17 de Mayo de 2008
Mar
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Harry Potter y el ocaso de los altos elfos - Capítulo 2

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Cap. II: Música... y Dementores (Music and Dementors)

Con esfuerzo, y a través de la atenta mirada de los Dursleys, Harry empujaba su baúl escalera abajo. Lo arrastró hasta la puerta de entrada, colocó la jaula de Hedwig sobre él, y luego se frotó las manos. Aprovechó el lugar y el momento para observarse en el espejo del pasillo y chequear que todo estuviera en orden. No se consideraba demasiado atractivo, pero lo cierto es que el pasar de los años habían puesto de su parte: Harry se había convertido en un interesante muchacho de 16 años, con muchas oportunidades por delante.

- Duddykins, querido, deja de golpear ese florero o lo quebrarás - murmuró tía Petunia desde la esquina opuesta de la cocina, dirigiendo la voz a su hijo pero vigilando atentamente, por el rabillo del ojo, los movimientos de Harry.

Dudley, sentado en un pequeño banquillo y con sus guantes de boxeo en el regazo, miraba a Harry desde el umbral del comedor. Rumiando una contestación para su madre, dejó el florero donde estaba, volteándolo un poco para que ella no advirtiera una profunda grieta reciente. Con los brazos cruzados a la altura del pecho, se mordía el labio inferior y fruncía el ceño constantemente, gesto que al parecer denotaba una intensa actividad en su pequeño cerebro. Harry era todo lo que él jamás sería: Alto, delgado, atractivo, famoso. Ninguno de sus amigos le escribía tan seguido como los suyos a Harry. De hecho, nunca había recibido una carta de nadie. Incluso el hecho de que Harry tuviera a una mujer como mejor amiga (refiriéndose a Hermione) le hacía temblar de envidia.

Tío Vernon notó en el rostro de Dudley algo de ese resentimiento y movió con desagrado su espeso bigote, mientras agitaba lentamente la carta de Ron en su mano. Se movía de un lado a otro por detrás del sofá de la sala, inquieto. Harry no le había preguntado nada: sólo se limitó a darle la carta para que supiera qué es lo que iba a suceder, pero nada más. Tuvo que deslizarla sobre la mesa pues, apenas apareció en la cocina, Vernon desvió la mirada hacia su periódico y se hundió en él, evadiendo a su sobrino con absurda notoriedad. Pero Harry no dijo nada. Se encogió de hombros, dejó la carta a un lado de sus tostadas y volvió sobre sus pasos hasta las escaleras. Y Vernon, conteniéndose, guardó silencio hasta que lo escuchó cerrar la puerta de su habitación.

Había sido su nueva táctica este año: no insultarlo, no desafiarlo... no hablarle. Prefería aguantarse las ganas de gritarle antes de recibir la visita de aquel horrendo tipo del ojo giratorio o de ese otro... ese loco pelirrojo de apellido Weasley. Giró la vista y observó la sala con detención. “No más lunáticos en mi casa” se dijo, refunfuñando otra vez bajo su bigote. Pero, contrario a lo que él hubiera esperado, Harry no parecía disgustado con aquel silencio; es más, daba la sensación de que lo disfrutaba. El hecho de hacer la vida de Harry algo más agradable perturbaba profundamente a Vernon, pero no echaría pie atrás. No le hablaría, nadie en su familia lo haría, y eso era todo.

Tía Petunia observaba todo tras el hombro de su marido, sin abrir la boca. Lo cierto es que no le preocupaba lo que él hiciera: sabía que Harry estaría bien allá, en Hogwarts, donde realmente pertenecía. Había pensado en la posibilidad de contarle algunas cosas, darle algunas pertenencias de Lily que aún recidían en el sótano... aunque no le hablaría de ella. Su hermana era un tema vedado en su casa... muy doloroso. Era cierto que últimamente Harry había estado muy melancólico, suspirando en los pasillos, y aquello le preocupaba... pero no era suficiente razón como para traspasar una barrera de años y comenzar a tratarlo como su hijo. Vernon jamás se lo permitiría. Debían seguir con la rutina de siempre: miradas displicentes y ley de la indiferencia. Harry no podía sospechar.

- Entonces, ¿todo bien? - dijo Harry al voltear, sintiéndose repentinamente observado.

- Estos.. hmm... estos amigos tuyos, ¿vendrán de nuevo por la chimenea? - preguntó Tia Petunia, algo agresiva, aunque en el fondo Harry sentía que sólo lo hacía para disimular frente a su marido. Durante el último mes había notado en su tía un cambio sustancial, un apego que sólo podía compararse con aquel que le profesaban sus amigos... pero no había querido pensar mucho en ello. No quería desilusionarse (una vez más) por culpa de una falsa impresión.

Tío Vernon se agitó la escuchar las palabras de su esposa. Giró sobre sus pies y le dirigió una mirada de apremio, enfadado quizá por tener la osadía de contradecir la regla de silencio que ellos mismos habían impuesto desde que Harry regresó de Hogwarts. Encogiéndose de hombros, e intentado parecer inocente, tía Petunia miró a Harry para escuchar lo que tuviera que decir.

- La verdad es que no lo sé - respondió Harry unos segundos después, sorprendido de que por fin le hablaran, al traer a su mente la escena de los Weasleys cayendo por la chimenea y estropeando la estufa eléctrica de Tio Vernon - Pero no creo que viajen por Polvos Flu... supongo que todavía recuerdan lo que pasó la última vez.

Dudley, aún sentado tras la mesa de la cocina, abrió los ojos al máximo y se tapó la boca con las dos manos, cerrando los ojos. Recreó en su mente aquel minuto en que su lengua fue tan grande como la alfombra de la entrada, y comenzó a sudar. Rezó porque los gemelos Weasleys no regresaran jamás a su casa, pero antes de que pudiera terminar aquella torpe y angustiante plegaria, alguien golpeó a la puerta. Sonriente pero algo nervioso, Harry corrió a abrir.

- Ron - dijo, y sin esperar respuesta, lo abrazó fraternalmente.

- A mí también me da gusto verte, Harry - exclamó Ron, respondiendo al abrazo y luego mirándolo de arriba a abajo - Vaya... sí que tomaste mis palabras al pie de la letra. Te ves bien - comentó, señalando la ropa nueva de su amigo.

- Tú también te ves bien... ¿puedes decirme cuál es la ocasión tan importante?

Ron sonrió a medias y volteó el rostro para que Harry intentara responderse él mismo. Ahí, aparcado junto a la reja del n°4 de Privet Drive, un auto muy similar al antiguo Ford Anglia, pero de color negro, esperaba por ellos. Y quien conducía parecía ser uno de los gemelos.

- Mamá y Papá han debido salir por un asunto urgente... claro que no quisieron decirnos nada - aclaró, arqueando una ceja - y nos han dejado a cargo de Fred y George. Le he dicho a mamá que es una locura, pero al parecer tenía cosas más importantes en qué pensar... - dijo, mirando por sobre el hombro de Harry. Los Dursley parecían muy interesados en su conversación, por lo que Ron bajó un poco la voz - Como imaginarás, el negocio de mis hermanos se ha convertido en una mina de oro. Ahora son unos grandes empresarios. Y no sé cómo pero acaban de cerrar un trato con un brujo que tiene una tienda o algo cerca de aquí... en terrenos muggles. Si mamá llega a enterarse, iremos a Hogwarts en un carro funerario - bromeó, más ensombrecido que entusiasmado, e hizo una pausa para que Harry terminara de procesar la nueva información. Luego continuó - Deben ir a supervisar no sé qué nuevo invento... y como no pueden dejarnos solos en la madriguera, tendrán que llevarnos a todos. Por eso te pedí que te vistieras bien... Nos obligaron a todos a usar nuestros mejores atuendos - finalizó, suspirando algo incómodo.

-¿...en terrenos muggles? - repitió Harry, haciendo una mueca de reticencia.

- Sí, pero no te preocupes, ya sabes cómo son mis hermanos... arriesgados, pero no tontos. Fred nos ha dicho que nos divertiremos, que ya es tiempo de que frecuentemos esos sitios porque ya no somos unos niños... aunque no sé qué sitios son esos.

Harry arqueó las cejas ante ese comentario, pero intentó sonreír. Claramente Ron ya no era el niño que Harry conoció hace seis años: estaba mucho más alto (si acaso eso era posible) y su voz se había puesto tan ronca que era prácticamente irreconocible. Le agradaba saber que ya no eran niños, pero le asustaba pensar en las múltiples responsabilidades que tendría ahora, ya como adulto.

Volvió sobre sus pasos y tomó la jaula de Hedwig, la cual pasó oportunamente a Ron para luego tomar un lado de su pesado baúl. Echó una mirada a los Dursleys, quienes lo miraban desde la cocina sin decir una palabra, y movió una de sus manos. Dudley había vuelto a golpear el jarrón de la sala.

- Adiós, hasta el próximo verano - se despidió, y al no recibir nada como respuesta, se encogió de hombros y cerró la puerta tras de sí. Ron lo miró como pidiendo una explicación - Supongo que tienen miedo hasta de hablarme, luego de que Lupin los amenazara en junio pasado - contestó, y Ron asintió. Pero en ese instante la puerta volvió a abrirse, dejando ver la cara enjuta y rosácea de Tía Petunia.

- ¡Harry, espera! - gritó, corriendo con una pequeña bolsa de papel en su mano derecha. Harry se detuvo justo antes de abrir la reja, sorprendido - Toma, olvidaste las verduras de Hedwig. Ehhhmmm... que tengas un buen año escolar.

Harry demoró varios segundos en comprobar que no era una ilusión aquella bolsa que Tía Petunia le extendía con tanta amabilidad... con tanta cortesía que comenzó a asustarlo. De pronto creyó que estaba metido en uno de esos extraños programas muggle, que de un momento a otro aparecería un tipo entre los matorrales y le diría: “¡Cámara escondida!”. Pero no, nada pasó. Tía Petunia seguía sonriéndole, nerviosa, mientras Ron ponía cara de interrogación.

- ¡Petunia, qué haces! - gritó Tío Vernon desde la puerta de entrada, arrugando sus pequeños ojos en un gesto de histeria - ¡Te dije que estaba prohibido hablarle!

Tía Petunia bajó la mirada un momento, dejando la bolsa de papel sobre el baúl de Harry.
- ¡Voy, Vernon, querido! - gritó, al tiempo que volvía a sonreír a Harry sin que su marido lo notase y regresaba sobre sus pasos hacia la casa.

- Gracias Tía Petunia - habló Harry mientras ella se alejaba, inseguro sobre cómo debía actuar ante tan insólita muestra de afecto - Te deseo un buen año también.

Petunia agradeció las buenas intenciones y entró rápidamente a la casa, cerrando la puerta tras de sí. Unos segundos después se escucharon nuevos gritos de Tío Vernon, y, por primera vez, Harry sintió lástima de Tía Petunia. En el fondo, deseaba que ella estuviera bien. Incluso, descabelladamente, pensó en que quizá le escribiría. Aunque no sabía si merecía tanto.

Ron le dirigió una mirada de apremio y pronto estaban acarreando sus cosas hacia el auto. No sabía si comentar algo sobre lo que había visto; sabía que los tíos de Harry eran extraños, agresivos, descorteces e incluso algunas veces un poco crueles, pero lo que acababa de ver salía olímpicamente de esos parámetros. Quería decir algo al respecto, pero como Harry no daba indicios de querer hablar de ello, él también calló.

George bajó del auto para ayudarles a cargar las cosas en el maletero. Harry le estrechó la mano y observó atentamente su atuendo: vestía un impecable traje negro, y su mirada traducía lo bien que les había ido, a él y a su hermano, en su negocio de bromas. Harry se alegró mucho por ellos, y no pudo dejar de comentar su próximo destino.

- ¿Es cierto que un brujo es dueño de una tienda muggle?

- Mmm.. no es exactamente una tienda.. pero sí, así es - contestó George, arreglando la solapa de su chaqueta - Fred y los demás ya están allá. Nos están esperando.

Harry asintió levemente, al tiempo que Ron abría la puerta del copiloto.
- Sé que suena extraño, pero ya tengo curiosidad por conocer ese lugar. Lo pasaremos bien, ya verás.

Pasarlo bien... qué extraño y lejano sonaba para Harry aquel sentimiento, pero intentó despejar su mente y así poner de su parte. Los Weasley hacían constantemente un gran esfuerzo por acogerlo y hacerlo sentir querido... tenía que retribuir aquello de alguna forma. Y, sin perder más tiempo, subieron al auto. Harry dirigió una última mirada hacia la casa de los Dursleys, y se sintió confusamente triste. Comenzaba a pensar que hubiera preferido haber visto más seguido aquella extraña pero confortable actitud de Tía Petunia... pero no podía pedir tanto. Mientras, sonrió débilmente al pensar en la cena. Esperaba que Dudley se atragantara con su jamón serrano.

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Un gran galpón con un sugerente letrero luminoso en la entrada fue lo primero que vio Harry al bajar del auto. Al menos una docena de personas se agolpaban para entrar, todos adolescentes. A simple vista parecía la típica entrada de una discoteque londinense, pero Harry dudaba que Fred y George hubieran cambiado sus bromas por luces y pistas de baile. Se sintió algo aturdido, pero repentinamente feliz... nunca había estado en un lugar así. Incluso, raudo, pensó en la posibilidad de bailar. “Aunque... pensándolo bien, quizás no” se dijo, recordando un pequeño detalle. Él no bailaba, no sabía hacerlo y no le agradaba practicarlo, por lo que seguiría con esa filosofía hasta que alguna urgencia o situación extrema (como ser amenazado con la maldición Cruciatus, por ejemplo) lo obligara a lo contrario.

- Vamos - convino George, caminando hacia la entrada. Ron y Harry lo siguieron de cerca.

Un hombre grande y corpulento, que recordaba por tamaño a Hagrid, custodiaba la entrada selectiva a aquel lugar. Tenía una pequeña lista en sus manos, buscando y tachando a las personas que entraban y salían. George se coló olímpicamente entre la multitud y se paró frente al tipo con una suerte de superioridad en su tono de voz. Carraspeó un par de veces para que éste notara su presencia.

- Ejem... George Weasley - dijo, y el tipo lo miró con cara de pocos amigos. Buscó su nombre en la lista y volvió la mirada, sin inmutarse. Dio dos golpes a la puerta continua y ésta se abrió, dejando escapar los fuertes murmullos y la música estridente del lugar.

- Adelante - dijo, y George asintió. Hizo un gesto para que Ron y Harry lo siguieran, y los tres cruzaron la puerta, caminando escaleras abajo.

Harry imaginaba algo parecido a lo que vio. Una gran pista de baile al centro, el bar a un costado y un sitio de mesas justo en la esquina opuesta, todo levemente iluminado por varias luces de colores que giraban desde algún punto del techo. Había visto sitios similares en algunas revistas que la Sra. Figg guardaba bajo la mesita del teléfono, o en el noticiero, cuando el hecho más importante del día había sido la noche de juerga de algún miembro de la realeza... pero jamás creyó que él, el insano- descarriado-rebelde allegado de los Dursley, pisaría algún día uno de esos lugares. Además - y era lo más importante de todo - no podía entender cómo un mago estaba a cargo de un sitio muggle, aunque pensó que quizá no le gustaría saber la respuesta. El lugar estaba medianamente lleno, y George suspiró de satisfacción, estirando su chaqueta.

- Nada mal, ¿no? - dijo, y Ron sonrió. Pareciera estar disfrutando su primera salida - Vamos a buscar a los demás.

Terminaron de bajar por la estrecha escalera y caminaron lentamente hacia el bar, admirando a la multitud que bailaba y conversaba animadamente. Los rostros tanto de Harry como de Ron parecían absurdamente pasmados, como si fueran dos niños pequeños visitando el zoológico por primera vez.

- Hola Harry - saludó Ginny de repente, bajándolo de la nube.

Ginny y Hermione estaban sentadas, una al lado de la otra, cerca de la barra. Hermione no parecía demasiado feliz; estaba absorta en el vaso frente a ella y suspiraba fuerte y profundo, como si acabaran de darle la noticia de la muerte de algún familiar. Cuando notó que Harry y Ron se acercaban, cambió su gesto triste a uno de cuasi espanto.

- Oh, hola Ginny - respondió Harry, algo aturdido por la reacción de Hermione, sentándose en uno de los banquillos del bar.

- Hola Harry... ho-ho-hola Ron - balbuceó Hermione, y Harry habría jurado que se sonrojó al saludar a su amigo. Volteó para ver si él también lo había notado, pero se encontró con una escena parecida: Ron enrojecía lenta pero notoriamente, con la vista hacia el suelo, como si nada importara más en el mundo que la alfombrilla a los pies de la barra.

- Eh... los dos se ven muy bien - comentó Ginny, sutilmente divertida. Miró hacia ambos lados, hacia Hermione y luego hacia Ron, y sonrió - Bueno Harry, ¿Qué te parece el lugar? - comenzó a decir, intentando suavizar el repentino ambiente tenso que se creó - Mamá nos matará si se entera de que estuvimos aquí - recordó, pero más que preocupada parecía entusiasmada, siguiendo el ánimo de los gemelos.

- Está... supongo que está muy bien... - respondió, inseguro - Me declaro en completa ignorancia. Jamás había estado en un lugar así...

- Yo tampoco, pero gracias a mis hermanitos podremos venir muy seguido... - dijo, sonriendo ampliamente, y George levantó su copa hacia ella, tomando un sorbo. Junto a la copa de George había dos cervezas de mantequilla, y Harry saltó hacia atrás, mirándolo con terror. Luego se le acercó con sigilo.

- ¿También hay cervezas de mantequilla en el mundo muggle? - susurró, sorprendido.

George sonrió ampliamente.
- Desde hoy, sí - contestó, pasando las botellas hacia él y Ron, quien se encogió de hombros.

- ¿Pero... cómo? ¿No los meterá en problemas? - preguntó, arrugando la frente.

- Nos hemos instruido muy bien en el asunto, Harry, no te preocupes - dijo, acentuando algunas palabras como si estuviera dirigiéndose al mismísimo Ministro de Magia - Hablé con doña Rosmerta, la dueña de Las Tres Escobas, y me dijo que la elaboración de la cerveza de mantequilla no le pertenecía a nadie en especial. Se había hecho tan popular que ahora cualquiera podía tener su propia fábrica... Además, el mundo muggle saca tantos productos nuevos al comercio como si los amenazara una avalancha... Cuando prueben la “Cerveza Mágica” (Así la nombramos), Fred y yo tendremos tanto dinero como para comprar el castillo de Hogwarts...

- O para regalarle unas largas vacaciones a Mamá... - intervino Ron, y George le guiñó el ojo, cómplice.

Harry no tuvo más remedio que sonreír. No estaba convencido de qué tan inofensivos podían ser sus negocios con muggles, pero no quiso preocuparse demasiado. Chocó su botella con Ron, tal como un brindis, y tomaron un gran sorbo. Entonces Ron, luego de mirar fugazmente a Hermione y evitando su mirada tan rápido como le fue posible, frunció el ceño hacia su hermana.

- Y hablando del Rey de Roma... ¿Dónde está Fred? - preguntó, y Ginny se movió en su asiento.

- Hace media hora que no sale de la pista - dijo, apuntando hacia la derecha - Está bailando con Stella, sólo para presumir - sonrió, y Hermione hizo eco de ésta, aunque tibiamente.

Como luego de aquel comentario todos volvieron a sus conversaciones anteriores, Harry los observó con un gesto de interrogación. Parecía ser el único que se había perdido en los detalles.

- ¿Quién es Stella?

Ron terminó de tragar su cerveza de mantequilla y miró a Harry como si hubiera olvidado algo muy importante.

- Pues esa era una de las cosas que tenía que contarte, amigo.. - dijo, dejando su botella sobre la barra - Stella llegó a la madriguera hace dos semanas. Va a estar con nosotros en el sexto curso de Hogwarts.

- Viene de algún lugar de América... no sé cuál exactamente, pero lo importante es que es nueva en Hogwarts y hay que integrarla... es lo que nos ha repetido Mamá incansablemente... - dijo Ginny, entornando los ojos.

George asintió ante el comentario, sonriente. Luego se apoyó sobre la mesa, llamó al tipo tras la barra y, luego de decirle algo al oído, volvió a su posición original.

- Es muy inteligente y divertida... en realidad ha sido muy agradable tenerla en casa - continuó Ron, dando un nuevo sorbo a su cerveza.

Harry asintió levemente, girando su mirada hacia la pista para ver si podía distinguir a Fred y Stella entre la gente. Lamentablemente el sitio estaba casi lleno y era imposible ubicarlos.

- ¿Fred está saliendo con ella?

Al unísono, George y Ron escupieron lo que sea que estaban en proceso de tragar, mientras Ginny y Hermione reían como si hubieran escuchado un chiste excelente.

- ¿Estás loco? - respondió Ron, divertido, tomando un par de servilletas de la barra para limpiarse - Stella es... es como mi hermana...

Los demás asintieron como si aquella información fuera prácticamente obvia. Harry no supo cómo reaccionar, salvo encogerse de hombros, algo avergonzado. Nunca terminaba de enterarse de las cosas, sobre todo si tenían que ver con magia.

- Se quedará con nosotros hasta mañana. Cuando vayamos a Diagon Alley a comprar nuestros libros, su madre irá a buscarla allá. Al parecer estaba en un viaje importante y por eso no pudo llevarla...

Harry volvió a dirigir su mirada hacia la multitud, por si Fred y Stella aparecían, pero era tanta la gente que se movía incesantemente al compás de la música que era imposible distinguir sus siluetas. Además, las luces tenues del lugar no ayudaban demasiado. A su lado, Ron tomaba su último sorbo de cerveza, preso -según Harry- de un nerviosismo incontrolable. Suspiró, levantó la vista y estiró su camisa. Sólo le faltó persignarse. Sin siquiera reparar en la mirada perpleja de Harry, caminó sigiloso por un costado y se acercó, casi temblando, hacia donde estaba Hermione, conversando animadamente con Ginny.

- Ahh... ehhmmm... - comenzó, tartamudo, e intentó evitar la mirada risible de Ginny - ¿P-Podemos... es decir... p-podemos hablar un m-momento?

Hermione evitó un segundo los ojos de Ron, asustada, como si en lugar de sugerirle una conversación él hubiera dicho: “Hermione, acabas de reprobar todos los exámenes”. Se mordió el labio inferior y suspiró. Luego volvió su rostro hacia él, sonriendo a medias, nerviosa.

- Está bien, vamos.

Harry alzó una ceja, más confundido que antes, pero sonrió ante la escena. No se lo hubiera esperado. ¿Qué había sucedido entre sus dos mejores amigos? Nuevamente, todos parecían muy enterados de las novedades, menos él. George intercambió una mirada más que elocuente con Ginny, alzando sus bebidas y brindando por algo que sólo murmuraron, tan bajito que Harry no lo pudo oír. Pero él no deseaba quedarse con la duda. Cualquier cosa que involucrara a Ron o Hermione era de su incumbencia directa... o al menos así lo creía. Entonces se sentó junto a Ginny y se inclinó, con el ceño fruncido como si exigiera una explicación. Estaba a punto de pedirle que le relatara todos los detalles que desconocía, pero...

Justo en ese momento, el grito desesperado de una mujer proveniente de la entrada irrumpió en el lugar. Todo se sumergió en un espeso silencio, y de un segundo a otro, las luces comenzaron a parpadear como si la fuente estuviera fallando. Pronto la música dejó de sonar, dando paso a un cuchicheo general, asustados, preocupados. Todas las miradas se dirigían hacia la escalera, todos querían saber qué había pasado... y entonces la cicatriz de Harry comenzó a arder. Hizo una mueca de dolor y se llevó una mano hacia su frente, gesto que sus amigos no pudieron dejar de notar. Intercambiaron una mirada de pánico; la cicatriz de Harry había resultado ser un buen radar de peligro en otras ocasiones. George, tragando saliva, les advirtió que se mantuvieran donde estaban.

- Yo iré a ver - murmuró y, camino a las escaleras, Harry lo tomó del brazo, adelantándose.

- Yo iré contigo - dijo, tajante - Si es quien tememos que es, necesitarás mi ayuda.

En el fondo, George sabía que Harry tenía razón, así que asintió, temeroso, y subieron juntos. Harry apenas lograba divisar la salida... las luces eran muy tenues, y la escalera era tan estrecha que tropezaban al andar. No quería preocuparse más de lo necesario, pero de un segundo a otro su corazón se llenó de miedo... no estaba preparado para enfrentarse a Voldemort. No ahí, no con tantos muggles alrededor, no así de indefenso... no sin su varita.

Al llegar a la puerta, una docena de personas se reunía en torno a un cuerpo caído cerca de la calle. Había policías en todas partes, el tráfico estaba suspendido en casi toda el área colindante y la entrada al lugar había sido bloqueada por una gruesa banda amarilla que decía ‘NO PASAR’. Como pudieron, Harry y George pasaron sobre ella, se escabulleron entre algunos transeúntes y se acercaron con sigilo. Harry estudió su entorno: Todas las personas tenían una expresión de asco y horror en sus rostros, intentaban protegerse con sus abrigos como si hiciera un frío insoportable, y nadie distaba de una verdosa palidez. Además, el cielo parecía haberse fundido en un negro profundo, gélido, sin dar paso ni a las estrellas ni a la luna. Entonces volvió el rostro hacia el pequeño grupo de peritos, elevó la vista sobre ellos, y lo vio: el cuerpo inerte de una mujer, con el peinado revuelto y el rostro calavérico, marcado con un elocuente gesto de pánico en él.

- Fue instantáneo - explicó un tipo de gorra, inclinado sobre el cuerpo, a otro que esperaba instrucciones a su derecha - Un infarto, al parecer.

Harry cerró los ojos y apretó los puños. No, no había sido un infarto. Estaba seguro... uno o más Dementores acababan de estar ahí. Pero lo más seguro de todo: no venían por el alma de aquella mujer. Lo buscaban a él.

George lo miró, nervioso. Harry asintió; ambos habían llegado internamente a la misma conclusión. ¿Por qué habían mandado Dementores otra vez? ¿Estaría Dolores Umbridge, o quizá el Ministerio, detrás de esto? Sin poder concentrarse bien, sintió una mano en su hombro.

- No pueden estar aquí - habló uno de los uniformados, quien parecía tan asustado como el propio cadáver - Vuelvan adentro.

George asintió, tomó el brazo de Harry y corrieron hacia la entrada, pero no pudieron bajar las escaleras ya que, en dirección contraria, cientos de personas intentaban salir del club con premura. George y Harry se hicieron a un lado - antes de que la multitud lo hiciera primero - mientras buscaban a los demás entre la gente. Harry, nervioso, creyó ver el cabello de Hermione, y sin pensarlo demasiado la siguió. Pronto Ron se unió a ellos, y apenas el Ford Anglia negro estuvo en marcha en mitad de la calle, subieron a él.

Desde la ventanilla, Harry veía la expresión de las personas al pasar junto al cadáver. ¿Qué podía haber sido tan horrible... tan espantoso como para provocar una muerte de esa naturaleza? Pero nadie se detenía a pensar; simplemente volvían la vista hacia el frente y se apresuraban hacia sus respectivos automóviles. “Los muggles no están preparados para enfrentarse a un Dementor” concluyó Harry, trayendo a su mente el recuerdo de Dudley, estupefacto y aterrado, desmayándose sólo con sentir la cercanía de un guardia de Azkabán. Hermione y Ron no intercambiaron palabras, pero Harry podía suponer que en sus cabezas trazaban aquellas mismas ideas.

- Papá vendrá por nosotros en un segundo - dijo Fred repentinamente, sobresaltándolos, al tiempo que su rostro aparecía por la ventana del copiloto - Yo lo esperaré junto con Ginny y Stella. Los veré en casa.

George hizo un gesto de entendimiento, volteó hacia los asientos traseros para asegurarse que Harry y los demás estuvieran bien, y puso el pie en el acelerador, produciendo un fuerte sonido que retumbó en cada ventana del vecindario. Como era de esperarse, los gemelos se sentían muy culpables por lo sucedido: habían arriesgado la vida de todos... por nada que valiera realmente la pena. Era un buen negocio, pero quizá debían replantear sus prioridades. George pensó en su madre y se agito fuertemente a causa de un escalofrío. Antes de poder seguir con su tienda de bromas, tendrían que desenterrarlos... pues Molly haría con ellos - estaban seguros - unas bonitas lápidas en el huerto de la madriguera.

Harry no podía dejar de pensar en lo que acababa de suceder: la sirena de una ambulancia lejana le recordaba segundo a segundo que un muggle inocente acababa de morir. Muerto por su culpa. ¿Por qué ahora? Sólo habían muerto muggles cuando Voldemort había impuesto su tiranía del terror... ¿Acaso estaba comenzando, en el silencio de los bandos, la segunda guerra?.

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