17 de Mayo de 2008
Mar
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Harry Potter y el Ocaso de los Altos Elfos - Capítulo 3

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Cap. III: Sorpresas en el Callejón Diagon (Surprises at Diagon Alley)

“¡¡Un club muggle, un club muggle!!” había gritado Molly anoche, notoriamente exaltada, mientras Arthur se paseaba de un lado a otro demostrando preocupación, pero no tanta severidad como su esposa. Molly sermoneó a los gemelos durante una hora por haber llevado a todos a ese lugar, describiéndoles y repitiéndoles sin cansancio los peligros que habían corrido. “¡No me digan que llevaron sus varitas!” les preguntó, nerviosa, y ellos no contestaron. Aquello sólo significaba lo peor. Prosiguió con un extenso discurso sobre la preocupación que les había causado a su padre y a ella, pero ya pasadas algunas horas, abrazó a los gemelos con tanta fuerza que casi los parte en dos. “No soportaría perderlos” confesó al fin, y ellos la entendieron, prometiéndole que jamás volverían a ese lugar. Bueno... no con los otros, al menos.

Un fuerte rayo de sol despertó a Harry la mañana siguiente. Seguía algo contrariado por la situación de la noche pasada... le dolía la cabeza y no sabía si sentir miedo u odio. Sin buscar sus lentes, se apoyó en el respaldo de la cama y admiró la belleza del prado desde la ventana de la habitación. El día estaba hermoso... nada parecía indicar que un par de dementores habían estado muy cerca de él horas antes...

- ¡Levántense ya! Siempre al último, ¿no Ron?

La Sra. Weasley acababa de aparecer en ese instante tras la puerta. Su rostro se arrugaba en una expresión de apuro, y respiró sólo para hacer de su grito algo más amenazante.

- Ronald Weasley, te lo advierto, vístete ya o sufrirás las consecuencias...

La puerta se cerró de repente y tras eso Ron saltó de la cama, como si quisiera alejarse de una pesadilla. Harry ni siquiera emitió comentario y se vistió, siguiendo unos minutos después a Ron escaleras abajo.

- ¿Dónde están todos? – preguntó Ron, viendo que la sala y el comedor estaban vacíos.

- Se levantaron temprano, como debe ser, y fueron al Callejón Diagon. Ustedes son los últimos... – los regañó la Sra. Weasley, poniendo sus manos en las caderas y arrugando la frente – Me parece que ya no tienen tiempo de desayunar... tomen – Sacó el pequeño macetero a un lado de la chimenea y acercó con su brazo a Harry – Toma querido, usen los polvos Flu para llegar. Vamos, no demoren.

Mientras Ron intentaba comer algo deprisa, la Sra. Weasley preguntó a Harry cómo se sentía. Él no supo bien qué responder, pero ella le aseguró que Dumbledore ya había puesto a muchas personas a investigar el ataque de anoche, así que todo saldría bien. Aún no tenían pruebas de que los atacantes fueran realmente Dementores, pero sí llegaba a corroborarse, el Ministerio se enteraría.

En un par de segundos los dos ya estaban en camino. Tosiendo y con algo de ceniza en sus capas, el impulso los arrastró desde la chimenea hasta un descascarado mostrador de madera, al parecer de una tienda de animales, pues Ron ahogó un grito de espanto al notar que, junto a él, un enorme lobo disecado le mostraba las garras. El encargado sintió el golpe tras él pero ni siquiera se inmutó. Apenas los miró de reojo. “Ya debe estar acostumbrado a ver salir personas de su chimenea” pensó Harry, corriendo tras Ron hasta la salida.

Sin intercambiar demasiadas palabras, caminaron hasta Flourish & Blotts, donde de seguro encontrarían a los demás, pero en el camino se detuvieron ante la tienda de los gemelos. Harry abrió la boca de asombro: jamás creyó que vería algo así. Una impecable vitrina con contornos de madera anunciaba los productos más solicitados, todos con sus respectivas muestras en platillos dispuestos en ordenadas hileras. Arriba, un letrero luminoso (como los de neón, sólo que hecho con magia) vociferaba: “Sortilegios Weasley: Si no lo tenemos, ¡lo inventamos!”, y en la otra esquina, destacaba un pequeño buzón que decía “Sugerencias”. Tal como rezaba su slogan, la gente podía pedir determinadas bromas o dulces si los gemelos no lo tenían entre su inventario.

- ¿No podían caer más bajo, no Weasley?

Era la última persona a la que Ron deseaba oír. Draco Malfoy, vestido con un atuendo completamente negro, donde destaca su insignia de Slytherin, dirigía una mirada irónica hacia la tienda de Fred y George.

- Desaparece, Malfoy – gruñó Ron entre dientes, al tiempo que Harry intentaba controlarlo. Al parecer, estaba dispuesto a saltar sobre él en cualquier segundo.

- “Sortilegios Weasley”... ¿Es que no les basta con el ridículo de tu padre persiguiendo muggles?

Ron estaba a punto de lanzarle sus peores insultos, pero Harry lo detuvo.
- ¿Y el tuyo, Malfoy? ¿Dónde está tu padre? Seguro que debe estar pasando unas grandiosas vacaciones en Azkabán...

Draco cambió bruscamente su expresión burlesca por una de sorpresa y asco. Harry alzó una ceja, esperando alguna respuesta, pero antes de que Draco pudiera pensar en algo convincente qué decir, un grupo de Slytherin al final de la avenida lo llamaba a viva voz. Draco volteó, les hizo un gesto con la mano, y luego clavó los ojos en Ron.

- Ya nos veremos... – dijo, contrariado, y se alejó tan rápido como llegó.

Ron y Harry sonrieron, satisfechos. Giraron sobre sus pies y volvieron a admirar la tienda; les parecía genial, no importaba lo que Draco pudiera decir. Pensaron en contarle lo sucedido a los gemelos, pero no había ninguna luz dentro; posiblemente se hayan retrasado en abrir. Pensando en que los encontrarían en Flourish & Blotts, fueron hasta allá. El pasillo de piedra estaba lleno de estudiantes, acompañados de sus padres y hermanos en busca de los nuevos útiles. En la esquina encontraron un grupo particularmente ruidoso; pegando sus narices a la vitrina, admiraban, embobados, la nueva Nimbus 2004. Harry abrió la boca, pero no encontró un adjetivo que calzara con lo que estaba viendo. Era una escoba realmente maravillosa, de mago suave y brillante, y de astillas rectas para mejor deslizamiento. Tenía, claramente, cientos de cualidades más, pero era tanta la gente abarrotada frente al letrero que fue imposible acercarse más. Por otro lado, Ron le hizo un gesto para que avanzaran; los demás los estarían esperando.

El aspecto de la librería no distaba demasiado de las otras tiendas de Callejón Diagon; había tanta gente entrando y saliendo que muchos preferían simplemente sentarse a un lado de la acera y esperar, quietos, a que el movimiento cesara para poder comprar. Como pudieron, Ron y Harry se escabulleron entre un par de familias a la entrada, y encontraron un lugar para erguirse cerca de las rejas donde guardaban los últimos ejemplares de “El monstruoso libro de los Monstruos”. Ron intentó mantenerse a distancia, pero una de aquellas inquietas piezas de literatura, alcanzó a tomar el borde de su pantalón, arrancándole un pedazo. Ron gruñó, para luego suspirar, contrariado. No tenía dinero para comprar otro par de pantalones, pero Harry le aseguró que le regalaría unos. Si quería, podía tomarlo como un regalo adelantado de navidad.

Alzaron la vista, aflojaron un poco sus túnicas (apenas se podía respirar entre tanta muchedumbre) y divisaron a Hermione, muy cerca de sus padres y conversando animadamente con Ginny. Llevaba un pesado libro en sus manos y buscaba algo cerca de una estantería. Ron tragó saliva; la miró fijamente, como si debatiera internamente entre acercarse o huir lo antes posible, pero pronto suspiró y movió la cabeza. Comenzó a caminar hacia ella, pero Harry, aunque iba tras su amigo, se detuvo. Una silueta cerca de él lo atrajo fugazmente. Volteó el rostro y divisó a una joven, aunque no pudo observarla detalladamente pues había mucha gente cerca de él y no lo dejaban ver. Al parecer traía muchos libros en sus manos, y caminaba con dificultad por un pasillo estrecho. Harry comenzó a acercársele, caminando entre los clientes, y entonces tuvo una extraña corazonada. No, nada tenía que ver con su cicatriz. Era otro tipo de alarma... algo más cercano a los sentidos humanos que a las consecuencias de la magia... Sin que ella lo notara, uno de los encargados de la tienda ordenaba libros en las estanterías más altas, pero no con demasiada agilidad. Además, la escalera en la que estaba erguido comenzaba a tambalear y se caería en cualquier momento. Y así, tan rápido que no alcanzó ni a respirar, corrió hasta ella y la empujó hacia un lado, justo al tiempo en que la vieja escalera caía estrepitosamente al suelo.

Harry escuchó a lo lejos un grito colectivo. Lo que antes había sido un murmullo incesante, ahora se fundía en silencio. Tenía el pulso acelerado, pero intentó cerciorarse de que todos estuvieran bien. El encargado había alcanzado a saltar y no había sufrido ningún daño... aunque ganó una fuerte reprimenda de una señora ya bastante mayor, quien lo golpeó con su bolso de mano por no fijarse en lo que hacía. Algunos rieron ante la situación, y así Harry aprovechó para mirar a su lado... a la persona que había protegido. Una muchacha delgada, de pelo anaranjado y ojos profundamente celestes, clavaba la mirada en él. Harry se sintió ruborizar, por lo que bajó los ojos hacia el suelo y comenzó a recoger los libros desparramados en la alfombra. Al tomar un libro gordo, con tapa de terciopelo, se topó con la mano de ella en la misma dirección. Sus ojos se encontraron de nuevo, y entonces ella sonrió.

- Gracias – murmuró, y Harry sólo atinó a sonreír torpemente. La ayudó a levantarse y entonces Ron y Hermione irrumpieron en la escena.

- ¡¿Están bien?! – exclamó Hermione, acercándose con rapidez. Ron intentaba calmar su ansiedad revisando a su amigo de arriba a abajo.

- Sí, estoy bien. Es una suerte que Harry Potter siempre esté cerca cuando se le necesita – dijo ella, mirando nuevamente a Harry, mientras él apretaba los labios, avergonzado, como diciendo “no fue nada”. Entonces Ron relajó los hombros, suspirando.

- Bueno, vaya forma de conocerse... Harry, ella es Stella, Stella Maris.

Ella, que no había quitado los ojos de encima a Harry, estiró su mano, sonriendo abiertamente. Harry la estrechó, sonriendo de vuelta, pensando en que ella ya lo había reconocido. Cómo no, si había sido portada de El Profeta varias veces, y no siempre por situaciones agradables...

Se miraron fijamente un segundo, pero la voz de Hermione no tardó en interrumpir.

- Ahmmm... Stella, tu madre te espera en el recibidor. Quiere hablar contigo – le dijo, y Stella, al oír las primeras palabras, dio un pequeño salto, como si la hubieran despertado de pronto de un sueño profundo.

- Ohh, está bien... bueno, fue un placer conocerte, Harry – finalizó, sonriendo por cortesía, atrayendo sus libros fuertemente contra su pecho y desapareciendo luego entre la multitud del lugar. Harry la siguió con la vista hasta que la perdió, mientras Ron sonreía perspicaz a su lado.

El encargado que había caído de la escalera se acercó de pronto a Harry. Era un hombre extremadamente delgado, de aspecto hosco, pómulos sobresalientes y barba frondosa. Le sonrió débilmente, mientras sacudía su delantal.

- ¿Usted es amigo de la señorita?

Harry no supo qué responder, pero el tipo no parecía querer esperar réplica.
- Dígale que el libro que buscaba no está aquí, pero sé donde conseguirlo. Lo tendré el mes que viene...

Harry asintió, algo confundido, al tiempo que el encargado giraba sobre sus pies y desaparecía tras la última estantería. Y sin darle tiempo para pensar, oyó tras él la voz del Sr. Weasley.

- ¡Buenos Días, Weasleys! – gritó entusiasmado tras abrir la puerta, y un segundo después varias cabezas rojizas esparcidas por la tienda respondían un eufórico “¡Buenos Días, Papá!”. Harry frunció el ceño al notar que Stella, unos pasos lejos de su madre y escondiéndose tras una señora gorda y extravagante, también se unía al saludo. El Sr. Weasley se acercó a ellos, abrazó a Ginny, revolvió el cabello de Ron y, sonriendo como sólo un padre lo hace, miró a Stella y le guiñó un ojo. Ninguno de los demás pareció oponerse; es más, la Sra. Weasley parecía encantada.

Entonces volteó, mientras daba su maletín a su esposa.
- ¡Harry! – dijo, dando unos pasos hacia él y estrechando su mano. Le susurró que el ataque de anoche estaba siendo investigado, que lo mantendría al tanto de los detalles, pero antes de terminar su última frase divisó a dos altos pelirrojos en una esquina – ¡Ah! Ahí están mis empresarios favoritos... – dijo, apuntando hacia Fred y George, quienes vestían unas lujosas túnicas de seda verde y hablaban animadamente con algunos adultos. Sin mucho preámbulo, los gemelos abrazaron a su padre, mientras él los admiraba con orgullo – Véanse nada más... les ha ido bien, ¿no? – Ambos asintieron, estirando la base de sus capas. Él les dio unas palmadas en sus mejillas, felicitándolos, y luego regresó la vista hacia el resto de la familia. Draco, en tanto, los observaba con odio desde uno de los pisos superiores.

Sin que los demás lo notaran, la Sra. Weasley hizo un gesto a su marido, como señalando a sus espaldas, y el Sr. Weasley pareció entender. Arqueó las cejas, suspiró, y se dirigió con paso firme hacia donde se encontraban Stella y su madre, algo ajenas a lo que sucedía a su alrededor. A juzgar por sus rostros, parecían enfrascadas en una acalorada discusión.

Arthur Weasley se acercó lo más que pudo, se quitó el sombrero e hizo una pequeña reverencia ante ellas. Stella sonrió ampliamente, pero su madre no demostró demasiada gratitud. Sólo se limitó a hacer un gesto de mínima cortesía, y al tiempo que el Sr. Weasley volvía a colocar su sombrero sobre su cabeza, Stella dio unos pasos hacia atrás, dejándolo solo con su madre. Ella era una mujer esbelta, enfundada en una túnica de color azul cielo y de cabellos dorados que brillaban con cada movimiento. Su rostro era algo pálido pero de facciones suaves, donde destacaban sus ojos, redondos y celestes, los mismos que evidentemente Stella había heredado. Si no fuera por su aspecto sombrío y la eterna mueca de disgusto en sus labios, Harry la habría encontrado muy atractiva... Y bueno, Stella no se quedaba atrás.

- Ehmm... Harry... ¿Podrías ayudarme?

Stella había caminado hasta él con un monte de libros, algunos muy pesados los cuales amenazaban con caer al piso en cualquier momento. Harry dio un salto cuando la vio y, ruborizado por su aparición justo cuando estaba pensando en ella, reaccionó lo más pronto que pudo, aligerando su carga. Mientras Stella bajaba la mirada, divertida por el rostro de Harry, él no pudo dejar de notar la tensa conversación entre el Sr. Weasley y la Sra. Maris.

- ¿Sucede algo malo? – preguntó, apuntando hacia los dos adultos, y Stella suspiró algo incómoda, como si no estuviera segura de si debía hablar o no. Pero cuando quiso pronunciar una palabra, Hermione, Ron y Ginny aparecieron por una esquina. Hermione traía un ejemplar de El Profeta en su mano derecha.

- El ataque de ayer salió en portada, obviamente... – comenzó a decir, mientras mostraba a todos una de las páginas anteriores – Dicen que no pueden asegurar que hayan sido Dementores, pero que como Tú-sabes-quién ya regresó, hay que estar alertas...

- Es lo más sensato – opinó Stella, muy segura y confiada. Harry la miró fijo – Por fin el Ministerio ha decidido con prudencia qué posición tomar...

Ginny asintió.
- Sin mencionar que no enviará a otro “inquisidor” este año...

- No soportaría otro año de lectura silenciosa – opinó Ron, y todos se mostraron de acuerdo – ...aunque tampoco estoy dispuesto a soportar otra clase de Snape, pero supongo que no tengo alternativa... – bromeó, y Ginny rió bajito.

Stella le dirigió una mirada de regaño, aunque luego sonrió.
- Es muy importante para una buena defensa el que tomemos en serio las clases de Pociones, Encantamientos... ahmm... – pensó un momento - ¿Quién es el profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras en Hogwarts?

Todos se miraron, mezclando confusión y vergüenza, pero Harry tomó la palabra.
- Esa es una buena pregunta... – dijo, arrugando la nariz – Por distintas circunstancias, hemos tenido uno distinto cada año... y rezando porque no vuelva Umbridge, me parece que estrenaremos nuevo profesor en una semana.

Stella recibió la información casi anonadada, pero luego sólo se encogió de hombros.
- Bueno, espero que sea alguien calificado. Siempre ha sido mi asignatura favorita... – y añadió, orgullosa – Quiero ser una Auror.

Harry abrió los ojos como platos. Estuvo a punto de decir “yo también” cuando Hermione se le adelantó.

- Será una opción cada vez más común en los tiempos que vienen. Con una guerra encima, todos querrán participar, pero bien preparados y armados...

- ...aunque dicen que es muy difícil entrar a la Academia de Aurores – acotó Ginny – McGonagall me dijo que necesitas calificaciones muy altas en todas las asignaturas, además de pasar un examen preliminar donde ven tus aptitudes de Defensa...

- Nadie dijo que ser Auror fuera algo fácil... – respondió Stella, enseriando su tono de voz. Bajó la mirada, como si recordara algún episodio amargo - ...pelear por lo que uno cree nunca ha sido fácil...

Hermione y Harry compartieron una mirada de confusión, y aunque ella intentaría preguntarle algo al respecto, pronto escucharon la voz del Sr. Weasley.

- Bien muchachos, hemos terminado. Molly tiene todas sus cosas...

Todos asintieron. Stella miró hacia atrás, donde su madre la esperaba, y suspiró. Luego Ginny y Ron se acercaron para despedirse, y aun cuando el Sr. Weasley hizo un extraño ademán, como advirtiéndoles que no se acercaran demasiado, igualmente la abrazaron fuerte, diciéndole que la verían muy pronto, en Hogwarts. Realmente parecía que les apenaba tener que separarse... Hermione también se despidió con afecto, y cuando le tocó el turno a Harry, no pudo moverse. Es decir, quería despedirse, decirle algo amable al igual que los otros, pero no le salían las palabras de la boca. Stella lo miraba divertida, como instándolo a que dijera eso que intentaba decir. Al ver que Harry seguía algo trabado, Hermione lo tomó de un brazo, sonrió forzadamente hacia Stella y lo llevó a la salida, a donde ya habían caminado los demás.

Harry se detuvo un momento en la puerta. Se golpeó en la frente por ser tan estúpido, y luego giró su rostro para ver si podía enmendar el papelón que había hecho. No obstante, prefirió quedarse quieto, a fin de escuchar las palabras del Sr. Weasley al despedirse de Stella.

- Stella, querida, te deseo mucha suerte. Ya sabes que Molly y yo estaremos atentos a tus cartas, no olvides de escribirnos seguido... – Titubeó, pero Stella sonrió. Lo abrazó fuerte, y él le dio unas palmadas en la espalda - No estarás sola... Ron y Ginny se encargarán de hacerte sentir como en casa. De verdad te deseo mucha suerte... – Alzó un momento la vista y divisó a la Sra. Maris, quien se aproximaba lentamente hacia ellos. No queriendo quedarse más de lo necesario, le besó en la frente y le sonrió, caminando con rapidez hasta la salida, donde se encontró con Harry. Ambos salieron.

- Cuídala, Harry – pidió el Sr. Weasley, mientras caminaban por el Callejón Diagon de regreso a la madriguera. Él asintió, pero sin entender a cabalidad sus palabras. Algo muy misterioso rodeaba a Stella, y él, principalmente él, estaba ansioso por descubrirlo...

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