Al regresar la Tormenta Tenebrosa
al bosque con sus almas condenadas, el primer jinete aminoró la marcha de su
jadeante caballo, deteniéndolo en lo alto del saliente de una curva a gran altura,
muy elevada respecto al trecho anterior del camino. El inicio de una serie de
grandes curvas en forma de U hacia el interior de la montaña, que bordeaban sus
brazos. Lugares ocultos en las sombras, como el suyo, que impedían el paso de
la luz del volcán activo, iluminados tan sólo por el bosque palpitante poseído
por la Tormenta Tenebrosa,
que se deslizaba entre las copas de los árboles a gran velocidad, sedienta de
sangre.
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Agudizó su oído tratando de
escuchar las pisadas del caballo de Remdall. Silencio, sólo silencio,
interrumpido por las ráfagas del viento que rompía contra las rocas siseando.
Había escucho los disparos de su revolver, muy lejos de él. Las almas le habían
atacado, estaba seguro. Esbozó una sonrisa al pensar lo que seres capaces de aniquilar
a un vampiro habrían hecho con el humano. Se lo imaginaba caído en el camino,
convertido en una cáscara de huesos y piel sin vida, retorcida por el
sufrimiento.
Era demasiado fácil. La razón le
concedía el triunfo y los sentimientos inquietud. Meditó unos minutos si
retroceder en busca del cadáver. Decidió ser prudente, conservar su ventaja y
el caballo descansado, la garantía de que jamás sería atrapado. Afinó el oído
hasta el punto que llego a escuchar el sonido de las erupciones del volcán, transportado
por el viento. Entonces, unos pasos por encima de él, muy cercanos, demasiado
cercanos, le alertaron. Se dio la vuelta, viendo en una cornisa de piedra
nevada por encima del camino, a un lobo negro del tamaño de su caballo con la
mirada perdida a lo lejos, sin ningún interés en él, observando un punto lejano
a su espalda envuelto en la oscuridad. Volvió a darse la vuelta para seguir la
mirada del lobo, estremecido por un pensamiento que no quería admitir,
sintiendo como la angustia le oprimía el pecho de nuevo.