Blog de alexrod94
En estes blog comentaré noticias interesantes, tanto del mundo de los videojuegos como otros temas.
Comenzaba a hacer frío. Llevaban diez minutos caminando, solos, sin pronunciar palabra. El ruido de sus pasos en el pasto mojado era quizá lo único que impedía que el silencio no fuera incómodo, aplastante. Pero iban uno al lado del otro, y al parecer esa compañía discreta bastaba por el momento.
Ron aún no se decidía a hablar, y Harry no iba a presionarlo. De vez en cuando desviaban la mirada hacia el otro, como esperando alguna señal, pero luego regresaban la vista al horizonte, reflexivos, mudos. Se sentían de pronto rodeados de una paz inusual, cada uno en lo suyo, en sus propios pensamientos y problemas, y era un ambiente que, por el momento, no deseaban quebrar.
Casi por inercia, su caminar pausado los llevó a los invernaderos. Sin pensarlo demasiado entraron en el primero y, luego de un rápido recorrido visual, se sentaron en un pequeño banquillo de piedra rodeado de flores amarillas. Afuera el viento comenzaba a soplar más fuerte, las nubes negras amenazaban con una lluvia torrencial y el rumor de los truenos se sentía cada vez más cerca; pero ahí, refugiados dentro de aquella gran cúpula de vidrio, seguros y cómodos, dos estudiantes de sexto año tenían algo mejor en qué pensar. Ron quitó el cabello de su frente y suspiró con fuerza. Estaba nervioso, agitado, y Harry podía sentirlo, a pesar de que prefirió no hacer comentario. Pero ya algo desesperado en su intento de estar en paz consigo mismo, comenzó su relato, tartamudo.
- No es fácil, ¿sabes? – dijo, apoyando los codos en sus rodillas, mirando al suelo – Siento que acabo de lanzarme al vacío y no llevo paracaídas.
Tras la última palabra, volvió a suspirar. Harry arrugó la frente. ¿Ron conocía los paracaídas? Ups, no era el momento para pensar en eso. Confortándolo, puso una mano en su hombro.
- Vamos, cuéntame. Me tienes intrigado.
Ron asintió despacio, aún sin mirarlo, y mientras evocaba en su mente lo sucedido en aquella impronunciable noche de verano, dibujó en su rostro una leve sonrisa.
- Ha sido uno de mis mejores veranos – murmuró, manteniendo su sonrisa por unos segundos – Todo funcionaba bien en casa, el ministerio le había dado a Papá unas pequeñas vacaciones, el negocio de Fred y George iba excelente... daba gusto estar en la madriguera. Además... – continuó, girando la vista hacia Harry por primera vez – Hermione estuvo conmigo esos dos meses, por lo que tuvimos mucho tiempo para... conversar.
Harry apretó los labios, comprensivo. - Por eso no fuiste a Privet Drive antes, ¿verdad?
Ron desvió la mirada, asintiendo. - No era una ocasión que se diera dos veces – se excusó – Después de unos días me di cuenta que intentaba pasar más tiempo conmigo que con Ginny o Stella, aunque cada vez que salíamos a caminar o a comer o a conversar de noche en el huerto, íbamos todos juntos... hasta que, una noche, sólo fuimos los dos.
Harry hizo un gesto para que continuara.
- Los dos solos, ¿entiendes? – dijo Ron, como si estuviera relatando la visión de un espejismo – Durante todo el verano me había sentido muy raro... temblaba sólo con oír su voz – sonrió de nuevo, pero duró un segundo. Y siguió hablando como si nadie estuviera a su alrededor – Había planeado todo en mi cabeza, qué decirle, cómo decírselo, hasta qué ropa usar... – y antes de que Harry pudiera preguntar "¿Decirle qué?", Ron continuó -... pero esa noche, su invitación me tomó de sorpresa, y me quedé en blanco...
- Ron – habló Harry, ahora algo impaciente - ¿Puedes decirme qué es lo que sucedió de una buena vez?
Ron lo miró, arrugando la frente. - Está bien, está bien... – dijo, sin mucho convencimiento - Pues... caminamos durante mucho rato, y cuando nos dimos cuenta, ya estabamos muy lejos de casa – dijo, jugando con un retazo de su túnica, como si el hecho de aceptar que había estado con Hermione a esas horas de la noche fuera, a lo menos, un pecado imperdonable – Pero sólo conversábamos... es decir, yo nunca pensé que... bueno, no me opuse, pero... jamás, jamás, jamás lo sospeché... yo juraba que... – dudó antes de seguir, pero la cara de impaciencia de Harry lo obligó. En su tartamudeo, intentó ser más específico, mientras el rubor comenzaba a expandirse desde sus mejillas hasta sus orejas – Nos sentamos bajo un árbol y, no sé cómo pero, de un segundo a otro, me vi a mí mismo besándola... y bueno...
- Eso no tiene nada de malo, Ron – sonrió Harry, corroborando sus sospechas sobre el asunto.
- No, claro que no, eso lo sé – explicó, algo atarantado – Pero no fue sólo eso... - Seguía jugando con el borde de su túnica, con la mirada clavada en sus zapatos, con tantos nervios que se le revolvía el estómago. Entonces su voz volvió a matizarse, tal como si estuviera hablando sólo con él mismo – No piensas en nada... no quieres pensar. Incluso olvidé dónde estabamos, qué hora era... – Al parecer intentaba excusarse de algo, pero en vano – Y no sé cómo, de verdad no sé cómo, pero en un segundo mis manos estaban en- en-en su cintura y-y-y-y al otro, ya estaban... bajo... su-su-su blusa... y entonces...
Harry lo interrumpió, sorprendido. Abrió los ojos al máximo. - Acaso ustedes... bu-bueno, es decir, ustedes no...
- ¡Por supuesto que no! - exclamó, asustado. Ron sabía perfectamente a qué se refería su amigo. Apretó los labios, avergonzado, y luego arrugó la frente - Bueno... casi... – respondió, bajando tanto la cabeza que parecía haberse escondido tras su túnica.
Harry demoró un momento en reaccionar, estático. - Vaya – exclamó al fin, con la mirada perdida, sin atreverse a decir algo más.
- Lo sé... – balbuceó Ron, enrojeciendo notoriamente, tapando su cara con las dos manos.
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- Vaya... – suspiró Stella, dejándose caer sobre el sofá de la Sala Común.
- ¡Lo sé! – gimió Hermione, escondiendo su cabeza tras uno de los cojines. Nunca se había sentido tan confundida como ahora. Temblaba de sólo pensar en lo que había sucedido, avergonzada... Pero al mismo tiempo, en un rincón de su cabeza, su otro yo luchaba porque aquellas sensaciones jamás se alejaran de su memoria – Luego de... bueno, de lo que pasó, apenas logré murmurar un "lo siento" y corrí hacia la casa – sollozó – Quería morirme...
Stella alzó una ceja, sonriendo levemente. - ¿Sabes? Hasta el momento no sé dónde está el problema – dijo, quitándole el cojín para poder verla a los ojos – Ahora entiendo por qué actuaban tan raro los últimos días en la madriguera... esa noche especulamos mucho sobre qué estarían haciendo ustedes dos – amplió su sonrisa, pero al notar que Hermione se cohibía aún más, se obligó a tomar seriedad – Pero todavía no veo el problema...
- ¿Que no lo ves? – gimió de nuevo, atrayendo las rodillas hacia su cuerpo – Apenas puedo mirarlo a los ojos. ¡Ya no sé cómo hablarle, qué decirle...! – Sus ojos poco a poco se llenaban de lágrimas, de impotencia, de vergüenza – Prácticamente me abalancé sobre él, ¿No lo entiendes? Debe pensar que soy una... una... – Ni siquiera pudo pronunciar la palabra. Apretando los labios, volvió a clavar las uñas en su cojín - ¡Lo he arruinado todo, todo!
Stella se acercó más a ella, y sin peticiones, Hermione se apoyó en su hombro y dejó escapar algunas lágrimas. Stella sabía que el asunto no era tan grave, que lo crucial en todo esto no era lo sucedido en sí, sino el sentimiento detrás que no querían reconocer... pero no quiso hacer más comentarios. En su cabeza, como un engranaje recién ajustado, las ideas para ayudarla ya comenzaban a surgir.
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- ¡Debe pensar lo peor de mí! – exclamó Ron, angustiado y aún bastante ruborizado, caminando de un lado a otro frente a Harry – No la dejé reaccionar, no la dejé oponerse... prácticamente la obligué, ¿entiendes? Y cuando se puso a correr ya no pude disculparme ni nada – apretó los dientes – ¡¡Lo arruiné todo!! ¡¡Imbécil, imbécil!! – gritó furioso, golpeándose la cabeza contra el muro más cercano.
Harry permanecía en su asiento, pensativo, arrugando la frente cada vez que el golpe de Ron hacía eco en la pared. Estaba sorprendido, es cierto... El tema era algo tan lejano para él que nunca se detuvo a pensar que, biológicamente hablando, ya estaban en edad para ello. Pero, y no había que ser un experto para darse cuenta, mental y emocionalmente no lo estaban. Sólo bastaba con ver lo destrozado que lucía Ron... y eso que ni siquiera llegó a concretarlo. En el fondo, Harry sabía que lo realmente importante en todo esto no era lo que había hecho o dejado de hacer, sino aquello que lo había impulsado a actuar...
- ¿Sabes? Yo no estuve ahí pero... – comenzó a decir, y sin estar seguro de que fuera lo más adecuado, se arriesgó – No creo que sea tan grave, Ron.
Ron se alejó unos centímetros del muro, algo atontado, y luego de sacudir su cabeza miró a Harry con desafío. Por primera vez en su vida, Harry vio a su amigo hervir de furia.
- ¿No es tan grave? – habló, irónico, y luego subió la voz - ¡¿No es tan grave?! – gritó de nuevo, a lo que Harry se levantó de su asiento.
- ¡Cálmate, Ron! El problema no es conmigo – le encaró, comenzando a exasperarse.
Ron arrugó la nariz, aún desafiante, pero retrocedió unos pasos. - Ya apenas me dirige la palabra, no me mira a los ojos... ni siquiera discutimos... ¿y dices que no es tan grave? – abrió y cerró los puños con fuerza, como si quisiera desahogar su rabia dándole una golpiza al primero que se cruzara en su camino. Harry estaba dispuesto a golpearlo si era necesario, pero antes de que tuviera que hacerse a la idea de noquear a su mejor amigo, vio en los ojos de Ron un cambio sustancial. La sombra de ira que los había embargado por algunos minutos no pasó a ser más que una profunda tristeza, abatiéndolo. Cayó de rodillas al suelo, bajó la mirada y quebró la voz – La perdí para siempre, Harry. La conozco... jamás va a darme una oportunidad, no va a perdonarme – elevó los ojos, llorosos - Podría morir ahora y me importaría un bledo.
Harry relajó los puños, desconcertado, pero asintió. Se arrodilló junto a Ron y le palmoteó la espalda suavemente. Se negaba a creer que todo fuera tan grave, pero Ron ciertamente no estaba en la posición de entenderlo, o aceptarlo. Había que arreglar las cosas de otra manera... no iban a tirar por la borda cinco años de amistad. Habían compartido mucho, sufrido mucho juntos... ¿Qué tan difícil sería lograr que hicieran las paces? Él estaba lejos de ser un experto en la materia, por lo que necesitaba a alguien que supiera, que entendiera de estas cosas... Si el caso hubiera sido otro, a quien hubiera recurrido en primera instancia sería a Hermione, pero ahora debía recurrir a alguien más. Y ese alguien estaba muy cerca... quizá demasiado.
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Harry se había levantado tan tarde que no había alcanzado a desayunar. Y es que una pesadilla recurrente, ya archiconocida por él, lo había atormentado una noche más: Sirius, sonriente y desafiante, caía en cámara lenta atravesando poco a poco aquel maldito telón, mientras Harry corría con todas sus fuerzas hacia él... y al tiempo que lograba rozar su mano, despertaba bruscamente, jadeante y sudando entre las sábanas.
Estaba harto de sus pesadillas, de tantos sueños amenazantes, de tener que revivir a la fuerza aquel fatídico episodio. Se sentó sobre la cama, magullado, y quitó de un manotazo el sudor de su frente. Estaba furioso, asqueado... abrumantemente triste. Arrugó la frente, conteniendo las ganas de llorar...
Todos sus amigos habían abandonado la habitación hace rato, y a esta hora ya estarían desayunando, quizá preguntando por él. La soledad del cuarto no le provocaba vacío, sino libertad, alivio de no tener que soportar aquellas miradas lastimeras, condescendientes... Apretó los dientes. Cerró los puños con fuerza y, empujado por un cierto descontrol, comenzó a golpear el colchón, una y otra vez, intentando encontrar una salida a todo ese rencor que súbitamente iba creciendo en su interior... Dibujó en su mente el rostro de Bellatrix Black, tan evocado y detallado últimamente, lo mantuvo frente a sí por unos segundos y luego, apenas consciente de sus actos, sus gafas comenzaron a temblar en la mesa de noche. Hasta que entonces, rápidas e impulsadas por una fuerza invisible, volaron por la habitación y se estrellaron, estruendosas, contra el muro del fondo. Los trozos de cristal se esparcieron por el piso instantáneamente, pero Harry no parecía sorprendido. Por un momento había visto en ellos la cara de aquella mujer, indeseable, pútrida, y había embestido contra ella con toda su fuerza. Incluso había imaginado sus dedos en su cuello, estrangulándola, desvaneciéndose en las sombras... Ella se había convertido en su principal objetivo desde hace un tiempo. Pensaba, incluso, que le importaba más ella que el propio Voldemort...
Giró la mirada hacia sus gafas, echas añicos por el golpe, y de pronto sintió ganas de vomitar. Tomó su cabeza con las dos manos, aturdido, como si cada esquina de su cuerpo hubiera sido azotada violentamente... sin piedad. Por dentro estaba destruido, atormentado, impotente al pensar cómo sus seres queridos se iban alejando, uno a uno, sin que él pudiera hacer nada al respecto. Porque él era el elegido, aquel nombrado en la profecía, el único capaz de derrotar a Voldemort... o morir en el intento. Era diferente, apartado, intimidantemente especial. Y aunque en el fondo deseaba con todas sus fuerzas volver a nacer, en otro sitio, en otra casa, en otra situación, los rostros de sus amigos y cuantos se habían topado con él en estos seis años, le apremiaban. Él no había hecho nada, sólo sobrevivió, pero le debía tanto a tantos...
Haciendo un esfuerzo, intentó recordar el encantamiento componedor, pero su mente estaba demasiado confundida como para retener el hechizo más simple. En lugar de eso, buscó su varita, apuntó a sus ojos y dijo: "¡Oculus incantato!". Algo que sí recordaba era aquel hechizo, aprendido de uno de los libros de la sección prohibida, que le permitía corregir el problema de su vista por unas horas. Lo había tomado como una posibilidad para el Torneo en cuarto año, pero jamás llegó a usarlo.
Giró sobre sus pies y se observó en el espejo: veía perfectamente. Sería extraño desenvolverse sin sus lentes, pero no era lo más importante a pensar ahora. Se sentía extraño por la facilidad en que usaba magia sin su varita, todo por el poder de sus emociones... pero lo que más pesaba en su mente era su soledad inmanente, su tristeza eterna... Nadie en este mundo, por mejores intenciones que tuviera, lograría comprenderlo; entender sus sentimientos y sus porqués. Y es que él era único en su especie, y así permanecería, quizá para siempre.
Se vistió rápidamente, juntó los pedazos de sus gafas esparcidos por el piso y los introdujo en los bolsillos de su pantalón. Hermione sabría cómo repararlos. Entonces miró su reloj: la clase de Defensa comenzaba en cinco minutos. Por ahora sería un alumno más, un gryffindor más, pero a qué precio...
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La semana había pasado tan rápido que la mayoría de los estudiantes de Hogwarts aún se sentían como si acabaran de salir del banquete de iniciación. El cielo negro de un invierno amenazante transformaba las jornadas en periodos más cortos, haciendo casi imposible distinguir entre el día y la noche; para el fin de semana, y sólo una hora después de levantarse por la mañana, Ron ya pensaba que era hora de la cena. Además, casi todas las asignaturas les habían llenado de deberes, por lo que pasaban la mayor parte del tiempo en las salas comunes, resguardándose del frío y aprovechando la luz de la chimenea. Y así, entre penumbras, llegó un nuevo comienzo de semana, y con él, una nueva clase de Defensa contra las Artes Oscuras.
Stella, Hermione y Ron detuvieron su andar justo antes de la esquina. Surcando entre la oscuridad del pasillo, divisaron la figura de Harry corriendo hasta ellos.
- ¡Buenos días! – exclamó Ron con ironía, pero pronto frunció el ceño - ¿Y tus lentes?
- Tuve un pequeño accidente. Me senté sobre ellos sin querer y los arruiné – aclaró, sin darle demasiada importancia – Pero usé el hechizo Oculus Incantato. Me ayudará por ahora.
Hermione suspiró de satisfacción. - Veo que por fin sacas provecho de los libros, ¿no Harry?
Ron refunfuñó ante la idea de que Harry se hubiera vuelto un amante de la lectura. - Bueno, no es para tanto. Sólo tú ves la fascinación en leer... – replicó, regresando la vista hacia Harry – lo importante es que estás aquí. Yo quise despertarte, pero tenías la respiración acelerada y sudabas mucho. Creí que estarías enfermo o algo, así que opté por dejarte descansar...
Harry prefirió no hacer comentario. No estaba listo para hablar de sus tormentos, de sus temores. Sólo atinó a sonreír forzadamente, pero Stella mantuvo la seriedad. Clavó sus ojos en él, serena, y de pronto Harry sintió como si estuviera leyendo su pensamiento. ¿Acaso sabría Oclumencia? Los ojos de ella tomaron un matiz de preocupación, apretó los labios en señal de entendimiento, y entonces sonrió, afectuosa, como si de alguna manera intentara confortarlo por todo aquello que lo hacía sufrir. Harry apenas pudo reaccionar ante aquel gesto, sorprendido, aunque confusamente aliviado. Era como si hubiera escuchado su voz en su cabeza, rogándole que dejara de llorar...
Hermione desvió su mirada desde Harry hacia Stella y viceversa. Sonrió al ver nuevamente una conexión entre ellos, pero antes de que pudiera pronunciar palabra, una sombra sigilosa apareció tras ellos.
- ¿Ustedes no deberían estar en clases?
La desagradable voz de Severus Snape quebró la hermosa quietud que se había apoderado de Harry por unos segundos. Stella y los demás voltearon con premura, al tiempo que Snape sacudía la cabeza, esperando una respuesta.
- Ahora vamos, profesor – dijo Hermione, con cara de pocos amigos. Hizo un gesto a sus amigos para que comenzaran a caminar hacia la puerta del salón, pero la voz de Snape volvió a resonar, tenebrosa, sobre las paredes de piedra.
- ¿Y sus gafas, señor Potter...? – comenzó a decir, como si el hecho de pronunciar el apellido de Harry le provocara nauseas. Pero antes de que Harry quisiera decir algo, Snape ahogaba su intento – Sus clases concluyen a las cinco, ¿no es así? – Y sin esperar reacción, continuó – Pues entonces lo espero en mi despacho a las seis. Y, por favor – dijo, irónico – no me haga esperar. No creo que quiera puntos menos – concluyó, dirigiendo una mirada extraña hacia Stella, quien parecía incomodarse ante él – Ah. Y consiga gafas nuevas. No querrá perder su atractivo, ¿verdad?
Harry asintió levemente, silencioso. Intentó que su rostro no delatara el mínimo indicio de enfado... no le daría en el gusto. Aún no podía acostumbrarse a la idea de que él, una de las personas más odiadas en Hogwarts, fuera el brazo derecho de Dumbledore en los asuntos de la Orden del Fénix. Pero él no era nadie para juzgar; el viejo director tendría sus razones.
Sin que nadie dijera nada sobre el asunto, caminaron a paso ligero y entraron al salón de Defensa, el cual, para la ocasión, había sido dispuesto de dos extensas plataformas rectangulares, no muy altas, en las que se efectuarían los duelos. Ron observó que el número de alumnos se había reducido considerablemente luego del resultado de los TIMOs, pues veía sólo caras conocidas: casi todos miembros, estables y privilegiados, de la Armada Dumbledore.
Libertes Pittycarp subió ágilmente al primer campo de duelo. Llevaba un atuendo parecido al que Lockhart ocupara en aquel fracasado club en segundo año, pero algo más ajado y sucio. Su pelo engominado brillaba a la luz de los candelabros, y los músculos de su cara de contraían a cada momento para dibujar una sonrisa despectiva, atento a cada alumno que se agolpaba alrededor. De pronto, y deteniendo su paseo frenético, fijó la vista en los últimos alumnos en llegar al salón.
- ¡Potter, Maris, vengan acá! – exclamó, al tiempo que todas las miradas confluían en Harry y Stella. Se ruborizaron un momento frente a tanta atención; algunas chicas miraban a Stella de arriba a abajo y cuchicheaban cosas ininteligibles, mientras que los chicos la observaban pasmados, aún sorprendidos por lo sucedido con los patronus. Los dos subieron al campo de duelo y se situaron uno a cada lado de Pittycarp. Entonces él se acercó a Harry, con cara de preocupación - ¿Y sus lentes, Potter? – preguntó, y Harry suspiró de cansancio. Era la tercera vez en cinco minutos que le preguntaban lo mismo. ¿Tan notorios eran sus lentes?
- Los rompí sin querer. Pero veo perfectamente, profesor, no se preocupe – respondió, cortante, a lo que Pittycarp movió la cabeza en señal de alivio. Entonces aclaró su garganta y se dirigió a la multitud, mientras los observaba con entusiasmo.
- ¡Escúchenme todos! – gritó, logrando un silencio sepulcral en pocos segundos – Hagamos de esto algo más interesante. Para mantener la atención, y para que se esfuercen en derrotar a su oponente, la primera parte del club se desenvolverá como un pequeño torneo – dijo, desplazándose lentamente a través de la tela azulina, decorada con extravagantes motivos dorados, la cual cumplía la función de piso en los campos de duelo – Dividiremos la clase en dos partes – apuntó hacia las dos plataformas dispuestas - y ya que la Srta. Maris y el Sr. Potter aquí presentes parecen ser los más capacitados, irá cada uno a una parte distinta, para hacer de esto un juego más equilibrado – mencionó, saboreando las últimas palabras, frotándose las manos – Lucharán entre ustedes por turnos, y de cada lado saldrá un ganador. Lo mismo sucederá en la clase de Hufflepuff y Ravenclaw, y ya con un ganador por clase, se enfrentarán en un último duelo que definirá al campeón. ¿He hablado con claridad?
Un "s" generalizado rebotó en las paredes del salón, al tiempo que las cabezas de los alumnos tanto de Gryffindor como de Slytherin asentían, entusiasmados. Pittycarp sonrió, satisfecho, y giró sobre sus pasos para enfocar la mirada en las dos personas que lo acompañaban.
- He hablado muy bien de ustedes en el consejo. Espero que nos proporcionen un buen espectáculo – pronunció, ahora algo paranoico, tragando saliva constantemente y restregando sus manos con vehemencia.
Harry y Stella sólo se limitaron a asentir. Un club de duelos les parecía divertido, pero no estaban seguros de querer pelear, si se diera el caso, uno contra el otro...
Pittycarp sacó su varita, apuntó hacia un escritorio del fondo y gritó: "¡Accio pergamino!". Unos segundos después, un rollo de pergamino con los nombres de todos los integrantes de la clase llegaron a las manos del profesor, quien, susurrando un nuevo hechizo, hizo que levitara frente a él. Moviendo su varita un par de veces, hizo escapar de ella un polvillo dorado el cual envolvió el pergamino, haciéndolo girar sobre su eje tan rápido que, cuando se detuvo, ya no había uno sino dos pedazos de papel.
- Muy bien, todo preparado – dijo Pittycarp, examinando los pergaminos – Publicaré las listas al terminar la clase. Mientras tanto, el duelo por la primera sección será entre Lavender Brown y Neville Longbottom. Por la otra sección se batirán... mmm – buscó con su dedo índice - Draco Malfoy y Ronald Weasley.
Ron subió una ceja y miró con suspicacia a Malfoy, quien al otro lado de la sala mostraba una mueca de desagrado. Esta era su oportunidad para darle una lección a ese engreído "sangre pura"; no podía desaprovecharla. Había disfrutado cuando Stella se le había enfrentado, cuando a veces Harry lo ponía en su lugar, o cuando por unos minutos fue un indefenso hurón en cuarto año a manos de Moody, pero nunca había tenido la posibilidad de vengarse por sí mismo. Arremangando su camisa, se juró no fallar... ni mucho menos, hacer un papelón frente a Hermione.
Ella lo observó rodear la primera plataforma y dirigirse, seguro y confiado, hacia donde Malfoy lo esperaba. Nerviosa, se mordió el labio inferior. Habría deseado abrazarlo para darle buena suerte, o besarlo en la mejilla como aquella vez antes del partido de Quidditch, pero recordar el episodio de verano no la dejó dar un paso. Su atrevimiento seguía fresco en su cabeza, por lo que sólo atinó a seguirlo con la mirada y sonreírle, tímida, al tiempo que subía de un salto a su respectivo campo de duelo.
Harry y Stella intercambiaron una mirada distendida, aliviados por no tener que inaugurar el campeonato. Por ahora, se divertirían observando los otros duelos. Pero les preocupaba Ron; Draco podía recurrir a las más oscuras artimañas con tal de ganar. Caminaron hasta la segunda plataforma para ver el duelo más de cerca, encontrándose con Hermione allá.
- ¿Recordará los hechizos más poderosos? ¿Habrá aprendido los aturdidores? Tal vez yo podría...
- Hermione – dijo Harry, poniendo una mano en su hombro – Ron lo hará bien. Hace mucho que ya puede cuidarse solo.
Stella asintió. Hermione suspiró luego de escuchar las palabras de Harry. Bien sabía que Ron podía cuidarse solo... pero de Draco podía esperar cualquier cosa, y si algo le sucediera...
Pittycarp se había situado ya entre Lavender y Neville, quienes se miraban con más alegría de lo que los demás hubieran supuesto. Eran dos entusiastas miembros de la Armada Dumbledore, y como tales, dejarían bien puesto el nombre de ésta. El profesor explicó las reglas (sólo encantamientos de desarme y aturdidores) y luego, levitando en forma ostentosa, se transportó hasta situarse entre Draco y Ron. La mayor parte de los alumnos tenía los ojos puestos en el segundo duelo; la escolta de Slytherin esperaba una buena paliza por parte de Draco. Pittycarp explicó las reglas a ellos y se alejó luego rápidamente, tomando una posición privilegiada entre las dos plataformas para observar ambos duelos con el mismo interés.
A su señal, Lavender, Neville, Draco y Ron caminaron desde sus esquinas hacia el centro de sus respectivos campos de duelo. Hannah y Neville elevaron sus varitas a la altura de sus rostros, y espontáneamente, se dirigieron una sonrisa de aliento, para luego dar una pequeña reverencia y regresar a sus esquinas, situándose en sus posiciones. Draco y Ron permanecieron más segundos de lo presupuestado en la parte central del campo. Tras sus varitas fuertemente empuñadas a la altura del rostro, se batían en una dura lucha visual. Nadie podía decir cuál de los dos demostraba más asco, más desafío. Pittycarp tuvo que recordarles los tiempos establecidos, obligándolos a retroceder a sus esquinas y situarse en posición de combate.
El ambiente estaba cargado de una tensión asfixiante. Lavender y Neville sólo querían poner a prueba sus conocimientos sobre Defensa; se tenían mucho afecto y jamás intentarían hacer algo demasiado arriesgado. Draco y Ron, por su parte, estaban dispuestos a dejar malherido al otro si era necesario. Esta vez no escatimarían en daños.
Pittycarp elevó la voz. "Uno, dos... ¡¡tres!!" y varios gritos acompañados de sus respectivos haces de luz llenaron la sala a tal grado que nadie supo qué dijo quién. Sólo era posible ver los resultados: Lavender, aterrada, veía como sus piernas flaqueaban y se agitaban sin parar, haciéndola tambalear. Obviamente Neville había usado el encantamiento piernas de gelatina, y con éxito. Mientras Pittycarp anotaba el movimiento de Neville, Harry y Hermione se hacían paso entre la multitud para saber qué había pasado en la segunda plataforma.
Tanto Draco como Ron habían sido abatidos por el hechizo del otro. Ron había gritado: "¡Rictusempra!" en el mismo segundo en que Draco exclamó "¡Everte Statum!", haciendo que los encantamientos embistieran al otro al mismo tiempo, dejándolos igualmente heridos. Draco, eludiendo de un manotazo la ayuda de Goyle y apoyándose en una de sus rodillas para reincorporarse del piso, hizo una mueca de dolor al tocar su brazo derecho. Volvió a acomodar su pelo hacia atrás y aflojó el nudo de su corbata, levantándose como si nada y regresando a su posición, planeando ya la forma de vengarse. Ron, por su lado, había caído tan fuerte que chocó con pleno rostro sobre la plataforma, haciendo sangrar su labio inferior. Se levantó con dificultad, algo magullado, y con un retazo de su túnica limpió el hilillo de sangre que ya había llegado a su mentón, sin apartar los ojos de Draco, furioso. Con solemnidad y confianza, se quitó la túnica y la tiró fuera del campo. Luego volvió a la postura de combate, esbozando una sonrisa irónica, instando a su enemigo a volver a atacar.
Pittycarp creyó ver en los ojos de ambos un odio profundo, inusual en chicos de su edad. Aunque, mirándolos bien, ya no eran niños, sino dos adultos listos para defenderse, fuera lo que fuera: cada uno medía cerca de 1.80m, eran de contextura media y al parecer podían resistir bien el dolor. Aún con dudas sobre dejarlos continuar, Pittycarp levantó su mano. De seguro esto era algo más que un juego para ellos.
Sin esperar siquiera el conteo, Ron se adelantó algunos pasos y gritó: "¡Expelliarmus!", lanzando a Draco tan lejos que casi cae fuera de la plataforma. Su cabeza rebotó contra el piso en un golpe certero, tan duro que lo noqueó por unos segundos antes de que pudiera entender qué había sucedido. A Ron ya no le preocupaba la sangre que volvía a aparecer en su labio inferior; sonreía triunfante, orgulloso ante la escena.
Mientras Harry y Stella aplaudían con efervescencia, Hermione apenas podía hablar de la impresión: Ron se había comportado como nunca se lo hubiera esperado... Había demostrado suficiente coraje y determinación digna del mejor mago. De hecho así, en aquella posición y con el cabello revuelto, el rostro herido, la camisa fuera del pantalón y ese gesto de desafío en sus ojos, se veía tan atractivo... Pensando rápidamente, y por primera vez olvidando lo sucedido en el verano, se acercó, sigilosa, hasta el extremo derecho de la plataforma. Buscó en el bolsillo de su blusa el pañuelo que siempre llevaba consigo, y estirando su brazo lo más que pudo, logró que Ron notara su presencia. En un principio se sobresaltó, escéptico, pero no lo pensó demasiado y se arrodilló cerca de ella, aceptando su ofrecimiento.
Se sonrieron, cálidos y sinceros. Ron, tembloroso, tomó el pañuelo y lo apretó contra su herida, dejando una notoria mancha de sangre en la tela blanquecina. Se limpió a tientas, arrugando la frente de dolor pero sin emitir gemido alguno, y entonces se lo regresó, rozando sus dedos por un segundo que les pareció una eternidad. Volvieron a mirarse, sonrojados, pero ya no de aterradora vergüenza sino de esa timidez que sabes que esconde algo más, y antes de que alguno de los dos quisiera decir algo, algunos murmullos provenientes del otro extremo de la plataforma atrajeron la atención de Ron. Apretando los labios, se disculpó con la mirada, se reincorporó en el acto y caminó hasta Draco, quien parecía no responder.
Pittycarp, alterado por la situación, levantó los dos brazos. Iba a anunciar el término del duelo y el triunfo de Ron, pero antes de que cualquiera de los alumnos pudiera percatarse de las intenciones de su profesor, Draco abrió los ojos, intempestivo, y de un salto ya estaba de pie, a pocos metros de Ron y con la varita apuntándole. Sin darle tiempo de prepararse, dio un paso y gritó: "¡Leviostate corporeo!". Un rayo amarillento salió de la punta de su varita y, en lugar de golpear a Ron, lo rodeó por completo, como una soga de luz, dejando inmóvil sus brazos y piernas, y apretando tanto su pecho que hacía más difícil su respiración. Sonriendo maliciosamente, dibujó círculos con la varita, haciendo que el cuerpo de Ron se levantara del piso y rodara, cada vez más rápido, a pocos centímetros de las cabezas de los observadores. Giraba y giraba, como un remolino, al tiempo que la mayoría de los Slytherin comenzaban a reír.
Hermione ahogó un grito de desesperación. Harry, por su parte, miraba de un lado a otro sin decidir qué hacer. Las carcajadas de Draco lo estaban enloqueciendo, deseaba con todas sus fuerzas aturdirlo con un buen hechizo, o quizá...
- ¡Déjalo ya! – gritó, en un intento por liberar a Ron de su sufrimiento. Además, su rostro comenzaba a palidecer, visiblemente por la falta de aire.
Draco dejó de reír tan pronto escuchó la voz de Harry. De hecho, le había quitado a Pittycarp las palabras de la boca, quien estaba a punto de suspender el duelo, ya bastante asustado por la actitud de sus alumnos.
- ¿Quieres a tu amigo? – exclamó, sin dejar de mover la varita en círculos - ¡Pues tómalo!
En un brusco movimiento, estiró su brazo apuntando a Harry y lanzó el cuerpo de Ron contra él, provocando un grito colectivo. Cayó con tanta fuerza sobre Harry que lo hirió en la cabeza, haciéndolo sangrar cerca de su cicatriz.
Sacudió la cabeza un par de veces y pestañeó. Vio a Ron a su lado, casi inconsciente, y movió su hombro para despertarlo. Sin embargo, parecía haber quedado en una especie de trance. Pronto Hermione corrió hacia ellos, cayendo de rodillas al suelo y tomando la cabeza de Ron, de algún modo protegiéndolo de los demás.
Harry se incorporó, iracundo. Sus puños estaban demasiado tensos, tanto que apenas podía sostener la varita. Aún así la apuntó hacia Draco, quien había bajado de la plataforma para ver más de cerca lo que había hecho con Ron. Se encontraron frente a frente, y Draco empuñó su varita nuevamente, sin perder su sonrisa cruel. Entonces, durante la milésima de segundo en la que trajo a su cabeza el hechizo más poderoso que conocía, Harry tuvo una idea mejor.
Quebró su posición de combate, volvió a erguirse pero en ningún momento perdió el contacto visual. En un movimiento ágil, pasó su varita a Dean Thomas, quien se encontraba junto a él, y comenzó a caminar hacia Draco. Nadie entendía nada. ¿Es que acaso no pensaba defenderse? Draco seguía en posición, sus dedos acariciando su varita, y al momento en que iba a lanzar algún encantamiento, vio el rostro de Harry tan cerca de él que pudo notar la verdadera furia en sus ojos verde esmeralda. Con el puño más tenso que nunca, Harry había apuntado a su mentón y lo había golpeado con todas sus fuerzas, elevándolo algunos centímetros del piso y dejándolo profundamente aturdido, sangrando por la nariz, a varios metros de él. Unos segundos después gimió un "¡Auch!", aunque divertido. Nunca había usado sus puños contra alguien, pero haberlo hecho contra Malfoy había sido una delicia.
Crabbe y Goyle corrieron hacia Draco, y por más que lo abofeteaban, no lograban hacerlo responder. Esta vez – estaban seguros – no estaba fingiendo: Harry realmente lo había golpeado con fuerza.
- ¡Ya basta! ¡Esto se acabó! – gritó Pittycarp, acercándose a Draco para comprobar su estado. Estaba noqueado, no había duda, pero viviría. – Potter, lleve al Sr. Weasley a la enfermería, ¡ahora! – ordenó, al tiempo que lo levantaban con la ayuda de Stella y Hermione – Y ustedes – dijo, apuntando a Crabbe y Goyle – lleven al Sr. Malfoy a su habitación y avísenme cuando despierte.
Los dos Slytherin asintieron, algo aterrorizados por el rostro de Pittycarp. Entre los dos tomaron a Draco y lo arrastraron, no sin dificultad, hasta llegar al pasillo. Secando el sudor de su frente, Pittycarp, mirando de reojo a la primera plataforma, se dirigió al resto del alumnado, quienes habían presenciado la escena con pavor.
- El ganador del primer duelo es el Sr. Longbottom – exclamó, mientras todos veían cómo Lavender aún no lograba lidiar con sus piernas de gelatina – En cuanto al segundo duelo, la decisión quedará pendiente. No puedo dejar impune todo lo que ha sucedido.
La mayoría asintió, temerosa. Jamás habrían imaginado que Ron y Draco se odiaran de ese modo. Habían sido testigos de su rivalidad, de sus peleas verbales... pero nunca pensaron que llegarían a estos extremos. Súbitamente, la popularidad de Ron se elevó por las nubes... ya no sólo era un jugador de Quidditch más, sino que ahora, según muchas de las chicas, era el prometedor-fuerte-guapo guardián de Gryffindor.
Luego de que el profesor dio los resultados, ordenó que todos volvieran a sus salas comunes; la clase había terminado. Estaba pálido, ojeroso. El asunto se le había escapado de las manos. ¿Todos los alumnos eran tan violentos como aquellos? Quizá no le gustaría averiguarlo.
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Ron había dejado de jadear. Su pecho se contraía ahora lentamente, y sus palpitaciones habían vuelto a su ritmo normal. Tendido en una de las camillas de la enfermería, dormía profundamente, y Hermione no había querido despertarlo. Con delicadeza y quietud, había apoyado la cabeza de Ron en su regazo, acariciándole el cabello. Se había portado como un héroe... quizá le escribiría a la Sra. Weasley para contarle. Estaría orgullosa de él, tanto como ella lo estaba ahora, cubriendo su herida con su pañuelo, observándolo dormir, sereno.
Harry estaba sentado a los pies de una de las camillas contiguas. La herida en su frente no paraba de sangrar, pero no se sentía aturdido ni nada. De hecho, estaba extrañamente feliz. No había imaginado el placer que daba el golpear a alguien de esa manera... ahora entendía la fascinación de Dudley por el boxeo. Quizá, si se daba el momento, le pediría que le enseñara algunos golpes tácticos.
- No puedo encontrar a la señora Pomfrey – comentó Stella, quien acababa de entrar a la enfermería – Quizá tuvo alguna emergencia al otro lado del colegio.
Nadie dijo nada, en parte para no romper el elocuente silencio entre ellos, en parte porque no parecían muy apurados en obtener asistencia médica. Stella rodeó con la vista el lugar, atenta, y detuvo la mirada en una gran estantería de cristal.
- Ahí están la mayoría de los medicamentos. Puedo distinguir las pociones para curar lesiones sangrantes, así que supongo que entre nosotras podemos curarlos – dijo, mirando a Hermione en busca de aprobación. Ella asintió, segura.
Cerca de Harry, Stella comenzó a hurgar en la estantería, mirándolo de reojo de vez en cuando. Y entonces sonrió, haciéndolo sentir algo incómodo.
- ¿Qué? – preguntó, intrigado.
Ella sonrió, sin girar la vista. - El profesor Snape tiene razón – dijo, y al notar que Harry no veía la conexión, habló de nuevo – Tus lentes son parte importante de tu atractivo.
Harry enmudeció ante el comentario. Hermione río bajito; Harry era... como decirlo... algo "incapacitado" para reaccionar frente a ese tipo de cosas. Pero él, aunque sonrojado, no estaba dispuesto a ponerse en evidencia. De sus bolsillos extrajo todos los pedazos de sus gafas, incluso los más pequeños, y los dejó sobre una mesa plegable cerca de él. Intentó una vez más recordar el encantamiento reparador, pero no estaba suficientemente tranquilo como para pensar en eso. Tendría que pedírselo a Hermione o Stella, pero ambas parecían muy ocupadas en aquel segundo. Apretó los labios, mientras la observaba preparar en unos pequeños platillos una sustancia amarillenta, acompañada de algunos algodones. Parecía conocer los implementos de primeros auxilios bastante bien, así como algunos trucos de magia, convocar patronus poderosos, sobrevivir a magos oscuros, bailar...
- ¿Hay algo que no puedas hacer? – dijo de repente, divertido, tomándola por sorpresa.
Ella se sonrojó un poco, lo que se hizo más visible cuando pasó cerca de él para entregarle a Hermione un platillo con la sustancia y algunos algodones.
- Mmmmm déjame ver – bromeó, tomando su propio platillo. Se sentó junto a Harry, sobre la camilla. Mientras empapaba uno de los algodones en aquella extraña crema, fruncía el ceño como si estuviera pensando. Entonces subió la vista, mirándolo a los ojos – Yo no juego Quidditch – dijo al fin, sonriendo – No soy buena montando la escoba, por lo que no serviría para guardián. Tampoco podría golpear o esquivar las bludgers... me pegarían en la cabeza al menor aviso. Y, por supuesto, jamás lograría atrapar la snitch, ni aunque tuviera el tamaño de un elefante – finalizó, divertida.
Harry soltó una carcajada débil. Repentinamente, deseaba con todas sus fuerzas que la temporada de Quidditch comenzara lo antes posible...
Stella alzó una ceja. - No, es cierto – recalcó, de alguna forma respondiendo a la carcajada – Realmente admiro lo que haces, Harry. Se necesita mucha valentía, talento y técnica para atrapar la snitch, y tú lo haces parecer tan fácil... - Harry sonrió, satisfecho. Stella suspiró – Bien Harry, esto va a doler.
Levantó ante sus ojos el algodón cubierto de la sustancia amarilla, y él hizo una mueca de desagrado. Quitando de su frente un mechón de su cabello, tocó apenas la herida de Harry, haciendo que éste diera un pequeño salto y exclama un "¡Auch!"
- Jajaja Hombres – rió Stella, divertida. Hermione, por su parte, parecía concentrada en el rostro de Ron. Con la punta del algodón rozaba gentilmente su labio inferior, sólo que él no se oponía. Aún no había despertado.
A regañadientes, Stella logró limpiar la herida de Harry, poniéndole luego una pequeña venda. Aprovechó también para revisar su puño, pues sus nudillos le ardían luego del golpe dado. Sus rostros estaban muy cerca... Stella sentía fluir una extraña energía, pero, culposa, prefería hacer caso omiso a su sentimiento. Debía recordar su promesa, debía hacerlo...
Él, después del primer roce, ya no había opuesto resistencia; las manos de Stella eran tan suaves y delicadas que decidió cerrar los ojos, sólo con tal de no perder ni por un segundo esa sensación. De vez en cuando llegaba hasta su nariz retazos de su perfume, que lo embargaba de tal forma que parecía estar soñando. Cuando ella hubo terminado, le acarició la mejilla, casi sin querer.
- Listo – dijo, evitando su mirada.
Hermione miraba la escena encantada, pero un movimiento en su regazo la hizo voltear. Moviendo su cabeza ligeramente, Ron intentaba desperezarse como si fuera un mañana más en la cama de su habitación. Hermione apenas respiraba, atenta a cada gesto. Entonces Ron abrió los ojos, lentamente, algo confundido, y al fijar la vista en quien estaba junto a él, empezó a parpadear. Miró bien, parpadeó de nuevo y, sorpresivo, balbuceó: "¿Ya es hora de cenar?".
Hermione se echó a reír, entre nerviosa y emocionada. Sus ojos bordeaban las lágrimas. Harry y Stella sonrieron abiertamente, aliviados de que Ron estuviera bien.
- No Ron, aún no es hora de cenar – explicó Hermione, volviendo a sonreír, al tiempo que Ron comenzaba a percatarse de dónde estaba. Cortinas verdes, camillas, paredes blancas... oh oh.
- ¡Perdí el duelo! – exclamó, sentándose sobre la cama abruptamente, como si despertara de una pesadilla – ¡Dejé que el imbécil de Draco me ganara...!
Harry se incorporó de su camilla. - Yo no estaría tan seguro – dijo, notando que su puño aún estaba algo inflamado – Le di una paliza en tu nombre. A esta hora aún deben estar resucitándolo... – sonrió, satisfecho consigo mismo, acariciando su muñeca.
Hermione asintió, inusualmente alegre. Jamás habría supuesto el placer que les causaría a sus amigos un par de golpes bien dados.
- Deberías haberlo visto... no creo que quiera acercarse a nosotros durante un buen tiempo - sonrió, pero al notar que Ron seguía contrariado, añadió, bajando la mirada – Fuiste muy valiente. Estamos orgullosos de ti.
Stella y Harry movieron sus cabezas, corroborando el comentario. Para Ron sólo bastaba un elogio así, de boca de Hermione, para revivir del más tortuoso sueño. Ya un poco más animado, tocó a tientas la herida en sus labios.
- ¿Todos vieron mi Expelliarmus? – preguntó, tímido, no sabiendo si sonaría ingenuo o pedante.
- Todos – respondió Hermione, tan cerca de Ron que un escalofrío recorrió su espalda. Se miraron, callados, pero la expresión de ella bastaba para entender que no había hecho un papelón, después de todo.
- Bueno, no gané... pero me dio gusto magullarlo – sonrió, buscando de reojo la aprobación de Hermione. Ella le sonrió de vuelta, aunque algo reticente.
- Opino igual – finalizó Harry, satisfecho. Desde hoy, esa sería su filosofía: Nada mejor que golpear a un engreído antes de la cena.
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La sala común de Gryffindor estaba en penumbras, iluminada sólo por las llamas de la chimenea. Pero él apenas las divisaba: el hechizo para corregir su vista estaba a punto de perder todo efecto. Aún así, prefirió permanecer inmóvil. La cuasi ceguera, por ahora, no le incomodaba demasiado. Además, era una buena excusa para no volver al despacho de Snape; lo había dejado esperando casi una hora, y no había aparecido. Ni soñaba con esperar que, la próxima vez que se vieran, él le diera una disculpa. Pero no era importante.
A esta hora, la mayoría de los estudiantes estaría en el comedor, conversando animadamente, discutiendo sobre lo sucedido en el club de duelos, disfrutando de la cena. Pero él, Harry Potter, hace días que había perdido el apetito. Miró su mano, sus nudillos hinchados. Era cierto que golpear a Draco había producido en él una satisfacción inigualable, pero sintió que aquello fue tan pasajero que no le permitió aprovecharlo más de lo que hubiera querido. Dentro de él había un vacío enorme, profundo, que no sabía cómo llenar. Y lo peor de todo: evitaba pensar en ello, evitaba el dolor a toda costa. Ya había sufrido suficiente.
Sentado en el piso y apoyando su espalda en el sillón, no despegaba la vista de la chimenea. Las llamas eran altas y fuertes, como recién encendidas, y su crepitar en la madera parecía hipnotizar a quien se situara en la cercanía. Aunque, en realidad, lo que mantenía a Harry frente a ellas no era el calor, ni la luz, ni el entrecortado sonido de la leña; era la esperanza, la remota posibilidad de que el rostro de Sirius apareciera en algún momento y exclamara: "¡Sorpresa! ¿Acaso creías que me iba a desaparecer tan fácil?" Pero la voz de su padrino sólo residía en su cabeza, en sus recuerdos. De nada servía la red de comunicación de chimeneas, o los cuadros hablantes, o el espejo mágico que recibió en Navidad y que, por torpeza, jamás recordó utilizar. Ahora estaba solo contra el mundo... si bien, en el fondo, siempre lo ha estado.
- No vas a encontrarlo ahí – murmuró una voz cerca de él, y al voltear, observó una silueta entre las sombras de la sala. Lentamente ésta se hizo paso entre la luz, se sentó junto a él y le tomó la mano – Si lo estás buscando, hazlo aquí – dijo, cálida, llevando la mano de Harry hacia su propio corazón.
Él asintió, conmovido. Stella apenas lo conocía, pero había sido la única persona en advertir lo evidente. Nadie le había dicho algo así jamás; algo tan esencial pero tan invisible. Sirius era parte de él.
- Gracias – atinó a decir. Ella le sonrió de vuelta, alegre al notar que Harry había entendido sus palabras. Luego movió una mano delante de sus ojos.
- No puedes verme bien, ¿verdad? – preguntó. Harry negó con la cabeza. Entonces ella sacó algo del bolsillo de su túnica, extendiéndolo hacia él y depositándolo en sus manos – Lo adiviné.
Eran sus gafas, perfectamente reparadas. De hecho, parecía como si jamás se hubieran quebrado. Se las puso de inmediato, contento, y observó por fin el rostro de Stella. Las luces tenues de la fogata suavizaban sus facciones, intensificaban el color de su cabello y hacían brillar sus ojos. Se veía feliz.
Movió sus gafas varias veces sobre su montura, sintiéndolas más ligeras que antes. - Gracias de nuevo – pronunció Harry, sonriendo - ¿Cuál es el encantamiento?
- Reparo – respondió Stella, divertida – Sabía que lo habías olvidado. Eres de aquellas personas muy hábiles en los más intrincados hechizos, pero descuidadas en los más simples. Yo soy justo al revés, si no, ya habría aprendido a dominar mi escoba.
Harry río. Podría haberse sentido muy avergonzado por haber olvidado un hechizo tan básico, pero en cambio, ahora, le parecía incluso anecdótico. Ella lo hacía sentirse así, libre por momentos.
- Debo suponer, entonces, que los Weasleys no te invitaron a sus clásicas partidas de Quidditch en el huerto.
Stella sonrió. - Obviamente no. Sólo les di mi apoyo moral. – dijo, alegre – Ron ha mejorado muchísimo su juego, al igual que Ginny. Pero no se compara contigo, claro – sentenció.
Apretó los labios, agradeciendo el halago, pero frunció el ceño. - Este es tu primer año en Hogwarts. ¿Cómo sabes sobre mi desempeño en el Quidditch?
- ¿Crees que el famoso Harry Potter sólo tiene seguidores en Gran Bretaña? – dijo, como si tuviera que aclarar algo obvio – Tu nombre ha roto fronteras. Simbolizas la lucha, el sueño de todos por regresar a los tiempos de paz – murmuró, sincera - El cielo te protege, Harry.
Él no dejó de sentirse algo abrumado por aquello, pero prefirió no ahondar en el tema. Sin embargo, algo lo tenía intrigado.
- ¿Cómo llegaste a casa de los Weaselys? Ron jamás me había hablado de ti – preguntó Harry, pero luego se arrepintió. Stella bajó la mirada, nerviosa, y suspiró con fuerza – Perdona, quizá te estoy incomodando...
- No, no... para nada... es lógico que preguntes – tartamudeó, y pensando un momento, intentó regresar a su postura anterior – Se trató de una gran pero hermosa coincidencia, después de todo – Se acomodó cerca de Harry, apoyó su cabeza en uno de los cojines y lo miró fijo – Mi madre es... como decirlo... una persona muy ocupada – intentó explicar, sin dar demasiados detalles – Y debía hacer un viaje muy largo este verano. Por eso, a finales de junio me envió sola a Inglaterra, para que me hospedara en El Caldero Chorreante hasta septiembre. Sólo que, por esas cosas de la vida, jamás llegué a destino.
Harry parecía tan interesado en la historia que se sentó completamente frente a ella, corrigió la postura de sus lentes y la instó a seguir.
- Viajé en un bus extrañísmo, con un chofer aún más extraño... – recordó, arqueando las cejas, y a Harry le hizo gracia.
- El Autobus Noctámbulo – corrigió, y ella asintió.
- Sí, ese. Lo tomé en Canadá y... bueno... estaba muy triste por tener que pasar todo el verano sola, por lo que lloré gran parte del camino... – reconoció, bajando abruptamente la mirada. No le gustaba recordar aquello - Me quedé dormida, y cuando desperté, Molly... eeehhhh quiero decir, la Sra. Weasley, estaba a los pies de la cama, mirándome, sonriéndome con esa calidez que la caracteriza. En lugar de asustarme, me sentí como en mi casa – sonrió, y a Harry le pareció que era la sonrisa más hermosa que había visto jamás.
- Pero ¿cómo llegaste ahí...? – preguntó, aún sin entender.
- El tipo del bus no quiso despertarme para preguntarme a dónde iba – pronunció, poniendo cara de boba – Pero al verme mejor, mi cabello, mis ojos... concluyó que debía ser uno de los Weasleys. Y bueno, no lo culpo. Muchos ya han pensado como él – se encogió de hombros, más entusiasmada que incómoda – Ron me dijo que, a medianoche, el chofer golpeó la puerta de la madriguera diciendo que traía a un miembro de la familia. El Sr. Weasley se preocupó, pues pensó que podía ser Bill o Charlie... – pensó un momento, suspiró y volvió a fijar la vista en Harry – En fin, lo importante es que los Weasleys no dejaron que fuera a la hospedería... me rogaron para que me quedara con ellos. Y así lo hice. Demás está decir que no me arrepiento.
Harry no tenía más preguntas. Todo estaba claro para él. De alguna forma, en estos seis años en el mundo mágico había aprendido a confiar en el destino, y algo desconocido, poderoso, había puesto a Stella en su camino. Esperaba descubrir por qué. Stella le dirigió una última mirada y se reincorporó de un salto, estirando su túnica y arreglando su cabello. Harry la observó, movimiento tras movimiento, y sonrió para sí. Se quitó las gafas, las examinó un momento y luego, regresándolas a su posición sobre su nariz, alzó una ceja.
- Insisto. ¿Hay algo que no puedas hacer?
Stella le sonrió, cómplice, y miró de reojo hacia la salida. - No puedo dormir con el estómago vacío.
Harry entendió el mensaje, y sintió la imperiosa necesidad de seguirla hasta donde ella quisiera. Suspiró. Había recuperado el apetito.
En estes blog comentaré noticias interesantes, tanto del mundo de los videojuegos como otros temas.
