Blog de alexrod94
En estes blog comentaré noticias interesantes, tanto del mundo de los videojuegos como otros temas.
Hermione se detuvo una vez más frente a la ventana y suspiró hondo. Sintiendo el craquelar del papel en sus manos, discutió consigo misma la mejor manera de decir lo que pensaba. No quería herir a nadie, no quería ser pájaro de mal agüero... pero tampoco quería que Harry pusiera demasiadas esperanzas en un mensaje tan extraño como aquel. Suspiró de nuevo y volteó. Ron, con la mirada perdida, acariciaba la Saeta de Fuego cerca de la chimenea, aunque Hermione podía entender que sólo era un tecnicismo para no tener que pronunciar más palabras de las que quisiera. Harry, en cambio, caminaba frenéticamente alrededor de la Sala Común, confundido pero entusiasmado.
- Harry... – comenzó a decir Hermione, dubitativa.
Él detuvo su paso y la miró, fijo. - Sé lo que vas a decirme – murmuró – Pero quiero creer que es él, ¿entiendes?
Hermione asintió, conmovida. - Lo sé, y por eso me preocupa. La persona que escribió esto sabe lo importante que es para ti... “Soy libre... gracias a tu fe” – leyó, y Harry, evitando su mirada, comenzó a andar nuevamente – Nadie más que nosotros desea que todo haya sido una pesadilla... que Sirius haya escapado de algún modo y esté bien... pero no puedo fiarme de un trozo de papel muggle... – explicó, quebrando su voz.
- También dice algo sobre “cuatro patas”... ¿Cuántas personas saben que Sirius es un animago? ¡Muy pocas, y todas de confianza!
Ron elevó la mirada, sintiéndose repentinamente observado. En efecto, Harry lo apremiaba desde la esquina, esperando escuchar su parecer.
- Creo, Harry, que por primera vez en mi vida concuerdo con Hermione sin discutir – dijo, débil y quieto como si le supusiera un esfuerzo enorme pronunciar cada palabra – Sé lo emocionado que estabas cuando leíste el mensaje, y que de verdad piensas que es él, pero... bueno, tengo mis dudas, ¿sabes? Tampoco puedo imaginar a Sirius, campante en algún pueblo muggle, pidiendo una hoja de cuaredno para escribir...
- “Cuaderno” – corrigió Hermione, pero sin darle demasiada importancia – Además, estoy segura de que si hubiese pasado algo, el profesor Dumbledore ya lo sabría... ¿no crees?
Harry detuvo una vez más su paso. Suspiró y miró a sus amigos. - Creí que se alegrarían tanto como yo... eso es todo.
- ¡Harry, por Dios! – exclamó Hermione, con los ojos algo empañados, acercándose a él – Daría lo que fuera por creer que Sirius salió de aquel velo, ¡pero nada puede asegurárnoslo!
- ¿Y el mensaje que tienes en la mano? – inquirió.
Hermione dobló el papel en dos, devolviéndoselo a Harry. No quería mirarlo a los ojos. - Podría ser de cualquiera... incluso, por más cruel que nos parezca, podría tratarse de una broma...
- ¿Quién se atrevería a bromear con algo así? – preguntó Ron, exaltado.
- No lo sabemos, así como tampoco podemos saber si fue el verdadero Sirius quien escribió aquellas letras...
Harry se sentía aturdido. Había pasado de la más completa felicidad al caos y la confusión en menos de quince minutos. ¿Y si Hermione tuviera razón? Pero no quería pensar en eso... quería creer que su padrino, astuto e inteligente como siempre, halló la manera de burlar el velo y escapar. Quería creer que vivía, que debía esconderse por su seguridad y que por miedo o suspicacia, decidió enviar a una extraño pájaro negro como mensajero. Suspiró, bajó los hombros y se sentó en uno de los sillones frente a la chimenea, a un lado de Ron. Algunas personas entraron y salieron del retrato de la Señora Gorda, pero Harry no les prestó atención. Por el contrario, se dirigió a Hermione como si no hubiera nadie más en el lugar.
- Si le envío una nota a Lupin... ¿crees que él pueda aclararnos el misterio?
Hermione asintió, aliviada de que Harry no comenzara a gritarles o algo parecido. - Es una buena salida. Si la Orden ha recibido algún rumor, lo confirmaremos.
Harry movió la cabeza, sintiéndose presionado a estar de acuerdo. Pero de alguna forma, Lupin podría despejar sus dudas. Conocía tantas técnicas de magia avanzada... quizás sabe algún hechizo o poción que muestre la identidad de quien osó a escribirle, elevando tanto sus esperanzas...
Se levantó de un salto. - Los veré en la cena – dijo, caminando hacia el retrato.
- Harry, tenemos Adivinación... – recordó Ron, antes de verlo salir.
Harry volteó un segundo, sin perder su seriedad. - Creo que renunciaré. Ya puedo hacerlo, ¿no? Obtuve su TIMO, pero no lo necesito para ser un auror. Dudo que la profesora Trelawney note mi ausencia...
Hermione no tenía nada qué contradecir... Harry tenía razón; podía botar Adivinación sin problemas. De hecho, Ron comenzaba a pensar en la misma idea... Observando el cuadro al cerrarse, Ella y Ron se miraron, apenados. Seguramente Harry estaría enfadado con ellos por no compartir su alegría, pero sentían que era peor avivar aquella emoción, pues no se perdonarían si luego, sin previo aviso, cayeran en la cuenta de que todo fue un error. Ron, en el fondo, deseaba con todas sus fuerzas que Sirius estuviera vivo... pero no quería construir un castillo en el aire. No podía. En estos tiempos, tal como había dicho Stella, nadie podía confiar en nadie.
Subió la escalera de caracol hacia la Lechucería sin más ánimo que con el que bajaba los grandes pasillos hasta la mazmorra de Snape todos los miércoles. No cabía en sí de desconcierto... ¿Quién sería lo suficientemente cruel como para enviarle aquella nota? Tensó los puños. Si lograba encontrarlo... si lograba saber quién había sido el infeliz que...
Pero sus pensamientos no fueron más lejos. Al empujar suavemente la ajada puerta de pino oregón, el suave ulular de las casi cien aves mensajeras se hizo fuertemente patente, y entre ellas, la silueta esbelta de una estudiante se hizo paso hasta el ventanal. Ella volteó al escucharlo entrar. Aún tenía entre sus manos a una pequeña lechuza parda, con el mensaje bien anudado en su pata izquierda.
- Oh... hola Harry - saludó Stella, evitando su mirada por unos segundos. La lechuza en su poder comenzó a batir sus alas intensamente, deseosa por emprender ya el viaje encomendado.
- Hola – respondió Harry, sorprendido por encontrarla ahí. Se acercó unos pasos, recorriendo el lugar con la vista, en busca de Hedwig – Nos asustaste mucho cuando escapaste de la mazmorra... ¿Nunca habías visto a un elfo doméstico, verdad?
Stella, quien al parecer ya había comenzado a maquinar alguna excusa en su mente, abrió los ojos de alivio al escuchar la última frase. Relajó los hombros, y sonrió.
- Sí, así es – dijo, apretando los labios, esquivando su mirada una vez más – Siento haberme ido de esa manera.
Harry le sonrió, encogiéndose de hombros. - Está bien. Ron adivinó que Dobby te asustaría... pero no te preocupes. Es un amigo – explicó, mientras caminaba entre los ruidosos pedestales de madera en busca de su lechuza. El número de ellas era más abarrotado que de costumbre, pero Hedwig solía distinguirse con facilidad entre el grupo. Sin embargo, esta vez no había rastros de ella.
- Detrás de ti, junto a esa pequeña lechuza a rallas – indicó Stella, alzando su mano hacia los nidos superiores. En efecto, Hedwig estaba ahí, desperezándose de lo que parecía haber sido una gran siesta.
Sin que Harry volviera a llamarla, la gran lechuza blanca batió sus alas y fue a posarse sobre el hombro de su dueño. Stella le sonrió, al tiempo que Hedwig movía su cabeza en una especie de reverencia. Entonces ella volteó, susurró algo a la ave parda en su regazo, que esperaba impaciente, y la liberó luego, perdiéndose tras las oscuras nubes que anunciaban un pronto anochecer.
Harry, por su parte, se mantuvo absorto un momento, para luego suspirar, molesto. - ¿Sucede algo? – murmuró Stella.
- Olvidé escribir la carta antes de venir – dijo entre dientes, algo avergonzado por haber cometido un descuido tan básico. El solo hecho de pensar en regresar a la sala común hacía decaer su ánimo aún más...
- Toma – dijo, extendiéndole un pedazo de pergamino, una pluma y un bote de tinta – Yo también lo olvidé, pero encontré esto aquí. A nadie le importará si usamos un poco... – sonrió, al tiempo que Harry le agradecía con la mirada. ¿Quién olvidaría sus útiles en la Lechucería? Nuevamente, lo que con cualquiera habría sido una vergüenza, con Stella se transformaba en un detalle insignificante para reír.
Tomó el papel y lo partió en dos. Guardó un trozo en su bolsillo, y el otro lo apoyó contra una de las ventanas. Sin pensarlo demasiado, relató lo sucedido con el supuesto mensaje de Sirius, resumiendo los hechos y usando algunas palabras claves, pues aún debía considerar la posibilidad de que alguien cerca de Voldemort estuviera interceptando la correspondencia...
Lo dobló con cuidado y le adjuntó el papel muggle con el supuesto mensaje de Sirius. Luego recogió una delgada cuerda de las tantas desparramadas en el piso, y ató el mensaje fuertemente a la pata izquierda de Hedwig. La tomó entonces en sus manos y la llevó al ventanal.
- Escucha. Sé que dice “Lunático”, pero ya sabes para quién es, ¿no?
Hedwig inclinó la cabeza, impaciente, como si lo explicado fuera prácticamente obvio para ella. Se detuvo unos segundos en la cornisa, sacudió sus alas ruidosamente y tomó vuelo, saliendo luego ágilmente por el hueco de la ventana.
Mientras la veía alejarse, Harry miró a Stella por el rabillo del ojo. El silencio que se producía entre ellos no era tenso, sino más bien de paz, pero, y disimulando su interés, aclaró su garganta, al tiempo que regresaba sobre sus pasos.
- ¿Le escribías a tu madre? – preguntó, fingiendo estar limpiando la pluma con su túnica.
- Mmmm no, no precisamente – dijo, dejando notar una leve tristeza en su voz – Era una nota de pedido para una librería en Birmingham. ¿No me rindo, sabes? Hace años que busco un libro... único en su tipo, y hace unos meses alguien me dijo que podía encontrarlo en Inglaterra... – elevó los ojos hacia el cielo gris, y suspiró - Ojalá sea cierto.
Harry dejó de frotar la pluma en cuanto Stella dijo la última palabra, arrugando la frente en signo de agilidad mental. ¿Un libro? Como una escena fugaz, volvió a su mente el momento en que se conocieron. Sonrió para sí, misterioso, y la observó, erguida aún frente al ventanal.
- ¿Vienes? – pronunció Stella luego de unos segundos, caminando hasta la puerta.
- Ehhhmmm... luego – contestó, palpando el trozo de pergamino en su bolsillo.
Stella le sonrió a medias, murmuró un “Te veré en el comedor” y abandonó la Lechucería. Harry, en tanto, esperó hasta que el eco de sus pasos se apagara tras la puerta. Entonces caminó hasta el centro del lugar, aclaró nuevamente su garganta e hizo que su voz rebotara en las paredes de piedra.
- ¿Quién de ustedes quiere ser la primera en traer un obsequio de navidad? – exclamó sonriente, sintiendo su ánimo renacer, mientras decenas de lechuzas ululaban en símbolo de entusiasmo. Nada más poderoso que notar, saber con certeza, que tienes la felicidad de alguien en tus manos.
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Tal como lo había prometido, Harry abandonó Adivinación. La profesora McGonagall no pudo disimular su agrado ante tal decisión, pero le advirtió que, ni aún cuando lo deseara con todas sus fuerzas, no podría botar Pociones. Conseguir ese EXTASIS era muy importante para después postular con créditos amplios a la Academia de Aurores, le explicó. Harry había asentido, resignado, pero salió del despacho con una agradable sensación de tranquilidad. Una asignatura menos, una preocupación menos... sin contar el aumento de tiempo libre y la libertad, siempre ventajosa, de no tener que inventar sueños o augurios de muerte en bolas de cristal.
Ya que Hermione mantenía sus clases de Artimancia y Runas Antiguas – las mismas que Stella había tomado, por consejo de su amiga – y como Ron no tenía intención de quedar sin compañía a merced de las locuras de Trelawney, no demoró en hablar con McGonagall sobre dejar Adivinación, sólo que esta vez la profesora no fue tan dócil. “Tus talentos no están tan bien definidos como los de Potter, Weasley. El EXTASIS de Adivinación lo requieren muchos más empleos de los que crees... Lo siento, pero hasta que no esté convencida de tu vocación, no dejaré que abandones ninguna asignatura”, concluyó, y Ron, refunfuñando, prácticamente salió del despacho dando un portazo. Durante todo el fin de semana apenas se le pudo dirigir la palabra, y la cantidad de deberes que entre Snape, Flitwick y Binns les habían dejado, no ayudaban en lo absoluto. Lo único rescatable era que, aún cuando debieron permanecer gran parte de sus días de descanso en la sala común, afuera el clima no les ofrecía un mejor panorama. Las nubes seguían tan negras como siempre, amenazantes de lluvia, por lo que la mayoría de los estudiantes permanecía por voluntad cerca de la chimenea.
El comienzo de semana, sin embargo, no sirvió para mejorar el ánimo de Ron. El lunes a primera hora, McGonagall colgaba varias notas en el mural de la Sala Común. Como muchos curiosos se acercaron a mirar, y ya que la sala estaba inusualmente abarrotada, prefirió comunicar los avisos en voz alta. Tomó una de las notas, aclaró su garganta para que el murmullo cesara, y comenzó a hablar.
- El profesor Pittycarp me ha enviado el programa de los próximos duelos. Verán sus nombres en esta lista – dijo, levantando el papel, y luego volvió a leer – Además agrega que, con motivo de los últimos acontecimientos, Ron Weasley queda automáticamente marginado del encuentro.
Ron abrió los ojos como platos, y prácticamente se desmaya si es que Harry no lo sujeta del brazo. McGonagall, dirigiéndole una mirada severa, volvió a hablar.
- No quiere decir que hayas reprobado, Weasley, mantén la compostura – dijo, al tiempo que todas las miradas confluían en el choqueado pelirrojo – Sólo estás fuera del torneo, al igual que el Sr. Malfoy... espero que Severus ya le haya avisado – pensó en voz alta, y un segundo después retomó la idea - ...el torneo termina la próxima semana. Después de eso podrás reincorporarte con normalidad al horario – explicó, arreglando sus gafas.
Más desanimado que nunca, Ron cayó pesadamente sobre uno de los sillones. - Es lo único que me faltaba... McGonagall jamás volverá a tomar en serio mi asunto con la academia – balbuceó en voz baja, triste. Ni aún la noticia de Draco había surtido un efecto positivo. Hermione lo miró, preocupada, pero creyó que si acercaba sólo empeoraría las cosas.
- Pues bien... además – continuó, aclarando su garganta una vez más para acallar el bullicio – ...se han publicado las fechas de salida al pueblo de Hogsmeade, y el aviso sobre el baile de Halloween. Según entiendo, el ganador del Torneo de Defensa será condecorado... – pronunció, algo más entusiasmada que de costumbre. Y es que no presentaba novedad el hecho de que los mejores alumnos en aquella asignatura pertenecían a su casa. Inadvertida, dirigió una mirada elocuente hacia Harry. Esperaba que él se alzara como ganador, sin duda. Mal que mal, el Torneo de los Tres Magos debía ser una niñería comparado con esto.
Pero la multitud parecía más interesada en otro detalle: el baile de Halloween. Hacía bastante tiempo que no se realizaba uno, y aquello no sólo excitaba a las chicas, sino también, y sobretodo a esta edad, a los chicos. Pero, al contrario de lo que McGonagall hubiera previsto, no hubo un bullicio de expectación al salir de la Sala Común. Miradas cohibidas se cruzaban de esquina a esquina, y Harry no pudo dejar de advertir un palpable nerviosismo en el ambiente, tensión que no se disipó ni aún en el comedor.
El silencio que se produjo en parte de la mesa de Gryffindor sorprendió hasta al mismo Dumbledore. Hermione casi no despegó la vista de su plato de cereal en todo el desayuno. Harry podía adivinar lo que pasaba por su cabeza, pero prefirió no hacer comentario. Ron tampoco había emitido palabra, en parte por su desanimo, en parte por la angustia que significaba pensar en un nuevo baile. Ginny y Stella también callaban, aunque intercambian elocuentes miradas cada cierto tiempo. Ante tal panorama, Harry no se sentía cómodo como para iniciar una conversación, por lo que también calló. De vez en cuando alzaba la vista hacia el resto de la mesa, tan quieta como sus amigos. Pudo distinguir a Neville, también absorto en sus tostadas, pero hablando consigo mismo, como si ensayara un discurso... y frente a él, Lavender y Parvati, rígidas, rodeaban sus zumos de calabaza con los dedos. El hecho de que no charlaran a viva voz sí que era extraño. Al parecer, el paso de los años había cambiado algunas cosas – no tan sólo la apariencia física - y quienes antes eran sólo amigos, ahora comenzaban a verse de otra manera... lo cual no aportaba demasiada tranquilidad a la hora de pensar en una posible pareja de baile. Harry sonrió, pero volvió la vista sobre su plato. Los únicos bulliciosos eran los más pequeños; primer, segundo y tercer año, pues como ellos no podían ir al baile, lo más probable es que no se hubieran enterado siquiera de su existencia, al menos por ahora.
Minutos después, Harry, Hermione y Ron comenzaban a caminar hacia la sala de Defensa. Más atrás, Stella y Ginny hablaban en voz baja.
- ¿Vendrás con nosotros, Ron? – preguntó Hermione, sacando fuerzas de flaqueza para iniciar una conversación, y por lo demás sabiendo que el tema aún era delicado para él – Supongo que de todas maneras puedes seguir presenciando los duelos...
- No estoy seguro – respondió con la mirada perdida, encogiéndose de hombros – No he comenzado a hacer el ensayo para el profesor Binns...
Hermione asintió en silencio, dispuesta a no insistir. Quizá necesitaba estar a solas. Al tiempo que Ron se despedía con la mirada y caminaba hacia la torre Gryffindor, Stella se reunía con Harry y Hermione en la puerta del salón. Notó la ausencia de Ron, pero prefirió no preguntar. Sin comentarios, entraron a clase, descubriendo las usuales plataformas de duelo con sus respectivas fundas azules. Libertes Pittycarp, caminando pausadamente por sobre una de ellas, contaba pasos y escribía algunas cosas en una libreta.
- ¡Acérquense, acérquense! Mientras antes empecemos, mucho mejor... – exclamó, aún de pie en la plataforma. Seamus cerró la puerta del salón tras de sí y corrió para escuchar las instrucciones del profesor.
Harry dio un pequeño vistazo al lugar... ni rastros de Draco. Lo más seguro es que, al igual que Ron, haya preferido hacer otra cosa que permanecer como un mero espectador. Y antes de que comenzara a recordar con gusto el roce de su puño contra el mentón de Malfoy, la voz de Pittycarp lo regresó a la realidad.
- Dejé el calendario de los duelos en sus salas comunes, espero que ya lo hayan visto... – dijo, y la mayoría asintió - ...y si mi memoria no falla, comenzaremos con Hermione Granger y Pansy Parkinson en este campo... y en el otro... Vincent Crabbe y Harry Potter.
Pittycarp no pudo evitar que su rostro enmarcara una sonrisa de niño al pronunciar el nombre de Harry. Estaba ansioso por verlo batirse, por ver lo que era capaz de hacer. Hermione subió el mentón con seguridad y subió a la plataforma, al igual que Pansy por la otra esquina. En tanto, Harry avanzaba hasta el campo siguiente y subía de un salto, justo a tiempo para ver a un grupo de Slytherin susurrándole algunos hechizos a Crabbe. En lugar de intimidarlo, Harry sonrió, más confiado de lo que habría pensado. Si bien Crabbe lo superaba físicamente tanto en alto como en ancho, para Harry aquello sólo podía significar una ventaja. Él era más ágil, y por tanto, tenía más chance de esquivar sus ataques.
Pittycarp acomodó su cabello engominado con su mano derecha, se ubicó como siempre entre las dos plataformas, e hizo un gesto pidiendo que se preparan. Siguiendo el rito acostumbrado, los contendores caminaron hasta el centro, hicieron un pequeño movimiento de cabeza y regresaron a sus esquinas, colocándose en posición de combate. El profesor elevó la voz.
- Ya saben... sólo encantamientos de desarme. No queremos más accidentes, ¿entendido? – Esperando a que los cuatro asintieran, mostrando aprobación, continuó – El primero que logre inmovilizar las acciones del otro, o sacarlo de la plataforma, gana. Atentos...
Con su mano derecha levantada, miró su reloj de cadena. “Uno... dos...” pero no logró terminar la cuenta. Pansy, tomando a Hermione por sorpresa y adelantándose con la peor de las intenciones, gritó “¡Expelliarmus!” ante la mirada atónita de todos. El hechizo había sido muy débil en cuanto a magia; no había logrado tirar la varita de su oponente ni crear destellos rojos como era acostumbrado. Sin embargo, el chorro de luz había sido lanzado con tal prepotencia que arrojó a Hermione varios metros fuera de la plataforma, cayendo pesadamente contra el suelo de piedra. Harry ahogó un grito de sorpresa, y olvidando por un segundo que tenía un duelo que realizar, saltó de la plataforma para correr hacia Hermione.
- ¡Potter, quédate donde estás! – gritó Pittycarp, y Harry congeló su movimiento. Él pasó por su lado, raudo, y se arrodilló a un lado de Hermione. Ella, sacudiendo su cabeza y sentándose con la ayuda del profesor, torció los labios de dolor - ¿Te encuentras bien? – preguntó.
Hermione asintió, no demasiado segura, y Pittycarp giró la vista hacia las plataformas. - No voy a permitir juego sucio en mi clase, Parkinson... –pronunció, enseriando su rostro hasta la severidad.
Ella parpadeó varias veces, haciendo como si estuviera a punto de llorar, y un grupo de Slytherin liderado por Goyle, unos pasos cerca, suprimió una carcajada.
- ¡No fue mi intención, profesor! Oí claramente cuando usted dijo “tres..”. Por que sí lo dijo, ¿verdad? – preguntó, con una forzada vocecilla inocente que no lograba persuadir ni a la mitad del alumnado.
- No, no lo dije... – afirmó Pittycarp, suspicaz. Alzó una ceja, reticente a desconfiar de uno de sus alumnos, pero la acción contra Hermione le había parecido claramente intencional. Sin embargo, no tenía porqué dudar de la palabra de Pansy...
- Está bien, está bien... – comenzó a decir, resignado, mientras Stella ayudaba a Hermione a levantarse – Ganas por esta vez, Pansy. Pero no me cabe duda que, si hubiera tenido la oportunidad, la Srta. Granger habría sido un excelente oponente.
Pansy perdió por unos segundos su sonrisa inocente, y cruzó los brazos, indignada ante el comentario. Pittycarp no solía manifestar de esa manera sus favoritismos, pero continuaba pensando que ella había actuado con maldad. Hermione, por su parte, caminó con dignidad hasta un improvisado sillón esquinero. Quitó uno de sus zapatos y, arrugando la frente, se tomó el tobillo derecho. Esperaba que no tuviera ningún hueso roto.
Harry la observó desde su lugar, y Hermione le hizo un gesto con la mirada, dando a entender que estaba bien. Dudoso, regresó a la plataforma, y miró con más determinación que nunca hacia Crabbe. Ya había vengado a uno de sus amigos antes... lo haría de nuevo ahora. Patearía a un Slytherin en nombre de Hermione.
Pero, al parecer, esta vez debería compartir los halagos. - Muy bien, avancemos. Por lo que veo, terminaremos el torneo antes de lo presupuestado... – habló Pittycarp, mientras volvía a situarse en su silla en medio de las plataformas. Sacó la libreta de su bolsillo, miró en ella, tachó el nombre de Hermione y se dirigió a la multitud –Maris... ve con Parkinson.
Stella asintió con firmeza, miró hacia Hermione con complicidad y caminó hasta el primer campo de duelo. Pansy, por su parte, no pudo dejar de hacer una mueca de desagrado, dando unos pasos hacia atrás mientras Stella subía a la plataforma. Pansy había sido testigo de cómo ella, con sólo un movimiento de mano, dejó a Goyle en la enfermería. ¿Sería capaz de hacer tal tipo de magia enfrente de un profesor?. Harry y Stella se sonrieron, asintiendo levemente. Ambos sabían qué hacer. Sin siquiera hacer las respectivas reverencias, caminaron hasta sus sitios y volvieron a la postura de combate.
- A la cuenta de tres... ¡Pansy, espera la cuenta, te lo advierto! – exclamó, mirándola directamente, sosteniendo su reloj – Uno... dos... ¡¡tres!!
Según lo que comentaría Pittycarp en la sala de profesores varias horas después – y lo que haría que McGonagall elevara aún más sus consideraciones hacia el sexto año de su casa - aquellos dos duelos (y los que vendrían) habían sido los más fáciles y directos que había presenciado en su vida. Con un golpe seco y pulcro, y pronunciando hechizos mucho más simples de lo que Pittycarp hubiera esperado, tanto Stella como Harry desarmaron a sus oponentes en un dos por tres, ganando en forma inmediata.
Stella había dicho “¡Diffendo!”, haciendo que la túnica de Pansy se rompiera en las costuras y cayera a pedazos. Obviamente, Pansy se enredó torpemente con ella y rodó fuera de la plataforma como un bulto de papas (Seamus había dicho “bulto de estiércol”, pero no demasiado alto como para que los demás escucharan). Hermione, Lavander y Parvati aplaudieron entre risas, al tiempo que Goyle y sus amigos intentaban ayudar a Pansy, histérica entre los retazos de tela. Harry, por su parte, había exclamado “¡Petrificatus Totalus!”, dejando a Crabbe como una estatua de piedra. Curvando sus labios en una sonrisa de satisfacción, se acercó a él con paso decidido, y tocó con su dedo índice la grasosa mejilla de Crabbe. Estaba completamente inmóvil, pero podía escuchar su respiración agitada. Por la sorpresa del hechizo, había quedado con una horrenda expresión en su rostro, sin mencionar la graciosa postura de sus brazos y piernas.
Esta vez fue Pittycarp quien tuvo que reprimir una sonrisa. Alegre, escribió algunas notas en su libreta y elevó los brazos.
- Bien... muy bien, excelente... – murmuraba, al tiempo que subía al segundo campo. Hizo un gesto de aprobación hacia Harry, liberó a Crabbe del hechizo con un leve movimiento de su varita, y luego se giró hacia el resto de los alumnos – Esto les demuestra... - comenzó a decir, alzando la voz lo suficiente como para que se escuchara hasta el pasillo - ...que hasta los encantamientos más simples, pero usados con pericia e inteligencia, pueden desorientar al más fuerte de los oponentes...
La mayoría de los espectadores asintieron, conformes. Y entre ellos, quienes integraban la lista de la Armada Dumbledore, sonrieron ampliamente hacia Harry. Su líder, una vez más, les demostraba que no había que manejar magia extraordinaria para triunfar ante el más peligroso de los desafíos... a veces, la astucia o la agilidad podían aportar más beneficios de lo imaginado.
Pero el show no había terminaba aún. Durante los siguientes cuarenta minutos, uno a uno el resto de los alumnos de Slytherin y Gryffindor fueron pasando a sus respectivas plataformas. Y aún cuando los de la Armada Dumbledore se resistieron estupendamente – Neville, sorprendiendo a sus amigos, se convirtió en un gran contendor, pero terminó siendo abatido con un sencillo “Impedimenta” – todos sucumbieron ante la magia desplegada por las varitas de Harry y Stella. Pittycarp, anonadado, seguía el movimiento de sus dos alumnos favoritos al mínimo detalle.
- Nunca había visto duelos tan ágiles... – comentó en voz alta, mientras Stella liberaba a Dean del “Tarantallegra” con el que lo había vencido. Se rascó la cabeza y volvió a dirigirse a la multitud – Entonces, lo que nos resta es... Bueno, el próximo y último duelo será entre Potter y Maris, naturalmente. De ellos saldrá el finalista de esta sección... – explicó, y un murmullo de expectación llenó pronto la sala – La otra sección terminó sus duelos el viernes pasado, y el finalista fue Owen Cauldwell, de Hufflepuff. Él deberá batirse con uno de ustedes... – dijo, apuntando con su varita a Stella y a Harry alternadamente, sonriente – Así tendremos a nuestro ganador.
El sonido del murmullo creció. Algunos incluso ya arrastraban sillas hacia el perímetro de la plataforma: no se perderían por nada ni un detalle del duelo final. Sin embargo, y aunque Pittycarp era claramente el más entusiasmado con la idea, chequeó su reloj y desapareció la sonrisa de sus labios.
– Ehhhh... chicos, se nos acabó el tiempo – se lamentó, levantándose de su silla – Supongo que dejaremos este duelo para la próxima clase. Para entonces los quiero a todos temprano... No sólo presenciaremos una buena muestra de magia, sino además, comentaremos todos los duelos y daré algunos consejos de reforzamiento a los que considere menos aventajados.
Decepcionados, los que ya estaban ubicados en una posición privilegiada cerca de los campos, se levantaron lentamente de sus asientos y abandonaron poco a poco el salón, comentando todo lo que habían presenciado. Harry y Stella, por otro lado, se miraron intensamente un momento y luego se acercaron rápidamente hasta Hermione, ayudándola a levantarse.
- ¿Cómo está tu pie? – preguntó Harry, mientras la tomaba fuertemente de la cintura. Al mismo tiempo, Stella tomaba uno de los brazos de su amiga y lo apoyaba en su hombro.
- Bien... aunque no me vendría mal visitar la enfermería, sólo en caso de que se trate de algo de más cuidado.
Harry asintió, pero Stella se detuvo, sin permitir que avanzaran. - Ejem... Harry, no te preocupes, yo la llevaré – dijo, en un tono sospechoso. Y aprovechando que Pittycarp se había acercado para comprobar el estado de Hermione, Stella le susurró, bajito: “Ve con Ron y cuéntale lo sucedido”.
Harry entendió el mensaje y sonrió. Suavemente se separó de Hermione y caminó hasta la salida, mientras Pittycarp lo seguía con la mirada hasta la puerta.
- Gran trabajo, Maris – pronunció al voltear, algo solemne, y Stella no atinó más que a sonreír.
Avanzo luego junto a su amiga y salió del salón, atravesando las miradas curiosas y ávidas de varios alumnos de sexto. Corrían feos rumores sobre ella, muchos apenas se le acercaban por creer que tendría alguna ligazón con artes oscuras, pero poco a poco la desconfianza se transformaba en respeto después de tales demostraciones de fuerza y experticia. Y no es que no le importara el grueso del alumnado, pero a Stella le interesaba por sobre todo la opinión de sus amigos más cercanos. Eran ellos los que habían hecho de su corta estadía en Hogwarts el mejor de sus viajes, y si perdía su confianza o su amistad – algo que sabía que sucedería, lamentablemente, tarde o temprano – no podría soportarlo. No ahora.
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Después del almuerzo, muchos alumnos gozaban de un bloque libre antes de su siguiente clase. Por ello, era posible ver los pasillos llenos de estudiantes aglomerados en torno a las fogatas, o bien resguardados, como siempre, en sus respectivas salas comunes. Pero Harry y Ron, enfundados en sus gruesas bufandas rojo-amarillo y con sus usuales guantes azules protegiendo sus manos, caminaban a paso lento por el segundo piso.
- Entonces, tú crees... es decir, ¿Crees que debería... que debería pedírselo? – titubeó Ron, arrugando la frente sólo de pensar en esa posibilidad, con la vista fija en sus pies.
Harry sonrió. - Es tu decisión, Ron, yo no quiero involucrarme... pero ya sabes lo que pienso. No cometas el mismo error dos veces, ¿quieres?
Ron suspiró hondo antes de asentir, callado. Harry lo hacía sonar tan fácil, pero lo cierto es que la angustia de un posible rechazo era más fuerte que su determinación a arreglar definitivamente las cosas con Hermione. Al tiempo que doblaban la última esquina, comenzó a pensar algo qué decir en su defensa, pero las circunstancias no lo ayudaron. Muy cerca de la puerta principal de la Biblioteca, Stella y Hermione hablaban animadamente. Harry notó que cojeaba levemente, pero se veía bien y de buen ánimo. Luego hicieron un gesto de despedida; Hermione entró a la sala seguida de unos niños de primero y Stella giró sobre sus pasos en dirección a los jardines. No a muchos metros de distancia, Harry y Ron observaban la escena.
- Bien, amigo... es tu oportunidad – habló Harry, instándolo con la mirada a caminar hasta la Biblioteca – Inténtalo.
Ron tragó saliva con fuerza y volvió a asentir. Caminaron juntos a la puerta, Harry le dio una palmada en el hombro y giró en dirección contraria.
- ¿Y tú que harás? – preguntó Ron, intrigado, al verlo alejarse.
- Yo no quiero comenzar con un error – pronunció, sonriendo elocuentemente y girando luego la mirada hacia la escalera de piedra, por la que comenzaba a bajar. Ron demoró un segundo en entender, pero pronto elevó una ceja y sonrió. Lamentó no haberle deseado suerte.
Pero Harry sentía que no era ‘suerte’ lo que necesitaba para esto. Sólo decisión, algo de confianza en sí mismo... y adelantarse a cualquier otro que quisiera invitar a Stella al baile. “Bueno, ahí entra algo de suerte”, admitió, pero las cosas no podían salir mal. Es decir, no estaba dejando el asunto para último minuto, y eso ya depositaba mucho a su favor, ¿no?. Mientras caminaba entre los pilares del último pasillo, divisando ya los primeros retazos de césped del jardín, recordó cuando, subsumido en un pánico indescriptible, se había acercado a Cho para invitarla al baile de los Tres Magos. Había sudado bajo su túnica, tartamudeado como un niño de cinco años, y para colmo de males, había terminado con las manos vacías. Todo por haber sido demasiado cobarde como para no invitarla antes. Por eso, recomendó a Ron que no cometiera el mismo error otra vez... que no dejara que otro se le adelantara con Hermione, así como él no dejaría que Stella fuera la pareja de alguien más, si podía evitarlo. Pensó en ella y una agradable sensación lo embargó desde el estómago hasta el cuello de su camisa. Sonrió para sí, nervioso pero animado, y entonces la vio, sentada a la orilla de la gran fuente del patio central. Su pelo se movía graciosamente a causa de la brisa, tenía su bufanda fuertemente asida a su cuello y leía un pequeño libro verde con cubierta de terciopelo. Estaba sola, era su oportunidad, y cuando ya sólo la separaban de ella unos cuantos metros, una figura alta con una gruesa bufanda negra-amarilla se acercó, tímido y cabizbajo. Harry se detuvo en seco, apenas a unos pasos de distancia; abrió los ojos al máximo y agudizó el oído.
- Ahmmm... Stella, ¿podría hablar contigo? – comenzó a decir Owen, mirándola a los ojos ahora, de pie frente a ella. Stella le sonrió de vuelta – Es... es sobre el baile...
Harry no daba crédito a lo que acababa de escuchar. ¿Aquello llamado “suerte”... lo había traicionado? Fijó la vista en Owen, y por un segundo hubiera preferido no conocerlo, no confiar en él, no haberlo considerado jamás entre su grupo de ‘amigos’. Hubiera dado lo que fuera por que no le agradara, y así caminar hasta allá y sabotear su intento de hablar con Stella. Pero no, no era así. Lo cierto es que Owen le caía muy bien, apreciaba su lealtad hacia Dumbledore y era un buen participante de la Armada. De hecho, eso era lo peor de todo: era un buen tipo, y no podía odiarlo, ni mucho menos obstaculizar su conversación. Estaba en su derecho... había llegado primero, y tenía que aceptarlo. Mucho más apenado que enojado, Harry se dejó caer en una de las bancas al borde del jardín, a unos diez metros de la fuente, donde Owen ya había tomado posición junto a Stella y se inclinaba para hablarle. Sintiéndose algo “derrotado”, sintió una mano tibia posarse en su hombro. Sorprendido, volteó el rostro y una sonrisa de niña se le acercó.
- Hola Harry – dijo Cho, con más seguridad en su voz de lo que él hubiera querido – Qué bueno que te encuentro...
Rodeó el banco lentamente, se sentó junto a él y lo miró fijamente a los ojos. Acomodó su largo cabello negro hacia atrás e hizo un movimiento coqueto con su bufanda. Harry tragó saliva. No pudo dejar de sentirse algo intimidado, y sintió sus mejillas arder.
- Ho-hola Cho... – saludó Harry, dudoso.
- ¿Supiste del Baile de Halloween? – dijo, tan golpeada y directamente que Harry se sobresaltó. Oh, oh. Eran las palabras mágicas. Por años había planeado en su mente un momento así... pero ahora repudiaba aquella idea, tanto como volver a estudiar escregutos de cola explosiva. ¿Por qué tenía que pasarle a él? Cho había actuado muy raro estas semanas. Apenas le había dirigido la palabra, había evitado su mirada en las reuniones de la Armada y nunca se le había acercado por iniciativa propia en lo que iba del año escolar. ¿Por qué tuvo que elegir justo hoy para “limar asperezas”?. Harry había llegado a pensar que, después de lo sucedido el año pasado, ella aún mantenía cierto resentimiento hacia él, pero este cuasi acoso del que ahora estaba siendo víctima le corroboraba justo lo contrario. Asintiendo levemente, casi con miedo, Harry se acomodó en su asiento y se resignó a su suerte. – Y... ¿ya... ya tienes pareja?
Harry suspiró, pensando lo que diría a continuación. Mientras, unos metros hacia el oeste, Stella y Owen habían hecho una pausa en su conversación. Aprovechando el repentino silencio, Stella giró su cuerpo y acomodó su bufanda, y al tiempo que sus ojos recorrían por inercia los alrededores, divisó a Harry charlando con Cho en una de las bancas aledañas. La sonrisa que había estado en su rostro hacía ya varios minutos se esfumó, apretó los labios con decepción y volvió a su postura original, algo triste. Suspiró hondo, elevó los ojos y se encontró con el rostro de Owen, demostrando una leve impaciencia.
- ¿Y... qué dices? – preguntó, y Stella clavó sus ojos en él. Suspirando de nuevo, asintió. - ¡Excelente! – exclamó, animado, y se levantó de un salto – Te veré en las lecciones de la Armada, supongo, entonces...
Stella volvió a asentir, le sonrió de despedida y él comenzó a andar de vuelta al castillo, pasando muy cerca de Harry en su camino hasta la escalera de piedra. Él lo notó, lo siguió con la mirada y luego volteó, curioso, hasta donde estaba Stella. Ella también lo observaba, atenta, y por unos segundos compartieron una mirada cargada de tensión y nervios. Harry fue el primero en cortar el contacto, y giró hacia Cho. Ella, unos segundos después, se levantó de la banca y caminó a su vez hasta la escalera. Stella la siguió hasta que se perdió tras la esquina. Por primera vez en su vida, sentía latir en su corazón real animadversión; por primera vez, deseaba que Cho perteneciera a la casa de Slytherin, para así haber competido con ella en el torneo de duelos. Pues, y de eso estaba segura, hubiera empleado algo más que un simple “Expelliarmus”...
En estes blog comentaré noticias interesantes, tanto del mundo de los videojuegos como otros temas.
