Cap. IV: El Regreso de la Armada Dumbledore (The AD’s Return)
La última noche que Harry pasó en la madriguera, el ambiente pesaba por una extraña tensión, sentimiento bastante ajeno a la tranquilidad y alegría que había reinado casi todo el verano. El Sr. Weasley iba de un lado a otro muy preocupado, enviando y recibiendo lechuzas, y jamás se despegaba de la ventana. Además, no dejaba que nadie se sentara frente a la chimenea, sólo por si alguien aparecía y quería hablar con él. De vez en cuando dirigía una mirada furtiva hacia Harry, como si quisiera decirle algo, pero pronto sacudía la cabeza y volvía la vista sobre su pergamino.
Ron sólo se encogía de hombros. Presentían que todo aquello podía tener que ver con Lord Voldemort, con la resistencia y la batalla que se avecinaba, pero El Profeta no decía nada al respecto, ni menos el Sr. y la Sra. Weasley. Harry estaba seguro de haber visto unas letras extrañas en el último mensaje que arribó, como si pertenecieran a otro lenguaje, pero no se atrevió a comentarlo. Quizá era un asunto secreto del Ministerio, o de la misma Orden del Fénix. “Si es algo importante, ya nos enteraremos” concluyó Hermione, serenándolos, y así todos dejaron de pensar en ello.
A la mañana siguiente, mientras bajaba la escalera para ir a desayunar, un débil destello plateado llamó la atención de Harry. Frunció el ceño, se arrodilló ante una grieta bajo el pasamanos, y encontró entre la madera una cinta de seda, quizá aquellas que las niñas usan para tomarse el cabello. Era increíblemente suave, de un celeste brillante y estampada con pequeñas mariposas plateadas. No supo por qué pero, al sentirla entre sus dedos, sonrió. Una agradable sensación lo embargó, a pesar de que no pudo describirla bien. Se incorporó, guardando la cinta en su bolsillo, y bajó hasta la cocina con un extraño sentimiento de bienestar. Al entrar, vio a todos inclinados ante la mesa, peleándose la ultima tostada con mantequilla.
Harry tomó el asiento vacío a un lado de Ginny, y la Sra. Weasley lo divisó por sobre el hombro de Fred.
- Buenos días, Harry, querido – exclamó, desplegando su usual sonrisa maternal – Vamos, desayuna ya que se les hace tarde.
Ron y Hermione comían en silencio, cada uno en esquinas opuestas. Mantenían sus miradas en sus respectivos platos de cereal, confusamente nerviosos, como si no supieran por qué estaban ahí, situación que a Harry le pareció más que sospechosa. Fred y George, a la cabecera, discutían algunos de sus nuevos inventos y los colores de sus envoltorios, siempre bajo la atenta vigilancia de su madre. De vez en cuando les dirigía una mirada de desconfianza, pues a pesar de que ya estaba resignada a la idea de su tienda de bromas, nunca dejaba de controlar sus andanzas. Los gemelos no escatimaban en accidentes o riesgos mortales, así que mientras más tiempo pasaba con ellos, más pendiente estaba de sus conversaciones.
Ginny, por su parte, los escuchaba con interés. Tenía una relación muy estrecha con sus hermanos, situación que aprovechaba para dar sus puntos de vista y algunas ideas para bromas nuevas. De hecho, ella misma se había encargado de asesorarlos en cuanto al diseño de la tienda y su decoración.
- Miren, ya sé cuál es la solución – dijo Ginny, levantando sus manos. Los gemelos la miraron con interés – Es muy simple. Así los clientes no se confundirán: para el caramelo de ‘sangre-nariz’ usen el envoltorio rojo, y para el nougat de ‘vómito-instantáneo’, el envoltorio azul. Tu cara se pone algo azul cuando estás muy enfermo, ¿no?
George suspiró de satisfacción. - Ginny, eres un genio. Recuérdame comprarte algo costoso para navidad.
Molly hizo un sonido de disgusto, llevando sus manos a su cintura. Los gemelos sonrieron inocentemente, se levantaron acto seguido y llevaron con sincronización sus platos vacíos al fregadero. Cualquier cosa antes de un regaño.
- George, Fred... ¿Llevarán a los niños a la estación, verdad? – preguntó de pronto el Sr. Weasley, con la mirada perdida desde su posición sobre el sofá, mientras los demás intercambiaron un gesto de desaprobación. Ron dejó de masticar su avena.
- Yo no veo niños aquí, papá – respondió Fred, dirigiendo a Ginny una mirada cómplice, y los demás asintieron. Arthur se levantó.
- Eh... sí, lo siento – dijo, en un tono de absoluta somnolencia - ¿Los llevarás entonces?
- Sí, claro – respondió – Aún tenemos el auto de Mutang. No debemos devolverlo hasta mañana.
- ¿El auto de quien? – preguntó Harry.
Fred tragó saliva. Su madre volvió a mirarlo con desafío, y no le quedó más que hablar. - De Mutang... el dueño del lugar que conociste – aclaró George, frunciendo el ceño como quien fuera a recibir un golpe en mitad de la cabeza. Miró con sigilo a su padre, luego a Fred, y sonrió, fingidamente inocente - Es parte de nuestro trato.
Harry de seguro quería saber más, pero no le dio el tiempo para seguir con las preguntas. Sobresaltándolo, el ruido frenético de un par de alas llenó la habitación. Molly dejó caer el sartén que tenía entre las manos, sacudió su delantal y corrió hacia la ventana. Arthur, tan nervioso como lo había estado los últimos días, saltó del sillón y se reunió con su esposa, escudriñando el horizonte. Entonces, en un par de segundos, la silueta se hizo visible... tanto que la tuvieron bajo sus narices sin previo aviso. Era una lechuza, grande como Hedwig pero de un gris oscuro, levemente tosca. Cuando Arthur se acercó a desatar el mensaje, ni siquiera ululó: se paró, estática, hasta que entendió que era el momento de partir. Harry no recordaba haber visto una mensajera tan apática...
Molly volteó entonces hacia el resto. Con un sutil movimiento de cabeza, los apremió a todos para que regresaran a sus habitaciones... De seguro el Sr. Weasley no quería compartir aquel mensaje con nadie.
- Oh no, querida... no es necesario – habló Arthur, a tiempo para denotar el gesto de su esposa – El mensaje no es para mí – dijo, aunque algo decepcionado. Entonces caminó hasta el comedor, extendiendo su brazo – Es para Hermione.
Hermione apretó los labios, recibiendo la carta de manos del Sr. Weasley. No estaba sorprendida ni nada; sólo algo nerviosa. Dobló el mensaje en dos partes, lo guardó en su bolsillo e intentó aparentar que nada había pasado, volviendo la vista hacia su plato vacío.
Ginny alzó una ceja. - ¿No vas a ver quién te la envía?
Hermione negó, dirigiendo una suplicante mirada fugaz hacia Ron. - Yo... ya sé de quién es – respondió él – R-Reconocí a la lechuza.
Ron movió la cabeza hacia la ventana, desde donde aún se podía apreciar la lejana presencia del ave. Al ver que el resto interrogaba a Hermione con la mirada, Ron volvío a hablar.
- Viktor Krum – dijo de repente, y Hermione no tuvo más remedio que asentir.
Sin querer convertirse en la atracción lastimera de sus amigos, Ron se incorporó de su asiento, tomó una manzana de la bandeja y abandonó el lugar, silencioso, camino a su habitación. Harry y Ginny compartieron una mirada dolorosa, pero no se atrevieron a hacer comentario.
- Aún te escribes con el tipo de Drumstrang, ¿no? – preguntó Fred, algo irritado. Hermione parecía a punto de llorar.
- ¡Sólo es un amigo!
- Pero Ron no piensa igual – inquirió George, siguiendo el tono de su hermano. Sin decir nada más, también subieron a sus habitaciones. Ginny corrió tras ellos.
De pronto Harry se sintió pesadamente observado. Lo más probable es que Hermione estuviera esperando también un regaño de su parte pero, e incapaz de razonar correctamente en este tipo de situaciones, atinó sólo a encogerse de hombros. Ella asintió; suspirando profundo, tomó su tostada a medio comer y la tiró en su plato de cereales. Luego tomó otro par de platos sucios y los llevó al fregadero; prefería ayudar a la Sra. Weasley con los trastos que seguir rumiando la reprimenda de sus amigos.
Harry, como era de esperarse, sentía que Ron tenía todo el derecho a enfadarse, pero no quería ser brusco con su amiga. Pensaría alguna forma de lograr que hicieran las paces... aunque, por ahora, había algo que consideraba más urgente. Arreglando sus gafas, clavó la mirada en la sala contigua, iluminada débilmente por los rayos de sol que se colaban entre los árboles. No estaba seguro de hacer lo correcto, pero su curiosidad, por el momento, era más poderosa.
- Sé que quizá no debo meterme, pero...
Harry había caminado lentamente hacia el Sr. Weasley quien, sentado nuevamente en su sillón preferido, miraba hacia el horizonte como si esperara con ansias noticias de alguien. Para su mala suerte, no había rastros de Errol.
- ¿Decías, Harry? – contestó Arthur, volviendo su rostro hacia él. Parecía cansado, muy cansado, pero no había perdido su temple habitual.
- ¿Pasa algo malo? – preguntó Harry.
- No, Harry, no – respondió, no demasiado seguro, pero tranquilo – Al menos no aún. Pero créeme que apenas el campo esté despejado para hablar, tú serás el primero en saber.
Asintió. El Sr. Weasley mantuvo la mirada, lo que le dio a entender a Harry que ahí terminaba la conversación. Asintió de nuevo, volvió sobre sus pasos y subió la escalera a grandes zancadas. ¿Acaso Voldemort había aparecido, y nadie quería decírselo? Prefería pensar que no. Aunque mientras más se acercaba el comienzo de año, más evidente era la posibilidad de nuevos y más grandes peligros.
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Después que ya todos habían pasado la barrera del andén 9 y ¾, caminaron con sus baúles hasta el compartimento de carga. Un señor enfundado en un impecable uniforme azul marino y con el logotipo del colegio bordado en su gorra los recibió, al tiempo que Ron regañaba a Pigwidgeon por ser tan escandalosa. No bien el tipo había tomado la jaula, la pequeña lechuza comenzó a revolotear histérica, como si jamás hubiera viajado en el Expreso de Hogwarts. Ron le gritó un par de veces pero terminó por resignarse. Sonrió avergonzado hacia el funcionario y se marchó con los otros, no sin antes aconsejarle que pusiera algún tipo de paño de tela sobre la jaula. Eso quizá la tranquilizaría.
Como todos los años, el andén estaba repleto de gente. Estudiantes de distintos años, padres y amigos, incluso algunos niños vestidos con ropa muggle corriendo por el pasillo. Los adultos hablaban en grupos, con rostros que reflejaban seriedad pero también algo de euforia, como si estuvieran tramando una revolución. Y en el fondo Harry sabía que no estaba muy lejos de aquello; había llegado el momento de actuar, de hacer planes, de encontrar aliados. Por que en algún lugar del planeta Lord Voldemort estaría haciendo lo mismo, y ellos no podían quedarse atrás.
Al despedirse de Fred y George, ellos les dieron a cada uno una bolsa repleta de dulces para el camino, aunque la de Hermione era visiblemente más pequeña que la de los demás. Pero ella no dio signos de quejarse. Ginny les agradeció con un abrazo, pero Ron alzó una ceja, suspicaz, escudriñando su bolsa respectiva. George sonrió.
- Lo único peligroso ahí adentro son los dulces de Bertie Botts. Si te comes uno con sabor a brócoli no será mi responsabilidad... – bromeó Fred.
- Nos veremos más pronto de lo que creen – dijo George, guiñándole un ojo a Ginny.
Ella le devolvió la mirada, escéptica, pero conociéndolos, de seguro algo extraño tenían planeado para regresar a Hogwarts. Ella y Hermione se despidieron luego de los gemelos, y subieron al tren para encontrar alguna cabina vacía. Ron y Harry iban tras ellas cuando Fred tomó la túnica de Ron.
- ¡Hey...! A dónde vas tan rápido, hermanito... – Tiró de él tan repentinamente que Ron por poco cae de bruces sobre la plataforma. Al incorporarse, George le sacudió un poco la capa y le dirigió una sonrisa elocuente – Te tenemos un regalo – dijo, y del interior de su túnica de seda sacó un paquete mediano – Ahora no nos digas nada. Ya tendremos tiempo de conversar.
- Pórtate bien, Ronnie... persigue a Peeves en nuestra memoria...
Volvieron a guiñarle el ojo y se despidieron de Harry con un gesto, haciendo luego un pequeño chasquido con los dedos y desapareciendo frente a sus ojos. Ron no sabía qué decir pero, al mirar fijamente su regalo, una luz de satisfacción llenó su cara. Enterró las uñas en el paquete casi con apremio, desgarrando el papel, y abrió la boca de sorpresa, pasando luego a una gran sonrisa mientras extendía hacia sí su obsequio: una elegante túnica de gala azul marino con bordes plateados.
Ron la enseñó a Harry con entusiasmo, y él sólo se limitó a asentir. Regresó la vista hacia donde los gemelos habían desaparecido, como si quisiera que volvieran por un par de segundos más. Quería agradecerles por cumplir su palabra, luego de su promesa en ese mismo andén dos años atrás, mientras recibían el dinero del premio del Torneo de los Tres Magos. Pero pronto Ron le hizo volver a tierra: el silbato había sonado y si no subían pronto se quedarían sin asiento.
Corrieron por el pasillo y, como no sabían dónde estaban Ginny y Hermione, tocaron la puerta de cada cabina. Ron se adelantó un poco para buscar al final del vagón y Harry, al levantar el puño para golpear la sexta puerta, escuchó una voz grave y seca salir del interior. Se escuchaba el movimiento de varias personas en sus asientos, cuchicheando, riendo, pasando hojas de un libro. Y entre el murmullo, el tono de Malfoy dirigiéndose a alguien, en voz baja.
- ... y por eso, Padre me dijo en su última carta que tuviera cuidado. No podemos fiarnos de ella. No me explicó exactamente de qué se trataba, pero me dijo que era un fenómeno. Ha pasado de escuela en escuela... no tiene buena reputación. Y si es así, dudo mucho que quede en Slytherin...
Una voz chillona y desagradable ahogó a medias una risita estridente. Harry escuchaba atentamente tras la puerta, y al tiempo que comenzaba a pensar a quién se refería Draco, alguien tocó su espalda. Giró sobre sus pies rápidamente, sorprendido, y vio ante sí una cara familiar.
- No creerás lo que él dice, ¿verdad?
Con un bolso de mano, Stella Maris miraba a Harry de reojo. Era como si no quisiera verlo a los ojos. Se mordía el labio inferior, de alguna forma esperando que Harry pasara junto a ella y le diera la espalda.
- ¿Hablaban de ti? – preguntó Harry, desconcertado. Se apartaron un poco de la puerta, para que los estudiantes de Slytherin no los escucharan - ¿A qué se refería Malfoy?
Stella suspiró. - Sólo no le creas, ¿está bien? Júzgame por lo que soy.
La petición de Stella retumbó fuerte en sus oídos. ¿Qué quería decir eso? ¿Qué es lo que había que juzgar? Abrió la boca para volver a preguntar, pero antes de emitir algún sonido la voz de Ron se escuchó a sus espaldas. Ya había encontrado a Ginny y Hermione. Stella desvió nuevamente la mirada y caminó por el pasillo. Harry la siguió un momento después, y al encontrarse frente a la cabina, arqueó las cejas.
Sólo veía cabezas. Eran tantas las personas arrejuntadas en la estrecha cabina – alrededor de veinte – que sus cuerpos parecían fusionados. Divisó a Seamus, Dean, Hannah, Neville, Luna, Anthony, Zacharias, Collin, Susan, Dennis... pero no sólo eran rostros conocidos, no sólo eran sus amigos. Ciertamente no se trataba de una reunión casual. Como una especie de chispa, pudo notar la conexión un segundo antes de que alguien hablara.
- La Armada Dumbledore, reportándose – sonrió Hermione, al tiempo que Seamus y Dean asentían con la cabeza. Harry arregló la montura de sus lentes, sorprendido, pues no esperaba encontrarlos ahí. Recorrió con la mirada el resto de la cabina: ni rastros de Cho y su desagradable amiga Marietta. En lugar de apenarse, ni se inmutó.
- Hola a todos – saludó Harry, alegre.
Ginny suspiró hondo y tomó fuerzas para hablar, directamente al grano. - Sabemos que las cosas han vuelto a la normalidad, pero no por eso vamos a dejar las clases privadas, ¿verdad? – inquirió Ginny, casi como una súplica – Pueden ser un excelente complemento a las clases regulares. Además.. – arrugó la nariz, pesimista – no sabemos qué zopenco de profesor nos tocará este año.
Todos asintieron, de acuerdo con las palabras de Ginny. Era como si llevaran todo el camino planeando qué le dirían a Harry cuando lo vieran, cómo lo convencerían.
- ¿Están seguros de que eso es lo que quieren? – preguntó Harry, luego de sentarse incómodamente entre Ernie McMillan y Neville – Quizá ya no es tan necesario...
- Lord Voldemort ha vuelto, Harry. Cualquier iniciativa para extremar nuestra defensa y solventar nuestra fuerza, será bien recibida.
Stella pronunció la última palabra con serenidad y todos volvieron sus rostros hacia ella. Más de uno se estremeció al oír aquel nombre. La miraban de arriba a abajo, como si recién se percataran de que alguien desconocido estaba entre ellos. Además, había tenido el coraje suficiente para nombrar al “innombrable”. Sólo Ron, Hermione y Ginny le sonrieron de vuelta.
- ¿Y tú eres...? – preguntó Zacharias Smith, con cara de pocos amigos.
- Mi nombre es Stella, Stella Maris – dijo, hablando hacia todos – soy nueva en Hogwarts.
Nadie dijo nada. Luna, quien estaba a su lado, la miraba con curiosidad. Estuvo a punto de decir algo, pero se arrepintió. Quizá no era el momento. Harry miró a Stella y sintió su incomodidad, por lo que no demoró en retomar la conversación.
- Está bien, pensaré lo de las clases – dijo, sonriendo, y la mayoría comenzó a aplaudir. Hermione los regañó de inmediato, diciendo que no fueran tan eufóricos o los descubrirían. Cuando todos se hubieron callado, Harry prosiguió. – Cuando veamos nuestros horarios elegiremos el mejor momento para reunirnos y hablar sobre el tema, siempre en la habitación que todos conocemos y... – alzó la vista – Stella, si quieres, puedes venir.
Ella le sonrió, profundamente agradecida, pero no todos parecían estar de acuerdo. - ¿Cómo sabemos que ella no está del otro lado? – dijo Seamus, y Ron le dirigió una mirada de odio.
- Nosotros hemos pasado el verano con ella. Claro que está de nuestro lado... – aseguró, en un tono molesto.
- Ron... – comenzó a decir Stella, y él se calló, confundido – Tienen razón en mostrarse desconfiados. No estamos en tiempos de paz, ¿o sí? Si quieren, puedo someterme a una especie de tiempo de prueba. Ustedes decidirán.
Hubo algunos murmullos por lo bajo, pero la mayoría se mostró conforme. Harry le sonrió, pero no fue capaz de mantener su mirada por mucho tiempo. Hermione dio por zanjada la discusión, e intentó cambiar de tema, mutando rápidamente su rostro desde la alegría a la cuasi desesperación.
- ¡¿Alguno de ustedes recibió el resultado de los TIMOS?! Esperé y revisé acuciosamente mi correo todo el verano... ¡y ni una sola nota de Hogwarts!! – preguntó, con un deje de histeria en su voz.
Todos negaron con la cabeza, y aunque algunos intercambiaron un par de comentarios nerviosos, ninguno parecía tan preocupado (o interesado) como Hermione en desentrañar el misterio.
- Quizá han tenido algún problema con los resultados... de seguro lo sabremos cuando lleguemos, Hermione – respondió Harry, sin darle demasiada importancia al asunto.
Ella asintió, algo perdida, y luego abrió los ojos como platos, asustada. - ¿Y si llegáramos y nos dijeran que hay que rendir todos los exámenes de nuevo? ¡¡No he vuelto a leer la última clase de Historia de la Magia en seis días!!
Su grito debió escucharse hasta el final del pasillo. Moviéndose ágilmente hasta su mochila, a pesar de estar bastante apretada entre Ginny y Luna, sacó un libro y se sumergió en él. Ron miró a todos como diciendo “no-la contradigan-o-se-enfurecerá”, para luego retar a Harry a un partido de ajedrez mágico en el coche-comedor. Él aceptó, encantado de salir de aquel sofocante cubículo, y al levantarse giró nuevamente su rostro hacia Stella, al final de la cabina. Parecía extrañamente nerviosa, y miraba con melancolía a través de la ventana. Harry creyó que estaba a punto de llorar. Y entonces las palabras de Draco resonaron en su cabeza: “No se puede confiar en ella”. Pero, ¿acaso confiaba él en Malfoy? La miró por última vez y cerró la puerta de vidrio ahumado tras de sí. Ella lo había dicho: estaría a prueba. Esperaba no defraudarse.