gran distensión, y dio incluso paso a efusivas muestras de felicidad. Tonks y Hestia Jones suspiraron profundamente y se abrazaron, emocionadas. Sturgis, Dedalus y Arthur se estrechaban la mano, esperanzados. Dumbledore, desde su escritorio, sonreía bajo su barba. Pero no todo terminaba ahí.
Harry fijó la vista en sus amigos, pidiendo una explicación. Ahora sí que no entendía nada, y odiaba estar en esa situación. Para variar, nadie se había detenido en la marcha para dar un par de aclaraciones.
- ¿Elfos? ¿Nuestros refuerzos son... elfos domésticos, como Dobby?
Hermione lo miró con impaciencia, suspirando. - ¿Acaso no escuchaste? ¡Altos Elfos! – exclamó, extremadamente sonriente – Elfos ancestrales... Altos, galantes, imponentes. Dios, creí que ya habían muerto los últimos...
- De ellos proviene la magia, Harry – explicó Ron, compartiendo el entusiasmo de Hermione – Todo lo que conocemos se lo debemos a ellos... Además, son las criaturas más poderosas que puedas conocer... únicas...
- Tan poderosas... – comenzó a decir Lupin, acercándose. Desde su lugar había notado la confusión de Harry – ...que Voldemort intentó exterminar su raza, muchos años atrás.
Harry intentó procesar aquella información lo más rápido que pudo, pues, al parecer, era la única persona de la sala que no tenía ni la menor idea de quiénes eran los Altos Elfos. Aún con seis años en Hogwarts, había muchas cosas del mundo mágico que seguía desconociendo... Pero lo importante, según pudo entender, es que Voldemort les teme. Teme a su poder, y han regresado.
- Léanos la carta, profesor Dumbledore – rogó George, quien de pura emoción había abrazado a su madre hasta dejarla sin aire – Aún queremos saber qué dice.
Albus Dumbledore apenas parpadeó. Miró un momento el pedazo de pergamino en sus manos, prolijamente escrito con tinta negra, dejando ver un extraño lenguaje. Subió la vista y apretó los labios, dudoso. Entonces se dirigió a la Orden, sin desdoblar el papel.
- Dice que aún están en proceso de deliberación... – dijo, pausado -... sobre si el riesgo que supone regresar a Inglaterra vale la pena... pero anuncian la visita de una comitiva especial para las celebraciones de Año Nuevo. Su líder ha pedido hablar conmigo.
- Entonces enviaremos una lechuza a Bill y a Charlie inmediatamente... no creo que quieran perderse la fiesta – bromeó George, y tras la primera carcajada de Fred, la oficina se llenó de una estruendosa risa colectiva. De un segundo a otro, gracias a la noticia de una simple carta, el ánimo de la Orden del Fénix había cambiado del cielo a la tierra.
Harry no pudo evitar las ganas de reír. Al parecer, la ventaja estaba a su favor, y había que aprovecharla. Si estos... Altos Elfos, eran tan poderosos como decían, no habría mucho de qué preocuparse. Quizá no todo era tan malo como se había previsto, después de todo. Mientras el resto seguía intercambiando palabras de aliento, se acercó a la ventana y observó, incrédulo, cómo algunas nubes se disipaban justo sobre los campos de Quidditch. Tal vez quedaría tiempo para darse algunos lujos.
Remus Lupin siguió a Harry con la vista, mientras éste se acercaba lentamente hacia la ventana. Muy en el fondo, su espíritu protector lo llamaba a llenar en él el vacío que Sirius había dejado... pero no estaba seguro de que fuera lo correcto. No era ni la mitad de arriesgado, o divertido, o astuto que su eterno amigo Black, pero podría intentarlo... Mal que mal él, en aquellos años, había sido la segunda opción para ‘Padrino’ en la cabeza de James. Quizá era tiempo de saber... tentar a la suerte.
En estes blog comentaré noticias interesantes, tanto del mundo de los videojuegos como otros temas.
