Cap. V: Duelo de Patronus (Patronus Duel)
Cuando el Expreso de Hogwarts arribó en la estación de Hogsmeade, la enorme silueta de Hagrid apareció a contraluz desde el final del andén, abriéndose paso entre la niebla espesa que cubría el lugar. Corría un viento gélido, anunciando que quizá este sería el invierno más crudo que esa región de Inglaterra hubiera sufrido jamás. Hagrid, fuertemente asido a su abrigo de pieles, saludó a Harry con la mano y gritó que se acercara.
- ¿Qué tal tu verano, Harry? – carraspeó, quitándose el pelo de la cara con una mano, y con la otra palmoteando a Harry en la mejilla.
- No tan mal – respondió, y luego divisó un grupo de niños, asustados y con mucho frío, intentando protegerse entre ellos – Hagrid, creo que deberías ir ya con los de primero. Parecen aterrados.
- Ah... sí – dijo, mirando sobre el hombro de Harry – Ya veo. Bien, me voy – concluyó, pero no se movió ni un centímetro. Daba la sensación de que buscaba a alguien entre la multitud.
- ¿Pasa algo? – preguntó Harry, y su amigo semigigante se estremeció, como si Harry hubiera dicho algo prohibido.
- Nada, nada – respondió, nervioso, y al tiempo que le daba a Harry una palmada en la espalda, volvía sobre sus pasos en camino hacia los de primero.
No quiso tomar demasiado en serio el extraño comportamiento de Hagrid. Quizá sólo estaba nervioso por el comienzo de año, porque ahora estaban en guerra, porque era tiempo de actuar. Levantó la cabeza por sobre las personas que intentaban protegerse del viento con sus túnicas, y pudo distinguir tres cabezas rojizas mientras corrían hacia uno de los carruajes. Rápidamente concluyó quienes eran, y corrió hasta ellos. Llegó a la puerta unos segundos antes de que cerraran, con la nariz y las orejas coloradas por el frío, y se dejó envolver por la agradable temperatura que había en el interior del carro. Se sentó en el último asiento vacío: en la esquina, a un lado de Ron y frente a Stella, y se apoyó contra la ventana empañada. La limpió un poco con la manga de su túnica, y no vio más que niebla.
Cerró los ojos. Esperaba que al abrirlos, diez minutos después, las luces del castillo fueran visibles.
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Tras la profesora McGonagall, una larga fila de primerizos nerviosos avanzaba lentamente, apreciando cada rincón del gran comedor. Al final del grupo, serena pero expectante, Stella caminaba con paso firme, tratando de hacer caso omiso al cuchicheo de algunos. El cabello rojo caía dócil hasta la cintura, terminando en pequeños rizos. Su tez era blanca, casi brillante, y al contrario de Ron, no tenía pecas. Poseía en su andar una suerte de solemnidad que dejaba a varios con la boca abierta, como si en lugar de una simple alumna estuvieran viendo al mejor jugador de Quidditch de toda la historia. “Quizá hay una Veela entre sus parientes cercanos” pensó Hermione en voz alta, y Ron se encogió de hombros. Conforme pasaba entre las mesas de Gryffindor y Ravenclaw, el volumen de los murmullos se hacía más alto. A nadie le interesaba ya las decenas de niños nuevos: todos querían saber quién era ella y qué hacía ahí.
Minerva subió un par de escalones y se irguió frente a la mesa de los profesores. Como siempre, el puesto del maestro de Defensa Contra las Artes Oscuras estaba vacío, aunque nadie parecía echar de menos a la persona que debía ocupar esa silla. Miró a todos los niños de primer año y llevó su dedo anular a sus labios, obligándolos a quedarse en profundo silencio. Asimismo lo hizo el resto del estudiantado. Cuando ya no hubo murmullos rezagados flotando en el salón, todas las miradas confluyeron en el Sombrero. Comenzaría a cantar en cualquier momento...
"Cuando Hogwarts comenzaba su andadura
y yo no tenía ni una sola arruga,
los fundadores del colegio creían
que jamás se separarían.
Todos tenían el mismo objetivo,
un solo deseo compartían:
crear el mejor colegio mágico del mundo
y transmitir su saber a sus alumnos.
"¡Juntos lo levantaremos y allí enseñaremos!",
decidieron los cuatro amigos
sin pensar que su unión pudiera fracasar.
Porque ¿dónde podía encontrarse
a dos amigos como Slytherin y Gryffindor?
Sólo otra pareja, Hufflepuff y Ravenclaw,
a ellos podía compararse.
¿Cómo fue que todo acabó mal?
¿Cómo pudieron arruinarse
tan buenas amistades?
Veréis, yo estaba allí y puedo contarles
toda la triste y lamentable historia.
Dijo Slytherin: "Sólo enseñaremos a aquellos
que tengan pura ascendencia."
Dijo Ravenclaw: "Sólo enseñaremos a aquellos
de probada inteligencia."
Dijo Gryffindor: "Sólo enseñaremos a aquellos
que hayan logrado hazañas."
Dijo Hufflepuff: "Yo les enseñaré a todos,
y trataré a todos por igual."
Cada uno de los cuatro fundadores
acogía en su casa a los que quería.
Slytherin solo aceptaba
a los magos de sangre limpia
y gran astucia, como él,
mientras que Ravenclaw sólo enseñaba
a los de mente muy despierta. Los más valientes y audaces
tenían como maestro al temerario Gryffindor.
La buena de Hufflepuff se quedó con el resto
y todo su saber les transmitía.
De este modo las casas y sus fundadores
mantuvieron su firme y sincera amistad.
Y Hogwarts funcionó en armonía
durante largos años de felicidad,
hasta que surgió entre nosotros la discordia,
que de nuestros miedos y errores se nutría.
Las casas, que, como cuatro pilares,
había sostenido nuestra escuela
se pelearon entre ellas
y, divididas, todas querían dominar.
Entonces parecía que el colegio
mucho no podía aguantar,
pues siempre había duelos
y peleas entre amigos.
Hasta que por fin una mañana
el viejo Slytherin partió,
y aunque las peleas cesaron,
el colegio muy triste se quedó.
Y nunca desde que los cuatro fundadores
quedaron reducidos a tres
volvieron a estar unidas las casas
como pensaban estarlo siempre.
Y todos los años el Sombrero Seleccionador se presenta,
y todos sabéis para qué:
yo os pongo a cada uno en una casa
porque esa es mi misión,
pero este año iré más lejos,
escuchad atentamente mi canción:
aunque estoy condenado a separarlos
creo que con eso cometemos un error.
Aunque debo cumplir mi deber
y cada año tengo que dividirlos,
sigo pensando que así no lograremos
eliminar el miedo que tenemos.
Yo conozco los peligros, leo las señales,
las lecciones que la historia nos enseña,
y os digo que nuestro Hogwarts está amenazado
por malignas fuerzas externas,
y que si unidos no permanecemos
por dentro nos desmoronaremos.
Ya os lo he dicho, ya estáis prevenidos.
Que comience la Selección."
La canción terminó en un aplauso cerrado. Hermione comentó en voz baja que la advertencia del año pasado se había repetido, pero nadie pareció tomarle mucha atención. La profesora McGonagall ya se había acercado al taburete para iniciar la repartición de casas. Arregló sus gafas cuadradas, desenrolló un pergamino amarillento y se aclaró la garganta.
- Por favor, cuando diga sus nombres, tengan la bondad de pasar adelante. Se pondrán este sombrero – lo levantó para que todos lo vieran – y serán asignados a sus casas.
Asegurándose de que todos hubieran entendido, volvió la vista sobre el pergamino y fue llamándolos, uno a uno, tal como el ritual de siempre.
- Ackray, Charles.
- ¡¡Hufflepuff!!
- Buttent, Mary.
- ¡¡Slytherin!!
(...)
- Lobe, Lisette.
- ¡¡Gryffindor!!
- Maris, Stella.
Los murmullos y los aplausos para recibir a los nuevos integrantes de cada casa se apagaron al escuchar aquel nombre. Se instaló repentinamente en la atmósfera un silencio apabullante, y Stella, sin demora, se sentó en el taburete. Puso el sombrero sobre su cabeza y cerró los ojos. Nadie se movía. Y entonces, algo sucedió. La abertura que tenía el sombrero en forma de boca, se expandió en un gesto de sorpresa, incapaz de emitir algún sonido. Era como si intempestivamente hubiera olvidado cómo hablar e intentara pasar ante los ojos de todos como un sombrero ordinario. Los alumnos comenzaron a intercambiar miradas de desconcierto, pero fueron abruptamente disuadidas por la voz de Dumbledore.
- ¿Sombrero? – advirtió el Director, con una pizca de impaciencia.
- Dumbledore – pronunció por fin – Acaso debo...
- Sí, debes – respondió, tajante, y no dio cabida a objeciones.
El sombrero cerró la boca, arrugó la tela superior como si estuviera frunciendo el ceño, y dejó escapar un suspiro entrecortado. Atento a algo, como si alguien le hablara desde el interior, dijo:
- Eh... ¿eso? Muy bien. ¡Gryffindor!
Ginny, Ron, Harry y Hermione aplaudieron con entusiasmo, pero fueron los únicos. El resto del colegio no había roto el silencio, confusos por la extraña actuación del Sombrero Seleccionador, y aunque los anteriores también tenían sus dudas, no podían dejar de alegrarse por su amiga. Es más: Harry creyó entender todo a la perfección. Pensó un momento y llegó a la conclusión que Stella, así como lo había hecho él cinco años atrás, había manejado al sombrero a su gusto. Le había encontrado el truco, y le pidió estar en Gryffindor. Así de simple. Por eso siguió aplaudiendo, tranquilo, sin notar la cara de desconcierto de los demás.
Antes de bajar, Dumbledore le hizo un gesto con la cabeza. Hagrid la miraba embelesado. La profesora McGonagall le sonrió un segundo, y le dijo que fuera hasta su mesa. Hermione ya le tenía preparado un puesto.
Ginny la abrazó cuando llegó hasta ellos. Todos los alumnos de las otras casas los miraban como bichos raros, quizá esperando algún tipo de explicación. Y no esperaron mucho, pues cuando Minerva hubo terminado con la lista de selección, Albus se levantó de su asiento y llamó al orden. Comenzó su usual discurso de bienvenida, en donde explicaba lo del bosque prohibido y el sin fin de cosas que Harry y sus amigos se sabían de memoria. Pero antes de decir “¡A comer!”, sintió la necesidad de agregar algo:
- ... y por último, y ya que ha despertado tanta curiosidad, quiero presentarles a la señorita Stella Maris – le dirigió la mirada y luego le sonrió, haciendo un leve movimiento con la cabeza - Viene de intercambio y, como de seguro les dije en otra oportunidad, es importante, ahora más que nunca, que nuestras relaciones internacionales sean principalmente fuertes... – habló con tranquilidad y apenas pestañeó – por lo tanto, espero que le den el recibimiento que se merece y le hagan pasar una excelente estadía en nuestro colegio.. – concluyó, y la mayoría asintió en señal de entendimiento. No hubo más miradas curiosas hacia la mesa de Gryffindor... al menos por ahora.
Dumbledore aplaudió un par de veces y los platos metálicos se llenaron de comida en un segundo. Se escuchó un profundo “Ohhh!” proveniente de los de primer año, y el resto, ya acostumbrado al acto, no hizo más que abalanzarse sobre sus platos. En eso, un estudiante de sexto año de Ravenclaw fue directamente hacia Hermione, le pasó unos papeles y le dijo algo al oído. Ron frunció el entrecejo, e intentando no ser tan obvio, miró con odio el pedazo de carne en su plato, tomó el tenedor y lo clavó en él con vehemencia. Harry se sobresaltó ante lo visto, pero no emitió palabra. Suponía que tendría que hablar con él más tarde.
Cuando el tipo de Ravenclaw se fue, Hermione se dirigió a sus amigos, con una mueca de visible alivio.
- Aquí están nuestros horarios – comenzó a decir mientras pasaba los papeles a Harry, Ron y Stella. Ginny se levantó para coger el suyo del prefecto de quinto año, que gritaba desde el fondo de la mesa – y, sobre el asunto de los TIMOS, creo que hubo algún problema en la lechucería y por eso no enviaron las cartas. Steve me dijo que el maestro de nuestra primera clase nos informaría de todo.
- ¿Steve? – gruñó Ron, mirándola ya no con desagrado sino con melancolía - ¿Lo conocemos?
Hermione pareció sonrojarse un poco. - Lo conocí en el tren. Sólo me trajo los horarios – se excusó y, tragando saliva, volvió al tema anterior – Me encantaría saber qué fenómeno nos tocará este año como profesor de Defensa contra las Artes Oscuras – levantó su horario y lo mostró hacia todos – es nuestra primera clase.
Todos se encogieron de hombros. Siguieron conversando sobre las innumerables peripecias de sus últimos cinco profesores, cuando de pronto Hermione sugirió que se levantaran. La clase empezaba en cinco minutos.
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Debidamente sentados y con sus libros en frente, la clase de sexto año de Defensa contra las Artes Oscuras esperaba al maestro – o maestra – envueltos en un inusual silencio. Todos miraban hacia la escalerilla que daba a una puerta semioculta, de donde saldría aquel desconocido personaje, pero ya llevaba 20 minutos de atraso y nada pasaba.
Hermione comenzó a exasperarse, pero a varios de los presentes los tenía sin cuidado: las lecciones de la Armada Dumbledore continuarían, y eso ya era suficiente práctica de defensa.
Tras un crujido seco, la puerta de entrada se cerró con fuerza. Todos voltearon, sorprendidos. Un hombre de unos cuarenta años, de estatura mediana, ojos rasgados y barba de dos días los miraba con una sonrisa inocente. Llevaba una túnica roja de terciopelo y su cabello engominado hacia atrás. Caminó entre las mesas mirando de reojo a cada uno de los alumnos y, al apoyarse tras su escritorio, carraspeó. El silencio aún no se había quebrado: todos lo miraban como si fuera un animal de exhibición.
El tipo sacó la varita, guiñó un ojo a Lavender y lanzó un rayo dorado hacia el techo que produjo un sonido semejante al de los fuegos artificiales. Todos exclamaron un “¡Ohh!!”, mientras que los destellos dorados danzaban en el aire y formaban, lentamente, una frase tambaleante: “Me presento: soy su nuevo maestro de Defensa contra las Artes Oscuras, Libertes Pittycarp”.
Ron alzó una ceja y miró con desconfianza aquel acto de pirotecnia barata, susurrándole a Harry que no se tragaría a otro tipo engreído, aludiendo, obviamente, a uno de sus profesores anteriores: Gilderoy Lockhart. Seamus y Dean rieron un momento, pero la mirada reprobante de Pittycarp los hizo callar. Harry les preguntó por qué reían, y Seamus le dijo en voz baja: “Sólo especulamos la causa de todo esto. Quizá este tipo no sabe hablar” concluyó, y Ron no pudo reprimir su sonrisa.
Pittycarp, al ver que el murmullo se expandía y que ya nadie se fijaba en su presentación, hizo un movimiento brusco con la varita y todas las letras doradas desaparecieron. Su sonrisa tímida de un comienzo se esfumó para dar paso a un gesto de disgusto, mientras caminaba de un lado a otro frente a su escritorio.
- Bien, bien... – comenzó a decir, y el silencio volvió a llenar la sala. Todos los ojos estaban fijos en aquel hombre extraño, de cejas sumamente pobladas y nariz aguileña – Albus dice grandes cosas de ustedes... – Su voz era carraspeada, pero no lo suficientemente ronca. Además, no decía grandes frases, como si al final de cada palabra se le acabara intempestivamente el aliento – Dice que son una gran generación de magos y brujas... Me gustaría saber qué tanto son capaces de hacer.
Se detuvo bruscamente frente a los primeros pupitres y observó detenidamente a quienes los ocupaban. Eran dos chicas de Slytherin, quienes se miraron entre extrañadas y divertidas. Luego siguió con la vista hasta llegar a los últimos asientos y trató de memorizar cada rostro. En señal de intensa actividad cerebral, volvió a pasearse mientras golpeaba su barbilla con la punta de su varita. En eso, repentinamente, alguien levantó la mano.
Pittycarp, antes de darle la palabra, fue hasta su escritorio y buscó en la lista. Entonces levantó la vista.
- ¿Si... Srta. Granger? – dijo, intentando demostrar atención.
- Profesor Pittycarp... me preguntaba si puede contarnos algo sobre usted – pronunció Hermione, forzando una sonrisa.
- Me parece que el objetivo de esta clase no es mi vida particular, Srta. Granger – respondió, en un tono irónico y distante, el cual les recordó por un momento al profesor Snape – En lugar de preocuparse por mi currículo, será mejor que piense la forma de mantenerse aquí.. – levantó la varita y los apuntó uno a uno – la mitad de ustedes no estará en mi clase el próximo lunes...
La mayoría abrió los ojos, algunos asustados y otros sorprendidos. Y antes de que Hermione pudiera preguntar “¿por qué?”, Pittycarp estaba tan cerca de ella que pudo apreciar su fuerte aliento a tabaco.
- Los resultados de los TIMOS estarán publicados en las salas comunes de sus casas en una hora. Ahí sabrán si pueden volver o no... – concluyó, sonriendo malévolamente, aunque daba la impresión de que sólo lo hacía para imponer respeto. No parecía un hombre realmente malo – No aceptaré a nadie con una calificación menor a “Excede Expectativas”.
Hermione tragó saliva y rezó por que sus notas fueran satisfactorias. Ron frunció el cejo, nervioso, pero no lo suficiente para caer en la histeria. Después de todo, no estaba seguro de lo que quería hacer cuando saliera de la escuela. Harry parecía tan tranquilo como siempre, aunque por dentro se moría de la curiosidad.
- ¿Pero por qué no recibimos los resultados por correo, como estaba presupuestado? – preguntó Seamus, justo en el momento en el que Pittycarp iba a comenzar a hablar. Cerró los labios con rabia, y forzó un gesto amigable.
- Eso tendrán que preguntárselo a alguien más... yo sólo les digo lo que el Director me ha mandado – dijo, y luego les dio la espalda, apoyándose en el escritorio. Unos segundos después se volteó con energía, batiendo su varita una vez más – Bien, bien... ya que están en sexto año deben estar lo suficientemente preparados para enfrentarse a las más duras peleas contra las Artes Oscuras... – al decir esto, sólo algunos sonrieron orgullosos, mientras que otros casi intentaban esconderse bajo sus mesas – Durante los años anteriores debieron haber visto algunos maleficios y contramaleficios, desarmes, encantamientos contra Boggarts, Pixies... dudo que aún utilicen el encantamiento ‘piernas de gelatina’.
Algunos rieron, al tiempo que Harry y Ron se miraron, cómplices. Ese había sido el último maleficio que le habían lanzado a Malfoy el año pasado.
- ... y es por eso que estoy yo aquí... para enseñarles una defensa real, y no las patrañas que han visto con sus anteriores maestros... – Harry apretó los puños. Pittycarp estaba insultando a Lupin, y no sabía si estaba dispuesto a tolerarlo – Pues bien – dijo, sacudiendo sus manos – mientras más pronto empecemos, mucho mejor. ¿Alguno de ustedes ha presenciado un patronus?
La clase se miró, confusa, al tiempo que Harry, Ron, Hermione, Stella, Neville y otros de la Armada Dumbledore levantaban sus manos. Pittycarp los miró anonadado, como si jamás hubiera esperado que alguno de ellos conociera siquiera lo que era un Patronus.
- Mmm... ya veo. Pero, ¿Alguno de ustedes ha... realizado un patronus?
Las mismas manos volvieron a levantarse, y las cejas del profesor se movieron con sorpresa. Daba la impresión de que la primera lección de Pittycarp sería cómo realizar un Patronus, pero al juzgar por la cantidad de manos levantadas, su supuesta superioridad como maestro se estaba poniendo en juego. Entonces, como una chispa, pensó un segundo y regresó la mirada a la clase. Sonrió maliciosamente, casi triunfante, y preguntó:
- Esta bien, muchos de ustedes han logrado realizar un patronus, pero... ¡yo hablo de un patronus corpóreo en una batalla real! – exclamó, arrogante, seguro de que esta vez nadie se alzaría y así, por fin, podría relatarles sus historias de batallas legendarias contra los guardianes de Azkabán y cómo había salido airoso de ellas.
Esperó un segundo y Harry, esbozando una pequeña sonrisa, dejó su pluma sobre la mesa para levantar su mano, por primera vez completamente satisfecho de ser el único de su clase en haber luchado contra un Dementor real. Pero antes de que su brazo se extendiera lo suficiente, la boca de Pittycarp se abría para demostrar entre sorpresa y desagrado. Tras Harry, en la última fila, alguien se le había adelantado.
- Ohh.. – balbuceó, tras un fuerte carraspeo. Fijó la vista en el pergamino sobre su escritorio y luego volvió los ojos hacia la clase – Bien, Srta. Maris. Demuéstrenos de lo que es capaz.
Harry y Ron voltearon al mismo tiempo, para ver cómo Stella se levantaba de su asiento y caminaba hasta el escritorio del profesor. Llevaba su varita fuertemente asida entre sus dedos, algo nerviosa. Al estar frente a todos, buscó a Hermione con la mirada, y ella, aún sorprendida, le hizo un gesto con la cabeza, sonriéndole.
- Srta. Maris, ya que usted ha tenido el privilegio de luchar contra un Dementor, tenga la bondad de mostrarnos su patronus – comenzó a decir entre dientes, impaciente – Si lo que dice es cierto, no tendrá problema en materializar su patronus enfrente de la clase.
Stella no pronunció palabra, pero volvió sobre sus pasos hasta llegar a una esquina. Miró de reojo al resto de sus compañeros, quienes no le quitaban la mirada de encima, y suspiró, no demasiado segura de lo pasaría. Calculó rápidamente si tendría el espacio suficiente y, ante la mirada expectante de todos, dio un paso adelante y exclamó con fuerza: “¡Expecto Patronum!”
Ahogando un grito de sorpresa, Ron inclinó su silla hacia atrás para poder ver mejor. Una enorme mariposa celeste de alas plateadas salió majestuosa de la punta de la varita de Stella, y recorrió suavemente la sala de esquina a esquina. Batía sus alas en forma graciosa y, al juzgar por su tamaño, era perfectamente capaz de abrazar sin problemas a un hombre de dos metros. Sus ojos eran pequeños y tan negros que brillaban en cada movimiento, y su boca apenas se distinguía por le juego de luces y destellos a su alrededor. Cuando emprendía su regreso hacia Stella, se detuvo un momento frente a Harry. Movió sus antenas con lentitud, y a Ron le pareció que le sonreía. Hizo algo parecido a una reverencia, se elevó un poco y luego revoloteó sobre la cabeza de Pittycarp, divertida, para después erguirse un segundo frente a Stella, antes de convertirse en polvo plateado destellante.
Nadie hablaba. Algunos estaban mudos, maravillados por el espectáculo, mientras otros discutían por lo bajo cómo aquella extraña niña de ojos profundos había logrado hacer un patronus de tal poder. Pittycarp, por su parte, no parecía importarle aquella impresionante y bella mariposa, sino ante quién se había detenido ella en su breve recorrido por la clase. Alzando su ceja derecha, avanzó unos pasos y miró a Harry fijamente.
- Tú también has luchado contra un Dementor, ¿verdad? – le preguntó, sigiloso, como si no estuviera seguro de querer escuchar la respuesta.
- Sí – contestó Harry, confundido. ¿Cómo lo había descubierto? ¿Lo había adivinado?
- Lo sabía – dijo, pensando hacia sí, y luego miró a Stella, quien se mantenía en la esquina, callada, y la apuntó con su varita – Tu patronus se inclinó ante el Sr. Potter. Eso sólo quiere decir una cosa: respeto por el más fuerte.
Parvati soltó un grito de asombro. - ¿Que quiere decir?– preguntó Hermione, hablando tan rápido que las palabras prácticamente escapaban de su boca.
Pittycarp movió la cabeza, no totalmente seguro, con la mirada perdida y absorto en sus pensamientos.
- Nunca había presenciado algo parecido – murmuró, al tiempo que Harry y Stella se miraban a los ojos. Stella no atinó más que a sonreír, débilmente, y pronto apartó la mirada, algo ruborizada – Esto es algo que sólo aparece en los libros... no sabía de nadie que.. – no terminó la frase, y apuntó con su varita a Harry – Levántese Sr. Potter.
Harry abandonó su silla y Pittycarp le señaló una de las esquinas de la sala, opuesta a donde se encontraba Stella. Le dijo que se situara ahí y que, cuando él le diera la señal, materializara su patronus.
- ¿Qué quiere hacer, Profesor? – inquirió Stella, quien por primera vez durante toda la clase había emitido alguna palabra. Miró a Harry buscando alguna respuesta, pero Pittycarp, se adelantó.
- En todos mis años de mago, jamás he presenciado lo que está a punto de suceder – comenzó a decir, esta vez dirigiéndose a toda la clase, que se hallaba sumida en una intensa discusión sobre el asunto. Algunos incluso habían salido de sus pupitres para poder observar todo desde un ángulo mejor – Esto podrán contárselo a sus nietos – sonrió, frotando sus manos como un niño ante un juguete nuevo. Volvió sobre sus pasos y se detuvo cuando se encontró lo suficientemente lejos de Harry – Cuando diga tres, ambos lanzaran sus patronus contra el otro. Veremos lo que sucede – concluyó, ansioso, y apuntó a Parvati con la varita, regañándola por estar tan cerca de él. Ella prácticamente se había arrimado a su túnica, presa de una suerte de miedo y emoción.
Harry y Stella se miraron fijo, nerviosos. Demás estaba decir que no tenían ninguna intención en pelear, pero el rostro de Pittycarp demostraba demasiada expectación como para contradecirlo. Ambos tomaron posición de duelo: Harry elevó su brazo derecho tras su cabeza con el puño apretado, al tiempo que estiraba su brazo izquierdo ante él y asía fuertemente la varita; Stella, por otro lado, elevó sus brazos a la altura del codo. El izquierdo lo dobló hacia su cuerpo y el derecho lo dejó estático, mientras sus dedos palpaban su varita con suavidad.
A varios metros de ellos, la voz de Pittycarp sonó fuerte y clara. “Uno, dos.. tres!”, y dos rayos plateados avanzaron a tal velocidad que chocaron a pocos centímetros del techo, provocando un sonido parecido a un cristal roto en mil pedazos. La mayoría de los alumnos, Pittycarp incluido, cerró los ojos por el impacto e intentó protegerse de las chispas con sus brazos, mas cuando pudo volver a enfocar sus ojos en la escena, abrió la boca de asombro y dio unos pasos hacia adelante. Entre Harry y Stella, frente a ellos, una enorme mariposa y un galante ciervo se miraban con curiosidad. Cada vez que la mariposa batía sus alas desprendía bellos destellos plateados, y el ciervo de Harry, por su lado, doblaba y erguía su cabeza constantemente, como si estuviera examinando algo absolutamente desconocido. El fulgor que emanaba de sus cuerpos bastaba para iluminar hasta el último rincón de la sala, así como las caras perplejas de los integrantes de Gryffindor y Slytherin. Hermione tenía las dos manos en su boca, Ron estaba casi petrificado ante los patronus y Pittycarp, avanzando cada vez más, parecía hipnotizado por la bella escena que tanto la mariposa como el ciervo estaban provocando.
En eso, los dos patronus se alejaron unos centímetros el uno del otro. Cuando todos creían que iban a pelearse o algo parecido, la mariposa de Stella bajó a ras de suelo e inclinó su cabeza y antenas, adquiriendo un gesto de solemnidad tal como si fuera un humano. El ciervo, en apenas un sutil movimiento, irguió aún más su cuello, haciendo eco de la majestuosidad de su homóloga, y se inclinó levemente ante ella, como si agradeciera su gesto. Es más: Neville hubiera jurado que sonreía ante Stella y su mariposa, pero no dio demasiado crédito a sus ojos. La luz era cegadora y podría haber visto mal.
Sincronizados, Harry y Stella se acercaron a sus patronus y, con un movimiento de sus varitas, los transformaron en polvo plateado, el cual se esparció rápidamente en el aire. Pittycarp avanzó un último tramo hasta ellos. Deslizó su mirada de Harry a Stella y viceversa, y luego aplaudió, visiblemente conmocionado. El gesto de pocos amigos desapareció de sus labios, y el resto de la clase se unió pronto a los aplausos, como si acabaran de ver el mejor espectáculo del siglo.
- Magnífico, realmente magnífico... – exclamó Pittycarp, dando sus últimos aplausos – Esperen a que Dumbledore se entere... – Pensó hacia sí otro momento y luego miró su reloj – Bien clase, hemos terminado por hoy. Pero antes de que se vayan, quisiera proponerles algo.. – dijo, mientras caminaba hacia su escritorio. Algunos ya habían comenzado a recoger sus libros – La pequeña demostración del Sr. Potter y la Srta. Maris me ha dado una idea. Como todos saben, estamos a las puertas de una gran batalla, de una guerra entre el bien y el mal de la que no se tiene precedente... – Las caras de emotividad y diversión que se habían mantenido hasta hace unos segundos, ahora demostraban seriedad – Por eso, he decidido que entre quienes logren entrar al curso este año, haremos un pequeño club de duelos. Podría darles mucha teoría sobre defensa, pero ya no tenemos tiempo para perder. La práctica es la mejor enseñanza, sobretodo en estos momentos.
Todos parecieron estar de acuerdo, incluso bastante entusiasmados, aunque no todos estaban seguros de poder entrar al curso. Sólo el resultado de los TIMOS se los diría. Con rapidez y nerviosismo, la mayoría de los alumnos se agolparon para salir primeros de la sala, con tal de ir a revisar sus notas, publicadas en la sala común.
Harry y Stella se acercaron un momento el uno al otro, sintiéndose repentinamente conectados, pero no sabían qué decir para expresar todo lo que daba vueltas en sus cabezas. Estaban sorprendidos, maravillados ante lo que sus patronus podían hacer. Harry sabía que su patronus representaba a su padre, James Potter, su lucha por él y todo el amor que, aunque muerto, le profesaba. Sabía que el poder de su ciervo radicaba en ello, por lo que no pudo dejar de pensar a quién representaría el patronus de Stella. Pero ya eran demasiadas emociones por hoy... ya tendría tiempo de preguntarle.
Alzó la vista y le sonrió, mientras Stella le devolvía la sonrisa con un gesto de cabeza. Iba a decirle algo a Harry, pero entonces apareció Hermione, la tomó de un brazo y la llevó fuera de la sala, ansiosa por conocer todos los detalles de lo que acaban de presenciar. Apretando los labios, Harry la siguió con la vista hasta que desapareció tras la puerta. Hoy más que nunca, deseaba entrar en la clase de Defensa, no por lo que podría hacer o demostrar, sino porque la compañía sería más que agradable. Ella estaría ahí.